Luis Assardo
Periodista e investigador
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El Vaticano se asoma a un cónclave que elegirá al papa de la era post-Francisco, un pontífice obligado a navegar el covid, una avalancha de fenómenos informativos, el crecimiento exponencial de extremismo y algoritmos, entre otros. Uno de los desafíos más urgentes será fijar los rieles éticos de la inteligencia artificial: en Laudato Si’ Francisco alertó sobre una humanidad “desnuda y expuesta frente a su propio poder”; hoy los católicos esperan de Roma un código moral que impida que la lógica de los datos suprima la dignidad humana.
La avalancha de desinformación devora la confianza pública. Las “cámaras de eco” que describió el pontífice en Fratelli Tutti fracturan comunidades y reducen el diálogo a likes y linchamientos virtuales. El nuevo papa deberá plantar una cultura del encuentro también en línea, presionando a las plataformas para que asuman responsabilidad sobre la toxicidad que distribuyen. Cómo se puede influir en reducir el impacto de las campañas de odio a migrantes, sin afectar la libertad de expresión.
Una sociedad donde la viralidad no sustituya el conocimiento y la verdad.
La brecha digital y carencia de alfabetización tecnológica amenaza con convertir la exclusión digital en nuevo pecado estructural. La promoción y facilitación de pecados capitales, haciendo que la plena conciencia sea cada vez más borrosa. Frente a un norte global que domina a través de algoritmos y un sur que todavía busca señal, la Santa Sede debe proclamar que el acceso a internet forme parte del derecho al desarrollo integral.
Vale la pena rescatar la discusión de cómo la automatización redefine el trabajo. Juan Pablo II advirtió en Laborem Exercens que las máquinas podían “suplantar” al obrero; ahora la IA pone en riesgo hasta profesiones prestigiosas. El nuevo pontífice podrá liderar la conversación sobre una transición justa: recualificación masiva, protección de los descartados y una economía donde la persona valga más que el rendimiento trimestral.
El cónclave, pues, no elegirá solo a un guardián de la tradición, sino a un arquitecto moral para el siglo del algoritmo. Si el sucesor de Francisco acierta, la Iglesia demostrará que la fe y el futuro aún pueden ser parte de un mismo esfuerzo para una sociedad más justa. Una sociedad donde la viralidad no sustituya el conocimiento y la verdad.











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