Ezequiel Spector
Doctor en Filosofía Jurídica
La semana pasada se cumplieron 250 años de la publicación de La riqueza de las naciones de Adam Smith, uno de los libros más influyentes de la historia del pensamiento económico. Con frecuencia se lo recuerda como el autor que habría defendido el egoísmo como motor de la vida económica, en gran parte por su célebre observación de que no esperamos nuestra cena de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero, sino de su propio interés económico.
A partir de esa frase, Smith quedó asociado a la idea de que las sociedades prosperan cuando cada uno persigue únicamente su propio beneficio, entendiendo este razonamiento como una apología del egoísmo.
Una lectura más cuidadosa de su obra, sin embargo, arroja conclusiones éticamente más atractivas. Al describir la típica dinámica de mercado, Smith no alude a su propio interés, sino al interés del carnicero, el cervecero o el panadero. Para obtener lo que queremos de ellos, debemos apelar a lo que desean debemos ponernos en sus zapatos, comprender sus preferencias y necesidades, y ofrecerles algo que tenga valor para ellos.
El intercambio, entonces, no consiste simplemente en perseguir el beneficio propio, sino en aprender a leer el beneficio ajeno. Contra la caricatura habitual, en el corazón de la sociedad de mercado no está el egoísmo, sino la capacidad de reconocer y atender los deseos de los demás.
La sociedad de mercado funciona cuando las personas buscan persuadir a otros de que lo que ofrecen tiene valor.
En otras palabras, lo éticamente interesante de la obra de Smith no es que en una economía de mercado podemos perseguir nuestros intereses, sino que, para poder progresar, necesitamos considerar los intereses de otros. Requiere personas que tengan la humildad de aceptar que el mundo no gira a su alrededor que si desean algo de otro no pueden coaccionarlo para obtenerlo, sino que deben convencerlo ofreciéndole algo que desea.
Ello implica reconocer al otro como un ser con dignidad alguien con derecho a decir “no”.
Pero Smith también sabía que esa lógica podía deteriorarse. La sociedad de mercado funciona cuando las personas buscan persuadir a otros de que lo que ofrecen tiene valor. El problema aparece cuando algunos dejan de buscar consumidores y empiezan a buscar el favor del poder político.
Particularmente, a Smith le preocupaba que la economía de mercado se deteriorara y deviniera lo que hoy muchos llaman “neoliberalismo”. Smith fue un defensor del libre comercio, pero no de las grandes empresas.
Pensaba que las grandes empresas favorecían los subsidios y las protecciones, no el libre mercado. Los contactos políticos entre las grandes empresas y un gobierno con amplias facultades para intervenir en la economía conducen a grandes subsidios, prácticas de licencias de monopolio y aranceles.
Estas políticas siempre son presentadas como protección a las clases media y baja, pero su verdadero propósito casi siempre es transferir riqueza de ciudadanos comunes a grupos poderosos de interés, sostenía Smith.
Para Smith, en suma, el funcionamiento saludable de la sociedad requiere reglas claras y un gobierno lo suficientemente limitado como para no convertirse en instrumento de intereses particulares. Cuando el poder político es demasiado amplio o demasiado permeable a la influencia de grupos organizados, aparecen subsidios, monopolios y barreras comerciales que distorsionan la dinámica del comercio.
A 250 años de su publicación, el mensaje de Smith sigue siendo sorprendentemente actual la prosperidad de una sociedad no depende de liberar el egoísmo, sino de construir un orden donde nadie pueda imponer su voluntad y donde, para progresar, cada uno deba aprender a servir a los demás.











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