Las certificaciones que hace el gobierno de Donald Trump sobre la administración del presidente Bernardo Arévalo son verdaderamente estimulantes. Reconfortan. Motivan y provocan orgullo. Sin embargo, más que un sentido de complacencia por el trabajo realizado, estas valoraciones deben ser un aliciente para continuar el camino.
La evaluación hecha pública por el Departamento de Estado no es poca cosa. Conlleva un apoyo demoledor. Un aval que retumba en el sistema de justicia. En las cortes y fiscalías. Un mensaje que advierte que, en materia de decencia y Estado de derecho, republicanos y demócratas defienden los mismos principios. Cierran filas y rechazan a quienes se apartan de sus funciones y promueven las dictaduras.
Basta ver cada uno de los 10 avales para entender el recado que deja la Casa Blanca. No es necesario leer entrelíneas. Especular o interpretar. Los avisos son claros y no requieren ser descifrados.
En el documento, EE. UU. certifica el combate de la corrupción e impunidad que promueve el Organismo Ejecutivo. En ese mismo inciso también aprueba las estrategias para contrarrestar el lavado de dinero y otros delitos financieros globales.
La misma evaluación hace en torno a las acciones que Arévalo y su gabinete realizan para fortalecer el Estado de derecho y la transparencia. Lo mismo ocurre con la protección de defensores de los derechos humanos, sindicalistas, periodistas y líderes sociales. También se congratula por las facilidades que se ofrecen para la libertad de prensa y las estrategias que buscan controlar la violencia contra mujeres y niñas.
Prácticamente, no hay área en la que el Gobierno no tenga un reconocimiento, como en la reducción de la pobreza, el crecimiento económico y la creación de oportunidades. Finalmente, el informe reconoce la cooperación que ha dado Guatemala a la lucha contra el narcotráfico, el contrabando y otros delitos transnacionales, así como las facilidades para el retorno seguro y digno de los migrantes y las políticas que estimulan la inversión nacional y extranjera.
No cabe duda que el Gobierno tiene razones para sentirse satisfecho. Comprometido y altamente seguro de que cuenta con el apoyo de la principal potencia del mundo.











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