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Adolescencia

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Gran parte del interés que ha generado proviene de ese mundo paralelo que existe en las redes sociales, un ámbito con una serie de códigos indescifrables para los adultos y que puede terminar teniendo consecuencias fatales, como se muestra en este caso.

Durante las últimas dos semanas, la miniserie Adolescencia ha tenido un éxito inesperado, no solo por su temática, sino también por su realización. Sin ánimo de hacer espóileres, me limito a decir que la trama gira en torno a la detención de un joven de 13 años acusado de haber asesinado a una compañera de colegio, con todas las implicancias que esto tiene para el acusado, la escuela y su familia.

Parte de su éxito radica en que la mayoría de quienes la hemos visto, lo hacemos porque tenemos acceso a Netflix, disfrutando desde la comodidad del hogar y bajo un estilo de vida que busca tener todo bajo control: desde el número de hijos, para ofrecerles un estándar adecuado, hasta el tipo de relaciones y amistades que creemos que deben tener. Además, interpela nuestro estilo de crianza: si hemos sido buenos padres o no, y si estamos logrando, con nuestra manera de educar, hacer de ellos buenas personas.

Por otro lado, gran parte del interés que ha generado proviene de ese mundo paralelo que existe en las redes sociales, un ámbito con una serie de códigos indescifrables para los adultos y que puede terminar teniendo consecuencias fatales, como se muestra en este caso.

No obstante, resulta necesario analizar el tema desde una perspectiva histórica. Hace algunas décadas no existían las redes sociales, pero tampoco el interés de los padres por controlar cada detalle de la vida de sus hijos. La dinámica entre nuestros padres y abuelos no difería mucho de lo que hoy ocurre con las redes sociales, en el sentido de que no se sabía qué pasaba en la escuela ni fuera de ella. En ese mundo, el acoso era aceptado como parte de la rutina escolar. Situaciones que antes eran vistas como naturales, como un apodo, una zancadilla o un manteo, hoy son condenables, porque somos conscientes del daño que pueden provocar.

A pesar de que el tema no es nuevo, en Inglaterra han surgido iniciativas que promueven la incorporación de la serie en los currículos escolares, para que los niños tomen conciencia del impacto del acoso. Es probable que surjan propuestas similares en países como Chile. No obstante, mientras en el primer mundo el problema es la relación de los adolescentes con sus pares, en nuestro país, la realidad es mucho menos alentadora: muchos de ellos son secuestrados por el narcotráfico, forman parte de bandas criminales que realizan portonazos, y lo peor es que, antes de buscar formas para sacarlos de ese camino, en tiempos de elecciones, surgen soluciones facilistas, como promover que terminen en la cárcel, donde no existen ni las más mínimas condiciones para su
reinserción.

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