La violencia contra la mujer es una herida que sangra en silencio. Una realidad que nos duele e indigna a la mayoría de guatemaltecos. Son agresiones acompañadas de miedos y temores tan fuertes como los golpes mismos. Por eso es importante hablar de la denuncia, romper el espanto de señalar e identificar al perverso, a quien encuentra valentía en la debilidad de la pareja o del familiar. Los nuevos tiempos obligan a acabar con el mutismo cómplice, que fomenta la impunidad y hace del maltrato algo cotidiano y rutinario. Hoy, los connacionales esperan y exigen vivir con dignidad. Tener la libertad y confianza de caminar por las calles sin sobresaltos y de soñar sin límites. En una nación donde las mujeres representan el 52 % de la población, es preciso reconocer el derecho a la convivencia pacífica, tranquila y con equidad. Esa es la importancia de conmemorar el 25 aniversario de la Comisión Nacional para la Prevención y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres (Conaprevi), instancia rectora de las políticas públicas sobre la materia. Entidades como esta y la Oficina de Atención a la Víctima, de la Policía Nacional Civil (PNC), hacen práctica la justicia, pues atienden demandas y resuelven expedientes en ambientes fraternos y solidarios.
Como bien lo escribió ayer la vicepresidenta Karin Herrera en su columna, publicada en este matutino, reducir la violencia implica fortalecer las instituciones y cerrar las brechas sociales y económicas. Por ello, es elemental cambiar la cultura y la manera en que vemos a las féminas. Modificar los tratos y, sobre todo, educar a nuestros hijos y enseñarles que los insultos y humillaciones no son el camino a seguir, a adoptar ni imitar. Las nuevas generaciones deben crecer y defender valores universales como el respeto y la igualdad, aunque pasando de las teorías a las conductas y formas de pensar y actuar. Desde el Organismo Ejecutivo se ha asumido la misión de combatir ese flagelo, de mantener la guardia arriba hasta convertir esa problemática en un recuerdo lejano, irrepetible. Ningún país puede alcanzar el desarrollo pleno mientras perpetúa los círculos de pobreza y desigualdad, lección más que aprendida y probada.











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