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Deudos buscan recuperarse, seguir y honrar la memoria de los fallecidos

El Diario de Centro América compartió con familiares de quienes murieron en el accidente ocurrido a inmediaciones del puente Belice, que cuentan cómo enfrentan la pérdida de sus seres queridos

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Catorce días han pasado y el recuerdo del adiós permanece latente en sus mentes y corazones. El último beso repleto de amor, el abrazo reconfortante o las promesas que quedaron pendientes de cumplir, forman parte de las historias que traslada el diario oficial tras entrevistarse con ocho de los deudos que dejó la tragedia sucedida en las cercanías del
puente Belice.

Dos semanas después, en Santo Domingo Los Ocotes, El Progreso, los deudos intentan continuar con sus vidas, aunque los recuerdos son tormentosos y, para algunos, la soledad es una tortura difícil de soportar, como consta en la siguiente narración.

Doña Rosa Ramírez muestra los trabajos inconclusos dejados por Edna, su hija, la maestra que perdió la vida junto a sus tres hijos.

A doña Rosa Florinda Ramírez, de 72 años, sus ojos claros se le han tornado vidriosos de tanto llorar. Con la poca fuerza que le queda desde el accidente, todos los días recuerda a su hija Edna Mariela Ramírez, la maestra que viajaba en el bus junto a sus hijos Angie, Jefren y Enyel. “Mi hija y mis nietos eran especiales y felices. Me alegraban la vida”, resume.

“Quiero que Dios me dé fortaleza”, pide, tras reconocer su temor porque la ausencia de su hija y nietos le quiten las ganas de luchar por la vida. Dice que una de las batallas más fuertes que tiene es abrir los ojos y cercionarse de que “ellos” ya no están en la habitación.

El último recuerdo

El equipo del Diario de Centro América (DCA) acompañó a doña Rosa a la casa que habitaban sus familiares. Con su vestido floreado de color rosado y delantal morado, camina a paso lento hasta la casa que “mi hija construyó con mucho esfuerzo”. Un aposento de láminas y reforzada con palos. En cuanto abrió la puerta, sellada con cadena y candado, la anciana rompió en llanto al ver la cama que quedó arreglada por última vez con una colcha rosada.

“Aquí durmió mi hija con sus tres hijos. Mis muchachitos, aquí, y mi pequeña, allá”, cita, mientras señala los espacios.
Nos cuenta que Edna, además de maestra, vendía artículos y recuerdos hechos con fomi. “Así quedó el trabajo que hacía mi hija para darles de comer a los pequeños”, refiere. Sobre una mesa de madera se encuentra disperso el material de colores y la canasta con el producto terminado, que ya no pudo comercializar.

Con parales, láminas y mucho esfuerzo, la docente levantó su vivienda, contó su madre.

“Dios nos da a nuestros hijos, pero también nos los quita. Señor, te llevaste a mi hija y a mis nietos, pero un propósito tenías para ellos. Sé que ya están contigo”, se consuela, mientras continúa derramando lágrimas.

En los últimos días, las tragedias no terminan de sacudir a doña Rosa. Después de velar a sus descendientes, tuvo que inhumar a Adán Ramírez, de 27 años, otro nieto. “Se le subió la presión y murió. Se puso mal cuando se enteró de lo que le había pasado a mi hija y primos”, refiere, incapaz de contener el llanto.

Si las muertes no fueran suficientes, doña Rosa afronta otro problema: la amenaza de que le quiten la vivienda que su hija construyó con mucho esfuerzo. Sin embargo, de momento, opta por no profundizar sobre el tema.

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“Mamá, te extrañamos”

Al momento de la entrevista, Cristian (25), Daniel (16) y Josué (14), de apellido Pérez, descendientes de Catalina Noemí Pérez, de 47 años, otra víctima del fatal incidente, almorzaban. Comían chicharrones con tortillas, limón, chile serrano y fresco.

