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El muralismo como un testimonio histórico

No fueron encargos oficiales ni obras de artistas de renombre, son procesos colectivos de arte

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(c)SCOTT WYDEN KIVOWITZ

Desde tiempos antiguos, los muros han sido lienzos para contar historias que los libros no registran. Los mayas, aztecas, incas y otras civilizaciones precolombinas utilizaron estas manifestaciones artísticas para plasmar su cosmovisión, rituales y creencias en templos, viviendas y palacios. Reflejaban en dichos murales hechos de su vida cotidiana y mitología, los cuales hasta la fecha son clave para la construcción de la historia.

Eventualmente, en el siglo XX, a raíz de la Revolución Mexicana, la pintura y las paredes se volvieron un arma de reconstrucción histórica, social y política. Al ser un tipo de arte accesible, tanto para los artistas como para los espectadores, se convirtió en el medio ideal para expresar una identidad nacional basada en las luchas sociales, la historia del país y los ideales revolucionarios que impulsaron la creación de los murales desde un inicio.

En México ocurrió algo especial: el gobierno de la época, en busca de sanar las heridas que dejó la revolución, institucionalizó el muralismo. Esta iniciativa resultó en murales de gran formato decorando espacios públicos, como La epopeya del pueblo mexicano, de Diego Rivera, en el Palacio Nacional, o El pueblo y sus falsos líderes, de David Alfaro Siqueiros, en el Palacio de Bellas Artes.

En Guatemala, el Gobierno de la Revolución de Octubre fue clave, ya que en este periodo democrático se promovió el arte con un enfoque más social. Se impulsaron proyectos educativos, culturales y artísticos, bajo la visión de que el arte podía ser una herramienta transformadora. Un actor clave en el nacimiento del muralismo guatemalteco fue Carlos Mérida, quien combinó la mitología e identidad indígena con técnicas más modernas para crear sus obras, como las que decoran el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias. Su trabajo alimentó la idea del arte público con un fuerte contenido social.

Para los años 80, y en especial después de los Acuerdos de Paz (1996), surgió un nuevo tipo de muralismo en las comunidades, como respuesta directa a la guerra interna y a la necesidad de reconstruir una memoria histórica que, hasta la fecha, sigue siendo ignorada. A diferencia de México, estos murales no son encargos oficiales ni obras de artistas de renombre: son procesos colectivos de arte, memoria, educación y resistencia.

Fachada de la Casa de la Memoria Kaji Tulam


Otro que se ha convertido en un referente es el que adorna la fachada de la Casa de la Memoria Kaji Tulam, ubicada en la zona 1 capitalina. Inaugurada en 2017, este inmueble funciona como un espacio de resguardo y visibilización de documentos, osamentas y testimonios de víctimas de la represión militar de los años 80. Su mural no es uno tradicional, pues no está pintado directamente sobre la pared, sino más bien es una impresión gráfica de gran formato. Con él, la entrada se convierte en un umbral simbólico que da la bienvenida a la memoria. El mural representa el tejido colectivo de los pueblos indígenas y la urgencia de sostener una narrativa propia frente al olvido.

La ruta de la memoria - San Juan Comalapa

Tres murales del Nimajay elaborados por Nicolasa Chex, María E. Curruchiche, Ester Miza y Uriela G.
Uno de los ejemplos más emblemáticos es el mural colectivo en Comalapa, Chimaltenango, creado por el grupo Ajchowen. Tiene más de 200 metros de largo, fue pintado en lo que antes fue una base militar; narra la historia del pueblo kaqchikel desde su cosmovisión, pasando por la colonización, la guerra interna hasta la firma de la paz. Cada tramo es una página abierta de su memoria colectiva, una respuesta visual al silencio impuesto. No es solo arte, es reivindicación del derecho a sanar y a resistir desde lo simbólico.

Nebaj Histórico

Más al norte, en el corazón del pueblo ixil, se encuentra el mural de la memoria de Nebaj, Quiché, realizado en 2015 por estudiantes de la Escuela Superior de Arte, de la Universidad de San Carlos. La obra retrata la historia del pueblo desde tiempos prehispánicos, pasa por la llegada de los colonizadores, la violencia armada, y la actualidad; siempre con énfasis en la dignidad y la lucha por la verdad. Es uno de los tantos murales comunitarios que se han creado en el Altiplano guatemalteco como ejercicio de pedagogía popular: no solo informan, sino que generan conversación, memoria viva y sentimiento de comunidad.

Murales de San Juan Comalapa

A estos se suman los murales de San Juan Comalapa, conocido como la Cuna del Arte Naif. Este municipio kaqchikel ha sido históricamente un centro de producción artística, y sus calles están decoradas con coloridas paredes que relatan leyendas mayas, la historia del pueblo y sus tradiciones. Muchos fueron creados por artistas locales, como Paula Nicho Cúmez, y algunos estudiantes del taller del maestro Andrés Curruchich. Aquí, el muralismo no nace como respuesta al conflicto armado, sino como afirmación de identidad cultural y estética. Aunque en varios casos también se abordan temas sociales, como la migración, la tierra y el papel de las mujeres.

Libertad de Prensa

En la ciudad capital, la Universidad de San Carlos de Guatemala alberga algunos de los murales más combativos del país. A la entrada del edificio de Bienestar Estudiantil se encuentra uno de ellos, titulado Libertad de prensa, realizado en la década de 1980 por la Asociación de Estudiantes de Ciencias de la Comunicación (AECC). Esta obra fue concebida como un acto de resistencia frente a la represión de la libertad de expresión que marcó aquella época. El mural forma parte del ADN político universitario, al representar la lucha de los periodistas por defender la palabra libre. Hoy sigue siendo resguardado con orgullo por las nuevas generaciones. A los de la USAC, dedicaremos más adelante un reportaje especial.

Mural de la Memoria de Rabinal


En el municipio de Rabinal, Baja Verapaz, otro mural sobresale en la Casa de la Memoria Histórica de Rabinal, Baja Verapaz, inaugurada también en 2017. Esta obra honra a las víctimas del genocidio cometido contra el pueblo maya achí entre 1980 y 1984, y fue impulsado por la Asociación para el Desarrollo Integral de las Víctimas de la Violencia en Las Verapaces Maya Achí. La obra combina escenas de la vida comunitaria con retratos de detenidos-desaparecidos, paisajes naturales y símbolos sagrados ancestrales. Funciona como altar, archivo y acto de reparación simbólica, en un lugar que también fue blanco de masacres por parte del Ejército de Guatemala.

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