Tigran Petrosian (Georgia, 1929; Rusia, 1984), excampeón del mundo de ajedrez, dejó la siguiente lección: “Dicen que mis partidas deberían ser más interesantes. Yo podría ser más interesante y también perder”. El pensamiento del citado maestro se acerca a la máxima que advierte sobre el engaño que causan las apariencias. Lo imprudente que suele ser juzgar por lo que se ve.
En similares sensaciones llegaba el gobierno de Bernardo Arévalo y Karin Herrera al encuentro con Marco Rubio, secretario de Estado de EE. UU. Las “corazonadas” apuntaban a reprimendas históricas. Imposiciones extremas. Derrotas políticas y
debilitamientos institucionales.
Al final, los fantasmas fueron exorcizados. La relación entre Guatemala y Estados Unidos se consolidó, después de la suscripción de acuerdos que dejaron satisfechas a las partes. No hubo vencedores ni vencidos. El país salió fortalecido.
Pero hay otro escenario. El local, donde algunos, los menos, se frotaban las manos. Alzaban sus gorras rojas y predecían victorias. Aparentaban apoyos. Costearon cabildeos. Se hacían con el retorno de sus visas. El Ejecutivo no se inmutó y, pese a las críticas, siguió su curso. Qué razón tenía Petrosian. “Podría ser más interesante y también perder”.
Al final, el tiempo le dio la razón al canciller Carlos Ramiro Martínez. El funcionario que en materia de política exterior
optó por jugar ajedrez. Planificar estrategias. Pensar los movimientos. Alejarse de las redes sociales. Incluso, imposibilitado de viajar por una larga espera, con el fin de atender un proceso de interpelación que se saldó en horas.
Claro, la apuesta estaba bien sustentada. Para empezar, fue ideada por auténticos maestros en relaciones internacionales. Campeones en estas lides. Liderados por Arévalo, Martínez y Hugo Beteta, diplomáticos de carrera, el equipo se reforzó con excancilleres de la talla de Eduardo Stein, Gabriel Orellana y Edgar Gutiérrez.
Era imposible perder la partida. Sobre todo cuando el oponente interno jugó a las damas. A las zancadillas. A las amenazas e intimidaciones.
Al final, triunfó Guatemala. Cayeron los malos, las mafias, los corruptos. Estados Unidos no solo se sumó a la lucha por la democracia que impulsa el Presidente, sino que defendió la legitimidad ganada en las urnas. Con los votos.
Siegbert Tarrasch, multicampeón de ajedrez, también tenía razón cuando dijo que “la belleza de un movimiento no se refleja solo en su apariencia, sino en el pensamiento detrás de él”.











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