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El milagro del Requiem en occidente

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El recuerdo y homenaje a los muertos por el terremoto de 1976 y a los héroes que ayudaron en la emergencia nacional a reconstruir el país llegó al occidente. En el Centro Intercultural de Quetzaltenango se vivió un concierto histórico. Más de 1 mil 200 personas escucharon la primera presentación en esas tierras del Requiem en re menor, K. 626 , de Wolfang Amadeus Mozart.

No fue un concierto cualquiera. Bajo la dirección del maestro Marvin Ardany López, la Orquesta Sinfónica Regional de Occidente se unió al Coro Ad Aeternus, una agrupación sin precedentes que reunió al Coro Nacional, el Coro Nacional de Personas con Discapacidad, el Coro Lírico Guatemala y voces seleccionadas por audición, para ofrecer un homenaje sinfónico cargado de emoción, con dedicatoria a las víctimas y héroes del terremoto de 1976.

Más de 170 artistas sobre un escenario. Más de 150 almas fundidas en una sola voz. La noche fue un despliegue de sensibilidad y virtuosismo: la evocadora interpretación de Noche de luna entre las ruinas, la participación estelar del oboísta Fielding Roldán y los 12 movimientos de la obra maestra del genio austriaco, además del trabajo de los cantantes solistas Dulce Paiz (soprano), Adriana Ixcot (contralto), Sergio Alvarado (tenor) y José Guillén (barítono). Todo esto junto creó la atmósfera propicia para que el público estallara en ovaciones.

Pero lo trascendental ocurrió detrás de las notas. Por primera vez, el occidente del país pudo escuchar una obra cumbre del repertorio universal. Y lo hizo su orquesta, la de occidente. Este concierto fue la consolidación de un sueño largamente acariciado por las actuales autoridades del Ministerio de Cultura y Deportes, músicos, gestores culturales y una comunidad que exige que el arte sea democrático, como lo está siendo.

Que hoy exista una orquesta sinfónica en occidente, capaz de acompañar una partitura de la complejidad del Requiem mozartiano, de ensamblarse con más de 100 voces y de sostener la tensión dramática de una obra que exige excelencia, es una muestra de la desconcentración del arte. Es la prueba de que en el interior también se puede hacer arte de primer nivel.
La fusión de talentos fue un mensaje en sí mismo. El coro Ad Aeternus demostró que la inclusión no resta calidad: la suma de voces de artistas consagrados y emergentes produjo un resultado conmovedor, y mostró que la música no entiende de barreras.

Lo ocurrido no fue solo un recital. Fue una declaración de principios: el arte se descentraliza, y se vuelve plural, las orquestas nacen de la tierra y la memoria se honra con belleza. Que Quetzaltenango haya sido el escenario de esta gesta es un motivo de orgullo para el occidente y para el resto del país.

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