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COLUMNAS

Centenario de la primera Ley de cooperativas (Ley 4058) (I)

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El 30 de septiembre de 1924 se publicó en el Diario Oficial chileno la Ley 4058, sobre sociedades cooperativas, la primera dedicada a esta figura en Chile. Ella formaba parte de un conjunto de siete leyes que fueron aprobadas en la sesión del Senado del 8 al 9 de septiembre de ese año, tras el “ruido de sables” de un grupo de jóvenes oficiales del Ejército en respaldo de la agenda social del presidente Arturo Alessandri Palma que el Congreso dilataba.

Concluía así el reconocimiento a una forma de organización que tenía ya una consolidada figuración internacional y que también en el país contaba con presencia desde hacía casi cuatro décadas, usando los tipos societarios existentes.

La primera cooperativa moderna se constituyó en Rochdale, al norte de Inglaterra. En esa localidad, un grupo de 28 artesanos textiles decidió impulsar un cambio respecto del modelo imperante: los consumidores debían ser tratados manera honesta, con transparencia y respeto, reconociéndoseles la posibilidad de participar de los beneficios según su contribución y con el derecho de tomar parte en las decisiones del negocio. Bajo estas ideas, el 24 de octubre de 1844 dieron vida a una cooperativa de consumo, la primera en distribuir entre sus socios los excedentes generados.

Con el nombre de Sociedad Equitativa de los Pioneros de Rochdale y venta al contado, ella sentó las fases del movimiento cooperativo internacional que medio siglo después daría lugar a la Alianza Cooperativa Internacional y permanece hasta hoy. La sociedad funcionó de manera independiente, aunque con cambios de nombre, hasta 1991. Ese año fue transferida a United Co-operatives y, en 2007, esta última pasó a ser parte de The Co-operative Group.

Constituida en 1895 en un congreso celebrado en Londres, la Alianza Cooperativa Internacional se ha preocupado por definir la identidad cooperativa. Esto supuso fijar los criterios establecidos en los estatutos de los Pioneros de Rochadle como principios cooperativos.

Ellos son la libre adhesión y el libre retiro, el control democrático por los socios, su participación económica, la autonomía e independencia de entidad, la educación, capacitación e información cooperativa, la cooperación entre cooperativas, y el interés por la comunidad.


Continuará…

Colaborador DCA
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COLUMNAS

¿Por qué los demócratas no reemplazan a Biden? (II)

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Estrategas comunicacionales de ese partido dicen “por interno” que todas las otras alternativas son más violentas, por ejemplo, que los delegados que deben concretar el acto formal de la nominación rechacen al Presidente y opten por otra persona. Es que, en el modelo democrático representativo indirecto de Estados Unidos, los candidatos que ganan la primaria de un Estado ganan también el derecho de elegir a los delegados de ese territorio, y esos delegados son los que en agosto lo nominan. En otras palabras, los elegidos tendrían que “traicionar” a Biden y no elegirle.

Que ocurra, sería un caso raro, porque luce horrible, las tradiciones pesan mucho y no hay seguridad de que todos sigan esa instrucción. ¿Por qué, si siempre fue tan evidente el deterioro de Biden por su avanzada edad, los demócratas esperaron hasta este punto? No es que se hayan dado cuenta el jueves del problema. Como he dicho, las tradiciones pesan mucho en Estados Unidos y el derecho de un Presidente a tener un segundo periodo es una cuestión difícil de discutir. Se da por hecho. Sin embargo, no hay que ser ingenuos, no es casual que el debate del jueves haya tenido condiciones especiales.

Por ejemplo, que se realizara dos meses antes de lo que usual, sin siquiera haber hecho el acto de nominación. Me inclino a pensar que fue pensado como parte de un plan mayor que podría resumir así: si Biden lo hace bien, seguimos con todo. Si no da el ancho, buscamos una alternativa de cara a la convención de agosto. Aunque no fuera así, se dio de esa manera y a esta hora los estrategas del Partido Demócrata se quiebran la cabeza buscando opciones. Titubear no es posible. Es todo o nada.