El mayor, quien se encuentra en silla de ruedas debido a un accidente en motocicleta ocurrido hace algunos años, expresa que han tenido cambios drásticos, aunque sabe que lo primordial es seguir y avanzar. Lo que más recuerda de su mamá son las risas y los regaños que se ganaba cuando hacía algo que ella no aprobaba.

“El lunes pasado (17 de febrero), pensé en los últimos momentos que pudo haber pasado mi mamá durante el accidente”, reflexiona Cristian, mientras baja la mirada.

Los tres están conscientes de que deben superar la pérdida. Piensan que aunque físicamente ya no está, los ve desde el cielo. De hecho, el primogénito le manda el siguiente mensaje: “Mamá, te quiero mucho y dónde estés, te vamos a extrañar. Nos vamos a portar bien y seremos mejores personas para que estés orgullosa”.

Daniel no puede quedarse callado y manifiesta: “La extraño mucho y deseo que siempre fiscalice mis pasos. Seré buena persona como ella quería”. Josué, el más pequeño, se limita a un “la quiero mucho y la extraño. Seré mejor cada día”.
Mientras los hermanos recordaban a su progenitora, doña Rosa Molina, madre de Catalina Noemí, permanecía alejada, sentada en una hamaca, intentando no llorar, pero se quiebra cuando escucha a los nietos.

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“La casa que soñamos”

En los últimos días, Geidy Yajaira Maas Chen, de 23 años, ha tenido que lidiar con un dolor intangible que le aprieta el corazón y acelera su ritmo cardiaco. El sufrimiento, que altera sus nervios y le provoca desesperación, surgió tras la partida de su esposo, Marvin Alexander Pop Chiquín, de 23 años.

“Todo está siendo muy duro y triste para mí. Poco a poco voy mejorando, pero de la noche a la mañana no estaré bien”, advierte.

La pareja procreó a Esdras Nehemías Alexander Pop Maas, quien actualmente tiene 3 años. Soñaron con hacer algo grande para su bienestar: construir una casa, criar al pequeño y darle una buena vida. “Aunque él ya no está, cumpliré el sueño compartido para el bienestar de nuestro pequeño. Voy a tener nuestra casa”, resalta con mucha firmeza.

Recuerda que tenían una relación amena, aunque no perfecta, ya que enfrentaron problemas; sin embargo, siempre los arreglaron hablando. “Nos gustaba jugar mucho al baloncesto; de hecho, él perteneció a una selección”, evoca.
“Hoy, lo que le puedo decir a mi esposo es que no se preocupe.

Criaré a nuestro hijo y saldremos adelante. A él lo amaré siempre y lo llevaré en mi corazón. Donde quiera que esté, deseo que sepa que estaremos bien y que lo recordaremos mucho”, expresa.

Actualmente, Geidy vive en una casa modesta, junto con su padre, Martín Maas, y sus hermanos, Yonikin, Nora y Ruth.

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El recuento de daños

El accidente del bus extraurbano ocurrido en la calzada La Paz, en las cercanías del puente Belice, en la zona 6 de la capital, sucedió el 10 de febrero, a las 4:20 de la madrugada, según reportes de bomberos voluntarios y municipales, quienes fueron los primeros en acudir al rescate.

En total, fallecieron 54, incluidos piloto y ayudante, y otros nueve sobrevivieron luego de varias intervenciones quirúrgicas y de pasar por cuidados intensivos.

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“Un día antes, le pedí perdón”

Los días pasan y el dolor no da tregua. Para Ludman Marroquín, pareciera que fue ayer cuando le dieron la noticia de que su padre era una de las víctimas mortales del bus accidentado. Su vida ha cambiado rotundamente. Ahora, se ha convertido en la cabeza de familia, responsable de garantizar el alimento y bienestar de mamá. “Totalmente, mi vida ha tenido un cambio drástico”, simplifica.

Ludman relata que su padre era alegre y tranquilo, aunque “regañón”. Agrega: “Me reprendía por cosas que yo hacía, que estaban mal”. La hamaca donde descansaba después del trabajo sigue ahí, en el mismo lugar, intacta. “En ese lugar se dormía”, rememora.

