El amor y el Internet

Dentro de esta extensa red mundial se encuentran millares de páginas de pornografía para todos los gustos.

Hace muchísimos años, allá en mi querida Chiquimula, fui al cine a ver una película futurista cuyo título quedó grabado en mi memoria: Cinderella. Por supuesto, no tiene nada que ver con el cuento de Charles Perrault (1697): La cenicienta, que, a decir verdad, fue una recopilación de la versión oral que por ese tiempo se trasladaba de generación en generación. Pues bien, esta película de la que escribo se trataba de cómo las parejas harían el amor carnal en el futuro. Y asómbrese usted, pues en lo que a mí concierne, no me pareció muy atractivo que digamos. Encerrados en una especie de cápsula, la pareja ingería una pastilla y unía sus dedos índices, y así permanecían quietos, como dos insectos, durante un considerable período de tiempo. Si la pareja experimentaba algo más que el calorcito de sus dedos, no lo supe jamás. Este era el ingenio de los cineastas de aquellos años sesenta: candorosos hasta para abordar uno de los temas más candentes de la vida humana: el sexo. Sesenta años después aquella película, en su tiempo, un tanto atrevida, es hoy un pálido ejemplo de lo que vino después en materia de cine erótico. Escenas descarnadas, abiertamente explícitas se exhibían en carteleras de los principales cines de la ciudad capital. Para no pecar de niño de primera comunión, debo admitir que algunas veces me metí a algún cine de esos. Por supuesto, eso fue hace muchos años, cuando la testosterona hacía estragos en mi cuerpo. Pero el propósito de esta columna no es hablar de mí, sino de cómo los jóvenes encuentran hoy día su dosis de entretenimiento erótico. En las últimas dos décadas se ha producido la gran revolución digital con el cada vez más potente sistema de comunicación que jamás la humanidad haya soñado: el Internet. Y dentro de esta extensa red mundial se encuentran millares de páginas de pornografía para todos los gustos, citas virtuales con desconocidos, encuentros eróticos jamás soñados por la generación de los baby boomers. Y, por supuesto, hasta casos de actos criminales mediados por una intención sexual o por lo menos, erótica. Los jóvenes (y los no tan jóvenes) están expuestos a esta nueva dinámica del amor. Uno de frías teclas, de bits que corren por las supercarreteras de la información, por imágenes trucadas, por emoticones, por gifs eróticos que se contonean frente a sus ojos, por sonidos sintéticos que simulan las más ardientes pasiones, por la posibilidad de sexo “en vivo”, por supuesto, cada uno desde su ordenador. La industria tecnológica ha creado ya los simuladores que, me imagino, lo dejan a uno exhausto después de un extraño encuentro furtivo con el amor de su vida, con solo colocarse un par de lentes estrafalarios y conectarse a un computador, tiempo después del cual, usted no sentirá ni pena ni gloria. Esto no deja huella en el corazón, ni crea lazos jurídicos; es más, ni siquiera tiene que aprenderse el nombre de su pareja. De este tamaño es el amor en los tiempos de Internet. ¿Se anima usted?

Carlos Interiano