Ana Castañeda
Directora General de las Artes, Ministerio de Cultura y Deportes
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Es inminente que el ser humano nace con la capacidad intrínseca creativa frente a su sed de aprender y comprender el mundo; el infante actúa con sinceridad, con disposición de proyectar cuanto crea y ejerce sin limitarse ante una posible crítica. Esta prisa e ímpetu por descubrir todo aquello a lo que se enfrenta por primera vez es de suma importancia para su propia sobrevivencia. Cuantas más destrezas, habilidades y conocimientos obtenga en los primeros años de vida, más le garantiza la posibilidad de éxito en la adultez.
Otra gran ventaja de la infancia corresponde a la libertad mental ante la búsqueda de lo material, lo cual le ofrece un apetito hacia el conocimiento que puede establecerse en el campo inmaterial y emocional; por tanto, su principio de interés adquisitivo se enfoca en aquellos grandes regalos de la vida, tales como lo mágico de la lluvia, el brillo del sol, los cantos de las aves, un colorido atardecer o bien el majestuoso andar de un felino.
Cabe resaltar que estos ínfimos grandes obsequios de la naturaleza se vuelven imperceptibles para el humano según su crecimiento, en función de nuevos conocimientos e intereses. La alienación de lo material y prefabricado es comparable con un virus del que no fácilmente se puede sanar. Esto, porque nos volvemos preocupados por la crítica, influenciados por las modas, ansiosos del posicionamiento adquisitivo. Así que aquella caja de cartón que se convirtió en nuestro automóvil, la casa de campamento entre cojines y sábanas, o el delicioso festín preparado con galletas, ya no resulta útil para nutrir la felicidad.
Muchos han sacrificado su intención de pertenencia para continuar siendo niños.
¿En qué momento dejamos de dibujar y pintar garabatos, de cantar y construir canciones carentes de ritmo, de bailar libremente o bien, de escribir o declarar a viva voz sinceras palabras a quienes amamos? Todas estas valiosas, honestas y eufóricas acciones se van permeando a partir del interés social de pertenecer a una tribu que nos acepte bajo sus normas y condiciones, regularmente egoístas. Además, coarta el poder creativo y artístico natural, a partir de juicios de valor malintencionados, celosos o egoístas, porque no les es conveniente un nuevo integrante talentoso.
De este modo, el infante sacrifica aquel proceso creativo frente a la necesidad de pertenencia. El arte es, sin duda, el resultado de la creatividad, disposición, práctica y disciplina a través del amor y la voluntad. Muchos han sacrificado su intención de pertenencia para continuar siendo niños, perfeccionando así su esencia y divirtiéndose frente a procesos creativos visuales y/o sonoros, que constituyen las grandes obras maestras.
En este sentido, los adultos tenemos la responsabilidad de proteger a las nuevas generaciones de cualquier atentado que vulnere su proceso creativo, le acorte la posibilidad de realizar producción artística en cualquiera de sus disciplinas, provocando que se limite la felicidad natural del ser y le exponga a convertirse en un perfil humano plastificado, menos empático, amable y resiliente. Siendo probablemente incapaz de recibir la magia monumental de los escenarios y exposiciones de la naturaleza misma.











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