“Un día antes del accidente hablamos y le pedí perdón por todo lo que había hecho. Al otro día me enteré de que había fallecido. Estoy tranquilo porque no estábamos peleados”, evoca. “Quiero que sepa que no se preocupe por la familia, yo estaré al tanto de ella”, finaliza.

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“Iba a su última cita en el IGSS”

La habitación de Santos Aureliano Ortiz permanece intacta desde la última vez que la utilizó. Uno de sus pollos sigue durmiendo en el mismo lugar, el que él le habilitó. “Ahí está el pollo, metido en esa palangana.

Abajo tiene un trapo para que no le dé frío”, comparte Gloria Ortiz, hermana del fallecido.

Gloria, con una postura firme y sentada en la cocina, asegura que, poco a poco, ha superado la partida de su hermano, su mejor amigo, con quien convivía a diario y por quien velaba.

“El día del accidente iba a su última cita en el IGSS, ya que estaba malo de su rodilla. Le encantaba jugar al futbol, pero después del accidente ya nunca volverá a jugar”, reflexiona.

Cuando lo sepultó, fue clara: le pidió que se fuera en paz, tranquilo, satisfecho. “Le dije que partiera sin pena, porque voy a estar bien, que seguiré adelante, con fuerza y entereza”, resume.

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“Le pido a Dios que cuide a mi viejito”

Cada vez que sale de casa, Fernando Tzib se para delante de la residencia donde vivió su papá, Manuel Tzib. En su momentáneo viaje por el tiempo, cuestiona por qué se fue. “Frente a su puerta, recuerdo lo bonito que fueron nuestros momentos y también que ya no lo volveré a ver”, exterioriza.

Su padre trabajaba en la capital. Pasaba de puerta en puerta recolectando prensa y después la iba a vender al mercado La Presidenta, zona 1 de la ciudad de Guatemala. “Con ese trabajo nos sacó adelante. Nunca nos faltó la comida”, agradece.

“Si pudiera verlo por última vez, le diría que me dé un abrazo y un beso. Ahora, solo le pido a Dios que me lo cuide, porque yo no pude hacerlo como merecía”.
Fernando Tzib, hijo de Manuel Tzib

Con voz quebrada por el sentimiento, Fernando reconoce que su vida ha cambiado, que no será la misma. Pero su lamento se vuelve más grande al saber que ya no volverá a visitarlo. “Llegaba a mi casa a cargar su teléfono y a pedirme agua.

Recientemente, me pusieron agua potable. Él jugaba con mis hijas, les frotaba el pelo o las asustaba. Así se divertían”, revela.
“Si pudiera verlo por última vez, le diría que me dé un abrazo y un beso. Ahora, solo le pido a Dios que me cuide a mi viejo, porque yo no pude hacerlo como él merecía”, expresa.

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“Ahora tomo café solita”

La cocina de doña Francisca Rodríguez está vacía. La taza en la que su esposo, Emiliano Pérez, tomaba café está en el mismo lugar, lavada desde el pasado 10 de febrero, día en el que perdió la vida. La cotidianidad de doña Francisca cambió desde su partida. Dice que su tristeza es una lucha constante que debe afrontar. “Teníamos 50 años de casados y durante ese tiempo le serví café, bebida que tomábamos a las 3 de la mañana antes de que él se fuera a trabajar”, expresa.

Don Emiliano trabajaba como obrero en la Municipalidad de Guatemala. Según su esposa, en una ocasión le pidió que ya no trabajara, que mejor se retirara.

“Este año se iba a jubilar, había decidido que descansaría el próximo”, menciona. Ahora, la viuda está preocupada, porque en la comuna le informaron que su cónyuge no tiene derecho a una pensión. “Como no terminó 2025, me dijeron que no optaba a la jubilación, que solo me darían el tiempo de su sueldo”, narra.

“Lo que le puedo decir a mi esposo es simple: gracias por estos maravillosos 50 años. Quiero que esté en paz y que no se preocupe, nuestros hijos me apoyarán”, exclama.

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