Colaborador DCA
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COLUMNAS

¿Se podráconducir un carro con la mente?

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El novedoso implante cerebral de Elon Musk hizo saltar todas las alarmas, cuando el 29 de enero publicó en X el éxito de su primera intervención quirúrgica implantando un dispositivo cerebral en un humano.

Este desarrollo, llevado a cabo por su start-up Neurolink, es un nuevo paso hacia la posibilidad de que algún día todos podamos estar conectados mentalmente e interaccionar con cualquier dispositivo. Tras la publicación de Musk, hubo cierta intranquilidad por la posibilidad de que nuestros pensamientos fueran leídos. Empezaron a surgir dudas de si en el futuro el ser humano podrá o no llevar a cabo tareas como conducir un coche con la mente.

De hecho, al mes siguiente, en España, durante una sesión a puerta cerrada en la oficina de ciencias y tecnología del Congreso de los Diputados, un comité de expertos trató la disrupción de las neurotecnologías. El principal desafío era garantizar la privacidad mental. Sin embargo, pienso que para responder si podremos o no conducir un coche con nuestros pensamientos y, por tanto, poder considerar su viabilidad, es necesario explicar qué implica esa conexión.

Para empezar, existe una cierta confusión al encontrar afinidades entre el cerebro humano y las máquinas. En ocasiones, simplificamos la comparación y asociamos las 86 mil millones neuronas que se estima que tiene el cerebro con los 134 mil millones de transistores que tiene, por ejemplo, un microprocesador. Comparaciones de este tipo nos llevan a creer que se entiende cómo funciona el cerebro o que podemos medir los pensamientos.

Sin embargo, estas afirmaciones resultan engañosas mientras que no se fundamente cuál es la base física de la mente. El cerebro es un órgano que se puede examinar, pero la mente no se puede ver ni tocar. A través de señales cerebrales, podemos detectar ciertos deseos o intereses de la persona a la que monitorizamos. Por ejemplo, somos capaces a día de hoy de identificar si una persona desea girar a la derecha o a la izquierda, avanzar o frenar.

Pero el salto a la conducción de un automóvil parece inalcanzable en este momento. Para poner en perspectiva a lo que me refiero, propongo una analogía con el descubrimiento de la estructura del ADN de James Watson y Francis Crick, en 1953. Antes de su descubrimiento, conocido como “la doble hélice”, no se sabía nada sobre el ADN. Solo que había una cierta transmisión de padres a hijos y que estos se parecían a sus progenitores. Se desconocía cómo o por qué sucedía, pero se observaba una realidad que lo soportaba: de un padre y una madre de raza blanca, no nacía un niño de raza negra.

En la actualidad, gracias a este descubrimiento, quien quiere conocer cómo se produce esta herencia puede agarrarse a una realidad física, cuantificable, medible y observable. Se ha fundamentado que el ser humano queda expresado mediante 3 mil millones de moléculas llamadas nucleótidos, cada una compuesta por cuatro posibles letras (A, C, G y T). Desde que se describió la doble hélice hasta hoy, un número incalculable de personas se han esforzado por relacionar las cuatro. Y las relaciones que se tratan de realizar son, prácticamente, cualquier cosa que se nos pueda ocurrir. Divagar sobre las posibilidades que se dibujan al conocer el ADN de las personas deja de ser algo más que una historia de ciencia ficción. Sin embargo, un descubrimiento así no se ha dado todavía en el cerebro.

La ciencia ha encontrado múltiples relaciones observables entre el cerebro y la mente, pero no existe una explicación definitiva que pueda ponernos en movimiento. No hay una descripción física de la memoria, aunque hay evidencias de que la memoria tiene un soporte físico.

