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El milagro de voces que se niegan al silencio

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Rodrigo Carrillo
Viceministro de Cultura

Fue la memoria la que convocó a estas voces. Al cumplirse medio siglo del terremoto que partió la historia de Guatemala, alguien tuvo la claridad de pensar que el duelo también se canta. Que la mejor forma de honrar a quienes ya no están no es solo con discursos, sino con música que sostiene el peso de la ausencia. Así nació la idea de montar los dos Réquiem más grandes jamás escritos: el de Mozart y el de Verdi. Pero para semejante empresa se necesitaba algo más que voluntad: se requería una masa coral de más de 100 voces. Y entonces ocurrió lo inédito. El Ministerio de Cultura y Deportes (MCD) no solo convocó a los artistas corales, sino que por primera vez en la historia reconoció su arte y su esfuerzo con un contrato de casi un año.

Durante décadas, los coros en Guatemala han sido la columna vertebral invisible de la música académica. Han prestado sus voces para engrandecer misas, para sostener las óperas que llegan de paso. Y lo han hecho siempre por amor. Por esa vocación irrenunciable que lleva a un cantante a ensayar noches enteras después de una jornada laboral, a compartir partículas de alma en cada fraseo, a emocionarse hasta las lágrimas con un piano bien logrado, aunque su bolsillo no refleje esa riqueza interior. Han sido los grandes olvidados de la escena cultural, sombras que iluminan pero no son iluminadas.

Inédito contrato
Por eso, la decisión del MCD de abrir una contratación por 10 meses para más de 100 voces no es solo una noticia administrativa. Es mirar a esos rostros que por generaciones han cantado “gratis por amor al arte” y decirles: su amor es valioso, su profesionalismo es indispensable y su arte merece salario. Este gesto cobra una dimensión profunda cuando entendemos el contexto en el que esas voces se harán escuchar. El Ministerio no solo ha creado fuentes de trabajo; ha tejido una temporada coral sinfónica que honra la memoria y celebra la vida. Bajo el título Ad Aeternus Réquiem, estas voces se preparan para conmover los cimientos del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias y llevar el arte a los altares musicales de Quetzaltenango y/o Totonicapán.

El programa de conciertos arrancará el 4 y 6 de marzo en la Gran Sala Efraín Recinos con la Orquesta Sinfónica Nacional. Ahí, el Adagio para cuerdas, de Samuel Barber, recordará que la música es el lenguaje del duelo. Y qué mejor puente con nuestra propia historia que la Noche de luna entre ruinas, de Mariano Valverde, para recordarnos que incluso entre escombros, belleza y esperanza florecen. Luego, las voces tomarán el protagonismo con el Ave verum, de Mozart, esa pequeña joya de devoción celestial, y el triunfal Aleluya de El Mesías, de Haendel, como un preludio de gloria antes de enfrentar los grandes réquiems.

Corazón con dos pulsos
El primero, el Réquiem de Mozart, ese monumento de misterio y belleza que el compositor dejó inconcluso como su propio testamento musical. El segundo, el colosal Réquiem de Verdi, una obra que es casi una ópera sagrada, un juicio final hecho música, que retumbará el 12 y 14 de agosto. Sin embargo, el acto más conmovedor será el 21 y 22 de marzo, el Coro Ad Aeternus Requiem y la Orquesta Sinfónica Regional de Occidente llevarán este mensaje de memoria y esperanza. Porque el arte no debe centralizarse, y el dolor y la resiliencia de 1976, también se sintieron en cada rincón del occidente.

Estos conciertos son un memorial sonoro para los más de 23 mil guatemaltecos que perecieron y los 75 mil que quedaron heridos aquel 4 de febrero de 1976. Son una ofrenda a la ciudad de Guatemala que cumple 250 años de fundación, una forma de decir que el país se levanta, canta y recuerda. Cuando esas voces, ahora dignificadas por un contrato, entonen el Dies irae verdiano, estarán cantando sobre la resiliencia de un pueblo y demostrando que cuando el Estado ve a sus artistas y les tiende la mano, el resultado no es solo justicia social, sino una temporada artística de talla mundial.

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