María José Ríos
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Hay una forma de salud que no siempre se mide en consultas, exámenes o diagnósticos. Es silenciosa, cotidiana y humana, se construye en espacios donde las personas crean, se mueven, se expresan y se encuentran. Hablar de juventud implica necesariamente hablar de esas dimensiones que sostienen el bienestar, aunque muchas veces no se nombren.
Como médica he aprendido a identificar signos, síntomas y factores de riesgo. Pero también, como joven, he experimentado algo que no aparece en libros: la necesidad de pausar la mente, de habitar el cuerpo desde el disfrute y sentir pertenencia. En mi caso, el teatro y el baile han sido ese lugar donde, por un momento, todo se ordena. No es evasión, es equilibrio.
No todas las juventudes tienen acceso a esos espacios. Y ahí es donde la conversación es relevante. Porque no se trata únicamente de la existencia de actividades culturales, deportivas o recreativas, sino de las condiciones reales para acceder a ellas: información, cercanía, tiempo, seguridad y, muchas veces, acompañamiento.
En estos espacios se construyen vínculos, se fortalecen identidades y se generan redes de apoyo que funcionan como factores protectores frente a riesgos sociales y de salud.
La evidencia en salud es clara: la actividad física, la expresión artística y la recreación impactan positivamente en la salud mental, reducen el estrés, fortalecen habilidades sociales y contribuyen a la prevención de enfermedades. Más allá de los datos, está la experiencia de una generación que también necesita espacios para ser.
Cuando estos espacios no son accesibles, las consecuencias se reflejan en distintos niveles: ansiedad, aislamiento, sedentarismo y desconexión. Por eso, pensar en salud juvenil implica reconocer que el bienestar también se construye fuera del sistema sanitario. El desafío está en acercar lo que existe y facilitar el acceso. Porque cuidar a las juventudes es, en gran medida, permitirles lugares donde respirar distinto.
También es reconocer que el arte, la cultura, el deporte y la recreación no son complementos opcionales, sino esenciales del desarrollo integral. En estos espacios se construyen vínculos, se fortalecen identidades y se generan redes de apoyo que funcionan como factores protectores frente a riesgos sociales y de salud.
Invertir en estos ámbitos es apostar por prevención, cohesión social y una visión más amplia de la salud. Es entender que una cancha, un escenario o un espacio comunitario pueden ser tan valiosos como cualquier intervención clínica. Porque al final, la salud no solo se trata de curar, sino también de crear condiciones para vivir mejor, con sentido y con oportunidades reales de desarrollo.











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