De apóstoles y maestros

Está próxima la celebración del Día del Maestro, la cual conmemora aquella gesta cívica donde los formadores salieron a las calles a protestar contra la dictadura de Jorge Ubico. Durante la represión de ese movimiento perdió la vida la profesora María Chinchilla Aguilar. Eran años en los que el maestro se había erigido en un símbolo de decencia y cuyo liderazgo se hacía sentir en todas las comunidades. La acción docente no se circunscribía a lo interno de las aulas; su labor trascendía toda la comunidad.

Hoy día las cosas han cambiado. De aquella figura cimera que era el maestro, ha caído en un rol depauperado. Nadie lo respeta y se le ve como un trapo viejo que apenas sirve para sacudir el polvo de este sistema social cada vez más deshumanizado. Existen, como siempre, buenas excepciones que recogen la bandera de la dignidad de lo que una vez fuera la figura docente en el contexto nacional. El resto es una adocenada masa amorfa que se define a sí misma como trabajadores de la educación, desde una óptica netamente economicista, laboralista.

Por supuesto que el maestro es un trabajador de la cultura cuyo estipendio debe estar acorde al rol que, como formador de niñez y juventud, le corresponde. Pero también debe ser un agente de cambio y, como tal, asumir su responsabilidad de formarse para formar. En un contexto más amplio, el maestro está llamado a recuperar el humanismo, definido este como la característica racional que nos hace diferentes a los demás seres vivos. Recuperar el humanismo para heredar a los estudiantes esa capacidad de pensar por sí mismos, cultivar su autonomía en la toma de decisiones en su vida personal y comunitaria, de manera responsable. Recuperar el humanismo para dejar de ser seres amorfos, presas fáciles de la manipulación, y transformar a la niñez y la juventud en verdaderos agentes de cambio social.

Esa es la tarea gigante que debiera asumir el magisterio nacional, y no solo conformarse con tenderse en el parque central esperando que el maná les fluya del cielo, o que un líder con aviesas intenciones los conduzca hacia un proceso de denigración como seres humanos y profesionales de una de las mejores tareas que un ser humano puede aspirar: transferir a las nuevas generaciones los saberes que, en materia de ciencia, tecnología y humanidades, hemos venido acumulando como especie. Ya lo decía José Martí, aquel insigne educador y poeta cubano: “Y me hice maestro, que es hacerme creador”.

No es pedir mucho, ni siquiera empujarlos hacia el apostolado. Es, ni más ni menos, que motivarlos a ganarse el jornal con la frente en alto, satisfechos de que las ideas que impulsan en cada cerebro humano tienen un efecto multiplicador en la sociedad en general. Del maestro depende, en mucho, el progreso o rezago de la sociedad. Los grandes países tienen grandes maestros, y, por lo tanto, esos conglomerados están listos para enfrentar los grandes retos que les plantea el futuro. ¡Feliz Día del Maestro!

Carlos Interiano