Frank Gálvez
Locutor y Escritor
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El mundo rebosa de riqueza. Hay oro en la tierra, en los océanos y guardado en bóvedas. Sin embargo, la pobreza persiste, intacta ante la fortuna. El mundo es vasto, con extensas tierras, grandes ciudades y campos que se extienden más allá de la vista. Pero el espacio por sí solo no puede curar la avaricia humana. Vivimos en la era de la información. El conocimiento fluye constantemente a través de nuestros teléfonos, universidades y computadoras. Sin embargo, el saber por sí solo no deslíe el egoísmo. Sobran las teorías —científicas, filosóficas y religiosas—, pero ninguna ha sosegado el dolor de la desesperación. Entonces, ¿qué falta? ¿Cuál es la solución que seguimos pasando por alto?
”Existir es cambiar, cambiar es madurar, madurar es seguir creándose sin cesar“. Henri Bergson
León Tolstoi escribió: “Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. Viktor Frankl, en El hombre en busca de sentido, observó que las personas pueden soportar casi cualquier cosa si tienen un propósito por el cual vivir. James Baldwin nos recordó que “no todo lo que se enfrenta puede cambiarse, pero nada puede cambiarse hasta que se afronta”. Martin Luther King Jr. enseñó que “el odio no puede expulsar el odio; solo el amor puede hacerlo”.
Cada uno apunta a la misma verdad: el verdadero cambio comienza en el interior; una transformación que debe ser más profunda que la riqueza, las posesiones materiales o las teorías ingeniosas, una que afecte directamente nuestra forma de pensar, actuar y de relacionarnos unos a otros. Esta idea sigue vigente hoy en día. Problemas como la envidia, el pesimismo y la ira no son solo problemas sociales, sino que están arraigados en el corazón y la mente humanos. Los sistemas pueden guiarnos, pero no pueden sustituir la necesidad de una metamorfosis interior. Un mundo mejor se edifica con personas que viven de manera diferente y coherente con respecto a sus decisiones, palabras y acciones.
Al final, el futuro no se forjará con el oro ni el poder, sino con la fuerza silenciosa de personas dispuestas a cambiar primero.











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