Cuando el cerebro se deteriora una persona puede llegar a olvidar su nombre, a perder su identidad. Pero, ¿cuál es ese soporte físico? Mientras no se descubra un fundamento como el que sucedió con la genética, no debería de preocuparnos que puedan leerse nuestros pensamientos. Y, por tanto, las especulaciones y expectativas sobre el cerebro deberán de ser muy contenidas.

Colaborador DCA
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COLUMNAS

Canta, Pepo, canta

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Ignacio Uría
Revista Nuestro Tiempo

Pepo ha muerto, y eso que era argentino y vivía en Rafaela, una población de la Pampa a quinientos kilómetros de Buenos Aires. Es decir, en la misma nada. Al final de su vida, todo le sonreía: tenía casa propia y el sustento garantizado. Además, el clima en Rafaela era magnífico para sus plumas, tan verdes y brillantes que parecían pintadas.

Por cierto, he olvidado decir que Pepo era un loro, el loro más célebre de su árbol (genealógico). Saltó a la fama hace unos años y ahora que ha fallecido merece la pena recordar su historia. Ocurrió en 2007, cuando sus dueños, los Machado, descubrieron que la percha de Pepo estaba vacía. Toda la familia se puso a buscarlo de inmediato. Sin embargo, nada de nada. Ni una pluma olvidada, ni una huella parcial. La búsqueda continuó y, en la desesperación, la tía Cheché afirmó que aquello se trataba de un secuestro.

Todos descartaron la idea, pero llenaron el barrio con carteles que decían: “Se busca loro desaparecido misteriosamente. Quizá raptado. Pájaro de pocas palabras y vuelo corto. Se gratificará”. Pasaron las semanas y el infame volátil seguía viviendo la vida loca… hasta que un buen día recibieron una llamada anónima: “Pepo vive. Lo tienen los Vega en Mitre. ¿Qué hay de lo mío?”. Los hijos de los Machado batieron la avenida y al final descubrieron al loro en un balcón de la torre más alta de la calle. Se trataba de Pepo aunque había algo raro porque se estaba poniendo morado de chocolate. Los chicos llamaron a la puerta y reclamaron al pájaro que, como buena trepadora, había mejorado de barrio.

Los secuestradores tenían una terraza amplia y aireada, y encima le habían puesto un columpio, así que el doble de Pepo vivía como un ave del paraíso. Para más escarnio, los Vega dijeron que llevaba mucho tiempo con ellos y que se llamaba Borges por su mirada infinita.

Ahí mismo comenzaron los gritos y los insultos. Los Machado se lanzaron por el animal, que volaba asustado de cortina en cortina, mientras los Vega agredían a los invasores con una escoba. Pepo no pudo identificar a sus dueños, así que medió la policía, alertada de un caso de violencia doméstica. Los Machado, indignados, presentaron una denuncia por robo, lo que provocó la retención del loro en comisaría hasta que todo se aclarara.

Cinco días estuvo el pobre Pepo en el cuartelillo mientras las partes presentaban pruebas de su propiedad. Los Machado señalaron que sabía cantar el himno del San Lorenzo de Almagro, mientras que los Vega (que encima eran de Huracán) decían que ellos le habían enseñado a cantar Zapatos rotos. La policía inició entonces unos interrogatorios interminables y hasta metieron un gato en la sala a ver si el loro cantaba. El pájaro, agotado por las preguntas y la mala calidad del alpiste, terminó por llamar varias veces a Jorge, en alusión a Jorge Machado. El misterio estaba resuelto.

El pasado diciembre, Pepo estiró la pata. Lo hizo sin alboroto, alejado para siempre del glamour de sus días dorados, cuando la prensa se fijó en su historia. Sin embargo, murió con la alegría de haber visto de reojo el último título del San Lorenzo, la Supercopa argentina, cuando le metieron 4-0 a “los pelotudos de Boca”. El San Lorenzo, que no se había olvidado de él, mandó un telegrama de condolencia: “Lamentamos muerte de Pepo, seguidor de altos vuelos y gran intérprete de nuestro himno. DEP”.

Colaborador DCA
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