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Declaración local de derechos humanos

Venas Profundas

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Pablo Sigüenza Ramírez
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Todos merecemos un mañana tendidos en el bosque bajo cientos de pinabetes, una tarde de lluvia y selva nadando en el agua tibia del lago de los itzaes, una tarde de neblina y serpientes voladoras entre los pinos de la montaña, un minuto de asombro y contemplación al ver caer el agua en la Garganta del Diablo, un centenar de olas pequeñas en las playas del este de La Habana. Merecemos un gran arcoíris sobre nubes grises, tejido en un güipil y pintado en un par de banderas; un llanto amargo en soledad y tres vasos de alcohol; una puesta de sol en el Pacífico, un amanecer en la cima del Hunajpú, un discurso honesto al centro de la plaza, una primera vez en la nieve, aceite de coco en la espalda, volar un barrilete reventador de hilos.

Todos merecemos al menos un día de polen, un rincón del mundo libre de cualquier odio, segmentos de camino con la mano trenzada a unos dedos que también nos aman.

Todos merecemos una temporada de cosechas, un ramo de sonrisas espontáneas, el reflejo de una mirada llena de placer, un colibrí en las manos, las pupilas de un jaguar, el canto de un cenzontle, el recuerdo cotidiano de los ojos de la abuela. Todos merecemos al menos un día de polen, un rincón del mundo libre de cualquier odio, segmentos de camino con la mano trenzada a unos dedos que también nos aman. Merecemos un octubre rojo, miles de pasos a nuestro lado, un ramo de claveles con el puño en alto, una revolución de abejas, una flor de fuego en el cerro Tojil. El abrazo efusivo de la propia semilla, un autorretrato sobre piedra, escribir nuestro epitafio una tarde de café y frío de montaña.

Todos merecemos un baile a media noche, una danza frente al espejo, caminar senderos estrechos bajo la luz de la luna; merecemos el descanso bajo la sombra de un encino, acompañar un nacimiento, cualquier nacimiento; discutir a viva voz con la muerte sin llegar a acuerdos o promesas vacías; merecemos instantes alejados del afán del capital, una pausa, un lago, una silla, un capullo, el vuelo suspendido de una libélula. Merecemos una sesión de títeres, una historia del Popol Vuh leída por nuestra madre antes de dormir, una luz en la habitación, una canción al oído, el fruto jugoso de algunos de nuestros sueños, la utopía gestada con la fuerza de las manos. Todos merecemos entender y vivir el sentido de aquello que los sabios del fuego llaman reciprocidad.

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