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Cuando las letras encuentran sentido

Los clubes transforman libros en comunidad, enseñanza y cultura

"Leer, digo yo, es un placer solitario”, afirma Mirna de Gutiérrez, en medio de la conversación. La frase abre una idea conocida: la lectura implica apartarse del ruido cotidiano para entrar en otro mundo, el del autor, y habitarlo en silencio. Pero ella misma lo matiza casi de inmediato: “Hacerlo en comunidad añade mucho valor”.

En esa tensión entre lo íntimo y lo compartido se mueven los clubes de lectura. Así, estos funcionan como pequeños mundos, cada uno con sus reglas, selección de títulos y formas de acceso. En Sophos, por ejemplo, la lista de libros para el año siguiente se define con casi un año de anticipación, ya que los ejemplares (que no son pocos) se solicitan a proveedores. Por ello, la participación requiere una inscripción previa (con pago de cupo a inicios de año o cuándo salgan convocatorias) y el número de integrantes queda cerrado desde ese momento.

En contraste, los clubes de La Teca y la Biblioteca Nacional son más flexibles. Para asistir, basta con estar pendiente de sus anuncios y llegar a las sesiones, sin necesidad de inscripción previa. La selección de lecturas gira en torno a un eje temático y se define con menor antelación. Además, se facilita a los lectores el acceso a los libros, ya sea indicando dónde conseguirlos o proporcionando versiones en PDF.

La riqueza es el aporte

Maestra de literatura con una trayectoria dedicada a la enseñanza. Se formó en lengua, literatura y ciencias sociales, y posteriormente estudió psicopedagogía y una maestría en
neuroaprendizaje. El club que coordina Mirna de Gutiérrez, en Sophos, no nació como ella lo imaginaba. Llegó como sustituta, sin una idea clara de cómo funcionaban ese  espacio, y se encontró con sesiones donde los participantes esperaban escucharla hablar por horas. Pronto, entendió que algo no encajaba. Para De Gutiérrez, la riqueza no estaba en quién guía, sino en lo que cada lector aporta. De esa inquietud surgió Las mujeres que leen son peligrosas, un club que cumple 11 años y ha leído más de 100 libros. Desde el inicio, la propuesta fue clara, leer autoras. No como una consigna rígida, sino como una forma de abrir otras voces. Lo que comenzó con unas pocas integrantes se transformó en una comunidad sólida, donde varias de las participantes originales siguen presentes.

Más que un grupo de lectura, se ha convertido en una red cercana. Son lectoras, pero también amigas. Hay mujeres de más de 80 años y otras más jóvenes, y en ese cruce generacional se dan intercambios que atraviesan la literatura y llegan a lo personal. En una de las sesiones, por ejemplo, una lectura abrió la conversación sobre la depresión posparto. Lo que siguió fue un diálogo entre generaciones, donde la experiencia y las nuevas miradas se 
encontraron.

Ese tipo de conversaciones no buscan imponer una interpretación sino escuchar. Ahí caben miradas distintas, historias de vida y lecturas construida en
conjunto.

Ese mismo espíritu se extiende a otros espacios que coordina. En la biblioteca La Teca impulsa un club dedicado a literatura guatemalteca, de acceso gratuito. Se reúnen una vez al mes por dos horas, en un grupo que cambia, con lectores que llegan por primera vez y otros que se quedan. En todos sus clubes, De Gutiérrez mantiene una misma idea, en ese intercambio, entre páginas y voces, es donde se construye la experiencia.


Ian Castillo

Ian Andrés Castillo Morales tenía 16 años cuando decidió crear el club de lectura de filosofía Por amor a Guatemala. Buscaba un espacio para discutir ideas, pero encontró muy pocas opciones y ninguna le convencía. Entonces hizo lo que no encontraba, propuso el club en La Teca y lo puso en marcha. Dos años después, el proyecto sigue activo.

Hoy, con 18 años, coordina un grupo que se reúne el cuarto miércoles de cada mes por la tarde. La dinámica es abierta y flexible. Algunos llegan con la lectura completa, otros con una idea general, pero todos encuentran un espacio para intervenir. La conversación parte de un contexto histórico y pronto se transforma en un intercambio donde las ideas se cuestionan, contrastan y desarrollan en colectivo.

El grupo es pequeño pero constante, con una base de participantes que ha sostenido el grupo desde el inicio. Aunque la mayoría ronda los 40 años, la diferencia generacional no ha sido obstáculo, sino parte de la riqueza del espacio. Con el tiempo, los asistentes han construido confianza, reconocen las posturas de los demás y la discusión fluye con mayor naturalidad.

Para Ian Castillo, el mayor reto ha sido la constancia, sostener el ritmo y mantener vivo el interés. Aun así, el sentido del club es claro: Más allá de los textos, se construye un espacio de encuentro, una forma de comunidad donde las ideas se comparten y transforman.


Óscar Gatica

Coordina el Círculo de Lectores de Guatemala, un espacio independiente que desde hace 17 años reúne a personas para la lectura y la conversación. Su origen está en el voluntariado y en la convicción de que leer es un acto colectivo, una forma de encontrarse con otros sin barreras. El círculo se organiza como un espacio abierto que se reúne dos veces al mes, donde la integración es libre con el interés por compartir ideas.

El proyecto ha sostenido una comunidad diversa en edades y trayectorias, donde conviven desde jóvenes hasta adultos mayores. Para muchos, estos encuentros se convierten en un espacio para conversar y construir vínculos fuera de la cotidianidad. Más que centrarse solo  en libros, las sesiones trascienden la
lectura.

En una discusión, el comentario sobre un personaje dio paso a que varios participantes compartieran su experiencia con el cáncer. Uno de ellos dijo que nunca había podido hablar de eso. Lo literario quedó relegado y el espacio permitió decir lo que antes estuvo en silencio.

