Construir la paz

Esa paz no es como la concibe el mundo, sino debe ser como dice la Biblia: perfeccionarnos en el gozo, consolarnos.

Los negociadores de la paz en Colombia pronunciaron elocuentes discursos en los que exaltaron las bondades de los acuerdos que pusieron fin al conflicto armado más longevo de Latinoamérica; eso sí, fueron conscientes de la realidad. Se silenciaron los fusiles, se puso fin a la guerra que no es sinónimo de paz, porque esta se construye paso a paso y con una voluntad política y moral que ponga fin al rencor, al odio y a la sed de venganza que incentivan la prolongación del conflicto fratricida.

Hay un aspecto que llama poderosamente la atención que no incluyeron, ni perdón, ni olvido, sino llamaron a las instancias de justicia a castigar al que se haya excedido. El acuerdo entre las partes beligerantes será refrendado por la población, la que al final sufrió las consecuencias, en un plebiscito que se realizará a finales de este mes. En él, dirán si sí o no aprueban el acuerdo “para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”.

Y eso es, precisamente, el camino más duro de recorrer, porque ya no serán días en la montaña, sino el patrullaje de la conciencia, las columnas que fortalezcan y sostengan la plataforma del esfuerzo político para que la paz se logre y  vuelva la tranquilidad. Guatemala fue un modelo cuando se sentaron comandantes guerrilleros y generales del Ejército para alcanzar el acuerdo de “una paz firme y duradera”. Pero debemos ser claros que esa paz no es como la concibe el mundo, sino debe ser como dice la Biblia: perfeccionarnos en el gozo, consolarnos, tener un mismo sentir y vivir en paz y el Dios de paz y de amor estará con ustedes. Los peldaños para alcanzarla no es sobre el silencio de los fusiles, ausencia de emboscadas, sino el encuentro con la tranquilidad, con el rebosamiento del corazón que, aunque en la vida habrá aflicciones, haya una esperanza de días felices.

La guerra no solo la dan las armas, ni los enfrentamientos se dan en batallas, en campos llenos de fusiles y tanques, sino cuando no se refrenda la lengua y salen chismes, calumnias, engaños y mentiras. Cuando se entra en contienda con el prójimo por su condición social, económica o étnica y después de haber ofendido no se pide perdón o cuando se recibió la ofensa no se quiso perdonar y se convierte en esclavo. No hay acuerdos de paz, ni de tranquilidad, no se trabaja por la paz. El apóstol Pablo dice que no hay que pagar mal por mal, hay que procurar lo bueno delante de todos los hombres, porque Dios nos ha llamado a la paz.

 


Jorge H. López