Bendito sea tu nombre

Hace 17 años mi abuela materna emprendió el ignoto camino hacia la eternidad, abriéndose paso entre las constelaciones que conforman los entornos de la bóveda celestial, alcanzando el espíritu y la luz divina que dieron origen a la vida misma. Así la consecución de una verdadera paz y un descanso más que merecido. El 14 de junio de 2001 a las 19:00, la muerte se llevó a mi nana, quien sin padecer de alguna enfermedad, pacientemente la aguardaba. Como quien espera a una amiga para conversar de lo quedado atrás de lo vivido, en el largo o corto trayecto hacia la nada, no lo sé.  Más de nueve décadas de existencia sobre la faz de la tierra le fueron concedidas por el Supremo Creador. Yo alcanzo a recordar su enorme fortaleza para enfrentar cualquier vicisitud presentada en los recovecos de la vida. Su derroche de humildad y entereza para tenderle la mano y proporcionar un consejo a quien en su momento lo necesitara o bien quisiera escuchar.

Cómo no recordar la ternura que irradiaba su rostro al ver y dialogar con quienes tuvimos el honor y dicha de formar parte de su familia terrenal. Su sonrisa de bienvenida que iluminaba los rincones de la casa en la cual crecí, aliviando el trajín cotidiano. Extraño el olor y el sabor de los alimentos que con esmero y dedicación preparaba y convidaba. A veces me detengo en el tiempo para sentirla, para pensarla, para añorarla, y me retrotraigo a mi niñez y juventud. Cuando su delantal era mi constante refugio a las travesuras cometidas y a los posteriores regaños. Echo de menos esas charlas acerca de sus vivencias en el campo. De aquellos tiempos en los que ella creció y se forjó, porque sin saberlo me daba grandes lecciones de historia y filosofía. No digamos su inquebrantable religiosidad y comunión con el omnipotente. Añoro sus sabios consejos para contrarrestar o anticiparse a los acontecimientos por más dolorosos que estos fueran; más vale un rato colorado que cien descoloridos, me decía.

Todo tiene remedio, menos la muerte. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. El que no escucha consejos no llega a viejo. Has bien y no mires a quien, entre otros. Anhelo escuchar aquel centenar de refranes cargados de verdades con los que maduré como persona, haciéndolos parte de mi existencia y valorándolos cada momento más. Pareciera que la juventud actual ignora esas normas de vida. Hay tantos pensamientos y recuerdos que se agolpan en la memoria al evocar a las personas amadas que dejaron inmensas huellas en las páginas de nuestra vida, al tiempo de aleccionarnos para cuando llegue el momento del que muchos evitan hablar por temor a lo desconocido.Morir es como dormir. La muerte es hermana del sueño. El sueño es una muerte corta. La muerte es un sueño largo”, dice la reflexión de un anónimo. Lo cierto del caso, es que caí en los dédalos del pasado y no pude evitar deslizarme en los recuerdos, y entre ellos estás tu mamá pepita. Bendito sea tú nombre, Josefa Irungaray Azurdia, y mil gracias por tus enseñanzas, que no mueren. Y como dijo el poeta mexicano Manuel Gutiérrez Nájera: “Quiero morir cuando decline el día, en alta mar y con la cara al cielo, donde parezca sueño la agonía y el alma un ave que remonta el vuelo” ¡Hasta pronto viejita!

Fernando Lucero