El lenguaje no solo nombra al mundo, lo ordena. Esa fue una de las premisas que recorrió la conversación entre el lingüista gallego José del Valle (España) y el escritor y ensayista Enrique Díaz Álvarez (México), en el marco del festival Centroamérica Cuenta 2025. Ambos coincidieron en que la lengua es un artefacto cultural cargado de historia, conflicto y poder.
Para Del Valle, “la lengua se construye bajo circunstancias históricas particulares”, y la modernidad ha impuesto una visión que la naturaliza como estructura gramatical, desconectándola de la voluntad humana. Esta separación, afirmó, ha servido para justificar políticas lingüísticas que refuerzan desigualdades sociales. Llamó a repensar de forma radical la educación lingüística, poniendo énfasis no solo en la gramática normativa, sino en cómo se reproducen o desafían relaciones de poder desde prácticas como las interrupciones y los turnos de habla.
Enrique Díaz Álvarez, por su parte, propuso que el testimonio, más que un acto de dar voz, es una forma de escucha. “La historia la cuentan los vencedores, pero hay otras narrativas que siguen allí, aunque no las busquemos”, dijo. En contextos de violencia, muchas veces lo único que queda son las palabras que no se pronuncian. Por eso, defendió el lugar de las artes como espacios sensibles desde los que se puede reconstruir la memoria y dar lugar a las historias “en minúscula y en plural”.
Díaz Álvarez también advirtió sobre los efectos de las narrativas políticas que deshumanizan, como los promovidos por Donald Trump durante su campaña presidencial. Señaló que estos discursos crean condiciones reales para separar a quienes “cuentan” de quienes “no cuentan” como sujetos de derecho. El lenguaje se convierte así en una herramienta biopolítica para justificar exclusiones, detenciones arbitrarias o la eliminación del debido proceso. “No es inocente decir que alguien tiene malos genes o que contamina la sangre”, explicó. Es una forma de violencia estructural que opera desde la lengua.
Ambos coincidieron en que el exilio, real o simbólico, permite ver desde el margen, cuestionar la normalidad y pensar futuros más justos. La lengua, en este sentido, no es solo medio de comunicación: es también territorio de disputa, de dignidad y de posibilidad.











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