Desde muy pequeños hay que poner a los hijos en situaciones de dar.
Es muy frecuente que los hijos tengan, de hecho, un solo deber: estudiar. En algunos casos, siguiendo el criterio de sus padres:
“Hijo, lo único que te pedimos es que nos traigas buenas calificaciones. De todo lo demás ya nos ocupamos nosotros. No queremos que te distraigas del estudio ayudando en casa”.
En otros casos contra el criterio paterno: “No me digas que soy cómodo o egoísta porque me dedique solo a estudiar. ¿Quiéres que deje de ser el primero de la clase?”
La decisión a adoptar estará en función de las circunstancias de cada caso (edad, madurez, capacidad y rendimiento), pero sin olvidar un principio básico: la familia y la casa no es solo de los padres, es también de los hijos, que deben estar abiertos a la solidaridad que se espera de todos los miembros de esa comunidad.
La familia es como un carro del que tienen que tirar todos sus componentes. A los padres les corresponde ir delante del carro, pero los hijos no pueden viajar cómodamente sentados; de ellos se espera que empujen desde atrás.
La polarización de los hijos en el estudio dificulta que sean buenos hijos y que se preparen para la vida. Por eso no deben limitarse a recibir. Desde pequeños hay que ponerlos en situaciones de dar. Cuando no se hace eso se suele crear una mentalidad que actualmente está muy extendida: la de que todos los derechos son de los hijos, y todos los deberes son de los padres.
Los hijos deben ser conscientes de la relación natural que les une a sus padres (filiación) y a sus hermanos (fraternidad), y que esa relación exige corresponder a lo recibido y agradecerlo con hechos, que son deberes filiales.
Los padres son los progenitores, buscan, ante todo, el bien de sus hijos, su felicidad. Prolongan la vida dada a los hijos, tanto con alimentos materiales, como espirituales. Su responsabilidad educadora es una dimensión de su paternidad.
Para mantener y educar a sus hijos los padres trabajan y se sacrifican. Los hijos (según su edad y capacidad), deben corresponder ayudándoles en algún trabajo del hogar, evitando la sobrecarga.
Si se espera a la edad adolescente para pedirles esa colaboración, lo más probable es que no lo entiendan. Por eso hay que empezar, en la segunda infancia.











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