Sostener esta iniciativa no está exento de retos. Al no contar con patrocinio, el proyecto depende de la voluntad de quienes lo integran, así como de aportes voluntarios que no siempre llegan. Aun así, Gatica ha mantenido el círculo activo, apuesta por una comunidad que, más allá de los libros, encuentra en la lectura una forma de reunirse, dialogar y acompañarse.


Kimberly Ramos

Conocida como Kiki, es bibliotecaria en La Teca e impulsora de nuevos espacios de lectura. Su formación es en publicidad y comunicación, pero su trabajo cotidiano construye formas accesibles de acercar a las personas a los libros.

Coordina Cinemabook, un club que mezcla literatura y cine. La dinámica es sencilla: leer un libro y ver su adaptación para conversar sobre ambas experiencias. Se reúnen el tercer domingo de cada mes; el grupo es tan diverso como sus intereses, con participantes jóvenes y otros que superan los 70 años. Cada sesión incluye introducción, una dinámica y luego conversación donde el análisis literario convive con la mirada cinematográfica.
Este espacio es compartido con otros tres clubes dedicados a la literatura guatemalteca que también funcionan en la biblioteca en distintos días. En conjunto, forman una red donde los lectores se mueven entre grupos y van construyendo vínculos.

Más allá de la estructura, Ramos pone el énfasis en la comunidad. Recuerda una sesión en la que sorteó un ejemplar de Canción de Navidad. Una participante migrante lo ganó y le contó lo importante que era para ella tener un libro propio en ese momento. Ese gesto confirmó algo que atraviesan todos los grupos de lectura: no solo convoca, es espacio de refugio. La lectura es el punto de partida, pero lo que permanece es el encuentro.


Ángela Canel

Su pasión es por la lectura y la investigación con enfoque práctico en la formación de comunidades. Graduada en investigación criminal, comenzó moderando Séptimo Círculo en 2018, un club de novela policial inspirado en clásicos como Sherlock Holmes y contemporáneos como Millennium. 

Con más de 60 libros leídos, su grupo es diverso en edades y experiencias, se mantiene estable gracias al compromiso de los participantes. Las sesiones mezclan análisis técnico de crímenes, psicología de personajes y debates sobre justicia, siempre con un ambiente ameno y participativo,  en el local de Sophos.

En paralelo, Ángela dirige Gestión de liderazgo para mortales, donde explora habilidades de liderazgo desde un enfoque humano. Aquí, introvertidos y extrovertidos comparten estrategias para liderar sin perder autenticidad; reflexionan sobre la negociación interna y la gestión de expectativas. Ambos grupos fomentan la constancia, la discusión respetuosa y la creación de vínculos, convirtiéndose en espacios donde los lectores aprenden, se divierten y forman comunidad.


Andrea López

Andrea López forma parte del Club de Libro Filosófico, vinculado a la escuela Nueva Acrópolis, un espacio que surgió en 2021 tras la pandemia, con la intención de acercar la lectura a la reflexión filosófica. Desde entonces han trabajado cerca de 20 libros, principalmente clásicos que, según explicó, siguen vigentes por su capacidad de interpelar al ser humano. Obras como La Divina Comedia o el Mahabharata forman parte de un recorrido que busca ir más allá del entretenimiento y convertir la lectura en un ejercicio de comprensión y constancia.

La iniciativa funciona como un espacio abierto que se reúne una vez al mes, en la Biblioteca Nacional Luis Cardoza y Aragón, no hay requisitos de ingreso, más allá del interés por leer y compartir. Cada participante consigue el libro por su cuenta, mientras la organización facilita opciones digitales y coordina la lectura mediante votaciones y un grupo activo de WhatsApp.

López destaca la dimensión colectiva. La lectura en grupo motiva, amplía la interpretación y crea un ambiente donde la conversación fluye con naturalidad. Entre adultos jóvenes y participantes diversos, el club se consolida como un espacio donde pensar en conjunto también es una forma de convivir.


Celia Santa Cruz

Graduada en ciencias de la comunicación, encontró su pasión lectora en la universidad y la consolidó al crear espacios como Cazadores de libros y su canal de YouTube. Hoy, modera Soñadores Constantes y Romance para seguir solteras, donde la lectura se combina con la convivencia y la creación de comunidad. 

Varias participantes han estado con ella desde que tenían 13 o 14 años, crecieron juntas a través de los libros. Las sesiones incluyen dinámicas para romper el hielo, debates respetuosos y libertad para expresarse: nadie se siente juzgado si no termina un libro. 

En sus clubes, los lectores comparten experiencias, comentan libros, forman amistades duraderas y se motivan mutuamente a mantener la constancia. Para Santa Cruz, la clave es ofrecer un espacio seguro donde la lectura deje de ser solitaria y se convierta en un punto de encuentro y crecimiento colectivo.


Diego Calderón

Empezó leyendo ensayo y literatura inglesa, y su amor por Japón lo llevó a aprender japonés para entender mejor la literatura del país. Fundó La hora del té, que luego se transformó en Ceremonia del té, un club en Sophos donde explora la cultura japonesa a través de libros y discusiones. Su comunidad es diversa: jóvenes, adultos y  lectores con distintos intereses, que participan tanto en el club como en un grupo paralelo fuera de Sophos que sigue activo.

Diego fomenta un intercambio amplio de ideas, donde se recomiendan desde animes y videojuegos hasta textos académicos, generando un espacio dinámico y de aprendizaje continuo. La experiencia muestra que los clubes no solo acercan a la literatura, sino que también conectan personas de distintos orígenes, creando vínculos que trascienden las sesiones y perduran en el tiempo.

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