José Anthony Perebal Yax es un jurista en formación y custodio de 34 manuscritos, se define como “antropólogo de sí mismo”. Desde Quetzaltenango excava en la arqueología del espíritu, donde el Olimpo griego y el Inframundo maya se revelan como dos nombres de una misma oscuridad fértil.
Su escritura lleva en la tinta el peso de un linaje. Detrás de cada verso hay manos que moldearon barro y que domaron la montaña cafetalera.
Desde Xela, el escritor nos abre, por primera vez, las puertas de ese mundo propio.
¿Escribe para rescatar memoria?
Escribo, más bien, desde un privilegio histórico: en la genealogía de ambos lados, materno y paterno, no hubo alguien dedicado a las artes, aunque sí familiares vinculados a la carpintería, marmolería o el cafetal. Oficios que, aunque no se consideren canónicamente arte, para mí lo son.
La influencia de mis abuelos mayas k’iche’, con quienes aprendí el cafetal, el maizal, el poyo, las tortillas calientes, los caldos de hierba y el temascal, genera un sincretismo entre la cultura griega y la maya. La palabra escrita se convierte en un códice personal, y simbólicamente me vuelvo su antropólogo, porque la poesía es arqueología de uno mismo.
¿Guardián de palabras o náufrago que las libera?
La poética de crear, como fuente que desemboca en un río, se encuentra en un poema de Vicente García-Huidobro, cuando escribió: “Que el verso sea como una llave / que abra mil puertas”. Yo me reconozco como esa puerta con mil candados, siempre disponible a la oda. En ese sentido, necesito volverme constructor y destructor de mí mismo.
¿A qué suena el silencio en sus poemas?
La lírica Ciudad mía: Mi ciudad plateada recoge elementos paisajísticos y románticos —al citar a Gustavo Adolfo Bécquer—, y establece una relación de amor inmortal que resalta la historia de la ciudad de las bellas artes. Es un honor y un privilegio expresarlo en versos, y aún más que haya sido traducido al sistema Braille.
¿Es el derecho su justicia poética?
A lo largo de la historia, varios poetas: Octavio Paz, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia, cuyos versos admiro, fueron también estudiosos de las ciencias jurídicas.
Si debiera quemar sus libros y quedarse con uno, ¿cuál dejaría?
El que contiene el verso: “Nos encontramos al perdernos...”. La vida me ha enseñado aquel refrán: “No se sabe lo que se tiene hasta que se pierde”.











Deja un comentario