“Guatemala está a la vuelta de la esquina. Estamos al final del principio. Lo que el Seco no dijo: los frijoles, los amigos, los recuerdos y la dicha de empezar de nuevo”. Así definió Ricardo Arjona su regreso a casa, justo antes de iniciar su primera residencia artística esta semana.
El cantautor revivió una tradición familiar rumbo a la carretera: la parada obligada en el pueblo de su señora madre para disfrutar “frijolitos y carne asada”. El ritual culinario, que años después repitió junto a sus hijos y padres tiene un nombre: Restaurante Mariela 1, ubicado en Agua Salóbrega, Sanarate, El Progreso.
La publicación de este recuerdo por parte del artista generó una reacción instantánea y conmovedora, como el comentario de Marie Herrera: “Gracias por este gran regalo para mi familia, yo soy la niña que sale en esa foto”.
Memoria entre amigos
El rincón de otro encuentro fue El Portalito con los excompañeros de la Universidad de San Carlos de Guatemala. “El premio Nobel guatemalteco, Miguel Ángel Asturias, se inspiró desde este bar para escribir la obra que lo llevó al galardón, El señor Presidente”, rememoró.

La tertulia se convirtió en un caudal de recuerdos universitarios: la música que los acompañaba, los chistes, y la ingeniosa logística para llegar a casa. Recordó con afecto los “jalones”, dejándolo en un punto para tomar un “ruletero”. De hecho, expresó su anhelo de subirse a uno, idea que sus amigos desestimaron porque ya no existen.
Siempre felices y ocupados
“Con los pies bien puestos en la tierra, aunque a veces la memoria se despista. Pero siempre hay un buen samaritano que te la devuelve”, expresó el artista. Como aquel conductor en La Antigua Guatemala que, sin saberlo, le dio, según Arjona, una “mentada de madre”. El intérprete lo tomó con humor, al reconocer el error en la vía.
Del aula a los escenarios
Cuatro décadas se desvanecieron cuando el maestro, ahora aclamado músico, cruzó de nuevo el umbral de la Escuela Oficial Urbana Mixta Santa Elena III, zona 18. El aula, testigo mudo de sus inicios como joven educador, se convirtió en un escenario de reencuentro.
Allí estaban sus antiguos alumnos, con el rostro marcado por el tiempo, pero la mirada llena de la chispa que él encendió. De frente, los abrazos se multiplicaron, cada uno con el peso de 40 años de historias no contadas. La emoción se desbordó como melodía largamente esperada entre lecciones.












Deja un comentario