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OPINIÓN CULTURA

Cocodrilos de amor y odio

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Entre toda la música que quiero escuchar y todo lo que mi radar quiere detectar, a veces pierdo el rastro de bandas que siempre me han gustado. Es como una gula musical que me posee y hace que me tome demasiado tiempo revisitarlas. Cuando finalmente lo hago, me sorprende darme cuenta que en el período que he dejado de oírlas han seguido evolucionando. Entonces, nuestro reencuentro se vuelve algo tan dulce, como la miel de maple en mis waffles.

Justamente eso me pasó con el dúo de Noise Pop y Lo-fi, Crocodiles. Originaria de San Diego, California, Estados Unidos, esta ha sido una de las agrupaciones a las que les he seguido la pista desde que escuché su álbum Summer Of Hate, en 2009. Fue amor instantáneo con ellos. Los sonidos que emanan de los instrumentos de Brandon Welchez y Charles Rowell hicieron que se me despertara una curiosidad insaciable de su música. Y claro está, no podía solamente tenerla en formato digital, debía tenerla en físico. Así que me hice con Sleep Forever y Endless Flowers, para luego llegar a Crimes Of Passion y Boys.

Fue en 2016 cuando lanzaron su último material, titulado Dreamless, pero fue hasta hace poco que lo escuché. No podía creer que se me habían pasado 2 años sin revisitar a la banda. Lo hicieron de nuevo, con un disco diferente, tal vez menos saturado, y con un toque más pop. Es como si hubieran guardado las guitarras en el baúl de su auto buscando un sonido más amplio, sintetizado y controlado por el piano. Aun así, conserva la producción ejemplar de los lanzamientos anteriores, enfocándose más en las teclas y combinando esa instrumentación, que permite que la irreverencia lírica en los temas fluya. Eso es algo del grupo que siempre me ha gustado.

Acercarse a la música de Crocodiles es como llegar a un santuario de crías de cocodrilo y dejarse engañar por su tamaño, pensando que son igual de inofensivos que un cachorrito. Es aproximar nuestra mano a sus fauces cual domador de reptiles, y justo cuando pensamos retirarla a escasos centímetros de la afilada hilera de dientes, nuestros dedos son apresados con fuerza. El pinchazo de dolor hace que todo nuestro cuerpo tiemble, mientras nuestra cabeza procesa el shock. Pero, les aseguro, que a la vez que apretamos la herida, nuestros pies no dejarán de bailar en un charco de sangre, gracias a este dúo con escamas.

Para escuchar: Gimme Some Annihilation, Mirrors, I Wanna Kill, I’m Sick, Electric Death Song, Neon Jesus, Virgin y My Surfing Lucifier.

Álvaro Sánchez
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ARTES

Jar of Flies: a 25 años del alarido silencioso

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Aprender a vivir con la culpa día y noche es cuestión de católicos y evangélicos, pero para adictos a la heroína la cosa cambia tanto que se puede saborear el asfalto. Respirar con una punzante y compulsiva manía de rascar y escarbar la herida de la aguja con tal de borrarla es la premisa del Jar Of Flies. El álbum de Alice in Chains (AIC) cumplió 25 años el 24 de enero. 

Jerry Cantrell, Layne Staley y Sean Kinney decidieron despedir al bajista Mike Star por su fuerte consumo de drogas. Mike Inez se convirtió en la columna vertebral de cada una de las canciones, Kinney apostó por tocar aplicado y sigiloso, Cantrell expandió su sonido y Staley su voz doliente y desgarradora. 

AIC quería grabar otro álbum acústico. Con Sap, un compilado de cinco temas, habían tenido mucha notoriedad en el underground de Seattle. Después del éxito comercial de Dirt, estaban ansiosos por hacer otro experimento. Jar of Flies se transformó en el nombre del disco: “Es un experimento de infancia de meter muchas moscas a un jarrón y ver cómo mueren, mientras que pocas moscas encerradas logran sobrevivir”, decía Cantrell ante la interrogante. 

Como sea, el material tiene siete canciones y cuatro son sencillos importantísimos dentro de la carrera de AIC. Su éxito fue inmediato, su robustez inconmensurable. Jar of Flies es intenso, es la crónica del adicto a la heroína que se queda atrás. Duele por su inmensa tristeza y su belleza sonora. Golpea más por lo que no se dice. Es el abismo que habita entre la lágrima, el dolor y el silencio. Luego de morder el fruto prohibido, la caída del paraíso; y por el fruto prohibido me refiero a la droga y al infierno que sigue.

Rotten Apple parece un despertar luego de la mayor euforia. La culpa entra como fantasma lacerante, es descubrirse sensible. Otras puertas se abren en la mente, es la tentación entre lo glorioso y lo maldito; procrastinar hasta el infinito mientras nuevas situaciones te apoderan, el escape perfecto. Todo esto en una balada que encamina al abismo. 

Nutshell es la pelea en solitario desde una defensa funeraria. En verdad, conmueve. Staley acepta la muerte. Los acordes de Cantrell entre blues se oyen como cortes de bisturí. I Stay Away fue la primera colaboración de Inez con la banda. En mi opinión, la mejor canción del disco. Es épica y potente, un feroz huracán.

No excuses es un rompimiento entre la amistad de Cantrell y Staley. La batalla de Staley y su adicción a la heroína. Una historia que nos mete a la mente de Layne. Whale & Wasp es una joya instrumental, y es mejor escucharla que perderse en mi palabrería.

Don’t Follow es un viaje a la nostalgia por el hogar roto por la adicción. Es el último deseo de un agonizante, entre el blues y una armónica de tardes soleadas en la colonia o el barrio. Swing On This es un rechazo total al hogar seguro, luego de la sobredosis el ego indestructible. El compás es pegajoso y muy afuera del grunge como género.

