Mudarse de país nunca es una decisión menor, implica dejar familia, costumbres y lugares conocidos para comenzar de nuevo. Para Gabriela Arroyo, guatemalteca, de 29 años, licenciada en filosofía e instructora de yoga, el motor de ese cambio fue el amor. Hoy, vive en Sevilla, España, junto a su esposo Alliester, de ascendencia escocesa, y su bebé de 5 meses, en una etapa dedicada por completo a la maternidad.
Por una kombucha
Todo comenzó en 2021, en un encuentro poco convencional en La Antigua Guatemala, por medio de una actividad de teatro en casa organizada por amigos en común. Entre vino, kombucha y libros para intercambio, surgió la conversación que marcaría el inicio de su relación.
Gabriela probaba por primera vez la bebida fermentada cuando un joven se acercó a preguntarle qué le parecía; era Alliester, quien la había preparado.
La charla continuó y tomó un giro literario cuando descubrieron afinidades en poesía y en autores clásicos como Calderón de la Barca. Más allá de los intereses compartidos, ella recuerda que le atrajo fue su alegría y su forma de compartir con los demás. “Es una persona que irradia amor donde está”, resumió.
Tres bodas
Su relación también ha estado marcada por una forma singular de entender el matrimonio. La pareja decidió unirse mediante la antigua ceremonia celta del handfasting, un ritual simbólico en el que los novios amarran sus muñecas con un lazo durante 24 horas. La tradición indica que debe repetirse durante tres años para consolidar la unión.
De 2022 a 2023 celebraron tres ceremonias, la civil y la religiosa, experiencia que describen como profunda y también divertida. Entre amigos surgió la broma de que “se han casado muchas veces”, pero para ellos cada una reforzó el sentido de compromiso.
La vida los ha llevado por varios destinos. Han vivido en Guatemala, en la capital, La Antigua Guatemala y San Lucas Tolimán, a orillas del lago de Atitlán, además de temporadas en Ciudad de México y Edimburgo, en Escocia, hasta establecerse en Sevilla, tierra natal de Alliester.

Otras realidades
De acuerdo con Gabriela, residir fuera del país ha sido una suma de aprendizajes y desafíos. Definió la experiencia como salto hacia lo desconocido, pero como una oportunidad de crecimiento personal.
Aunque la presencia de guatemaltecos ha sido limitada en las ciudades donde ha vivido, apenas uno en Edimburgo y cuatro en Sevilla, encontró redes de apoyo en comunidades latinas más amplias como las mexicanas, colombianas y brasileñas.
Destacó que en cada lugar ha conocido personas “increíbles y muy buenas. En todos los sitios siempre hay una persona de buen corazón”.
Volcanes y caldos
Sin embargo, la nostalagia tiene formas concretas en su corazón. Extraña los volcanes de Guatemala, las caminatas y campamentos en la montaña, así como sabores únicos como las tortillas de mercado con caldo de gallina.
Asimismo, un elemento intangible, pero esencial como la calidez humana. Afirmó que “los guatemaltecos somos cariñosos, recibimos a todos con una sonrisa y alegría. Estar fuera de Guatemala me ha hecho apreciar esto, que no se encuentra en cualquier lado”.
Su historia refleja que el amor, además, puede ser brújula y una fuerza capaz de mover vidas entre países, culturas y personas, sin romper el vínculo con las propias raíces. Según la chapina, amar ha significado abrirse al mundo sin dejar de llevar a Guatemala consigo.












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