CÓMICS DE BASURERO

En la década de los 30, a pocos años de la invención del libro de historietas, distintas editoriales competían para atraer lectores. Los empresarios sabían que un buen título era crucial para una publicación, por lo que corrían a registrar los mejores y más emocionantes cuanto antes.

Sin embargo, la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos requería como parte del registro, que se presentara un ejemplar impreso del cómic. Como producir un libro de historietas es un proceso prolongado, los editores elaboraban crudos prototipos, usando material sobrante que tuvieran a la mano. Al ser estos ejemplares confeccionados únicamente para cumplir un requisito, y no para ser vendidos, por lo general eran en blanco y negro, las historias estaban a medio terminar y los globos de diálogo estaban en blanco.

Generalmente los tirajes no pasaban de dos: uno para Oficina de Patentes y el otro para archivo. Una vez registrado el proyecto, las copias sobrantes se descartaban, por lo que se les llamó “copias de basurero” (ashcan copies).

Mas, algunas veces se enviaban ciertos de estos prototipos a distribuidores como muestra, y otros se regalaban como souvenirs.

Si bien el propósito de los cómics de basurero era registrar nombres para futuras ediciones, también eran usados para apartar nombres de títulos que no se tenía la menor intención de publicar, únicamente para que no pudieran ser registrados por un competidor.

Con el tiempo, la práctica de hacer copias de basurero se fue abandonando. Aunque originalmente estos prototipos no tenían valor alguno, ahora son ávidamente buscados por los coleccionistas, como piezas únicas de la Era Dorada de los cómics.

Alejandro Alonzo