Jar of Flies es una obra de arte brutal, feroz y envolvente. Si vamos a adicción, este es el disco que te esclaviza a la banda. Esta perla se grabó en una semana, y es difícil de creer que su impacto aún tenga tanta resonancia en el presente, y así seguirá, por mucho tiempo. 

Allan Martínez
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ARTES

AMORES DE HISTORIETA

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No todo son aventuras y superpoderes en el cómic. Los personajes no solo son vulnerables a la kriptonita sino también a las flechas de Cupido. Y, como mañana es el Día de San Valentín, hoy haré una breve lista de romances notables en estos títulos. Sus historias nos inspiran a creer en el poder del amor, y nos dan ejemplos a seguir para enamorar a nuestros seres amados, aunque estos hayan sido clonados, poseídos por fuerzas del mal, suplantados por androides o se encuentren enfurecidos porque
olvidamos su cumpleaños. 

Lois Lane y Superman: es uno de los romances más duraderos de la historia del cómic y es la plantilla para el romance super- heróico. La necesidad de salvaguardar la identidad secreta del héroe invariablemente ha complicado la relación, pero se han mantenido juntos. El hecho de que después de salir con sirenas, extraterrestres y amazonas Superman elija quedarse con una humana, habla mucho de Lois, una reportera irrefrenable en su búsqueda de la verdad.  

Mallah y el Cerebro: en los cómics pasan cosas muy inusuales, como el romance entre una gorila francesa hiperinteligente y un cerebro incorpóreo contenido en un frasco con forma de cráneo. Un amor colosal que no pudo ser expresado físicamente hasta que pudieron pasar la conciencia de Cerebro  a un cuerpo robótico. Trágicamente, fue poco antes de que una explosión masiva cortara su amor de cuajo.

Apollo y Midnighter: una de las más prominentes parejas gay de la historia reciente está compuesta por versiones alternativas de Superman y Batman, creadas por Warren Ellis para The Authority (1999). A pesar de su estilo de vida superpoderoso y violento, este matrimonio casi no ha tenido complicaciones, a diferencia de todas las relaciones de Bruce Wayne. 

Ben Grimm y Alicia Masters: creada por el dúo dinámico de Jack Kirby  y Stan Lee, esta unión maneja simbolismos muy fuertes. La Mole (Grimm) era un héroe superpoderoso condenado a llevar una vida solitaria debido a su pétrea apariencia, hasta que conoció a Alicia, una escultora que, aunque ciega, es capaz de “verlo” gracias a su sensible tacto. La idea de una escultora y un hombre hecho de roca es conmovedora, y es una bella metáfora acerca de mirar más allá de la superficie. 

Big Barda y Mr. Miracle: si pudiéramos resumir esta relación en una frase, sería sobre la fuerza del amor. Barda era la mejor soldado de Darkseid, y vivía en un planeta donde todos sus habitantes compiten entre sí constantemente. Pero no le importó dejarlo todo atrás con tal de ayudar a Scott Free a escapar de Apokolips. A su vez, el cariño de Scott le permitió crecer y transformarse en una persona capaz de experimentar y expresar sentimientos que nunca antes había sentido. 

Alejandro Alonzo
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ARTES

Combo perfecto

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Agradezco cuando en la música dos de tus artistas favoritos unen fuerzas para producir material en complicidad. Sobre todo si se habla de una leyenda como Anton Newcombe, músico americano y cerebro detrás de la legendaria banda The Brian Jonestown Massacre. Con senda trayectoria, es un artista que no necesita ninguna presentación. 

En esta ocasión, Newcombe vuelve a unir fuerzas con la talentosa compositora canadiense Tess Parks, también con un reco-
rrido bastante exquisito. No es primera vez que este par de luminarias se reúne para crear. Antes de este nuevo trabajo, que lleva por nombre simplemente Tess Parks & Anton Newcombe, habían grabado el disco I Declare Nothing. El álbum generó buena crítica que celebraba, sobre todo, la voz de Parks junto a los sonidos hipnóticos de las melodías de Newcombe. 

Sin duda, puedo decir que la voz de Tess era lo que necesitaba Newcombe para que su música fuera perfecta. Escucharla se siente como si cayera en una especie de viaje astral, en horas de la madrugada, del cual uno no quiere despertar jamás, convirtiéndose en una versión delicada de The Brian Jonestown Massacre. 

En este nuevo material la fórmula no dista de ser la misma, lo que no tiene nada de malo, ya que funciona muy bien. Es solo que sucede que se siente mejor y más madura. Como si estos compañeros de crimen finalmente encontraron por dónde es la cosa, por dónde es que nos quieren llevar. 

He sido fan de ambos desde hace mucho tiempo, sobre todo de Anton Newcombe y sus proyectos musicales. Este disco refuerza mi teoría acerca del poder creativo de los músicos, al producir su trabajo de forma un poco más independiente. Les prometo que sé de lo que hablo, pero cuando de música se trata, adquiere características invaluables. Sabemos que lo que escuchamos es diferente, como si viniera de otra dimensión, lejos de toda manufactura hecha para complacer a una masa que no tiene idea de lo que escucha. O, más bien, que jamás la ha tenido. 

Claro está que al final cada quien disfruta de lo que se le dé la gana. Digamos que la democracia aplica hasta en la música. Sin embargo, escuchar proyectos como estos, refrescantes y en los que los músicos no dejan a un lado el arte, hace que lo que escucho, a veces por curiosidad, en la radio y los top 50 locales de Deezer y Spotify se convierta en un ejercicio de puro masoquismo.

Para Escuchar: Bindle, Mount Pleasant y Talking About The Weather.

Álvaro Sánchez
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Gobierno de Guatemala

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