¿No es, acaso, suficiente, la plaza?

En absoluto, y es más, si persiste como gallina sin cabeza, puede no sólo ser insuficiente sino, incluso, convertirse –intrascendente como entonces resultaría ser– en otra parte del paisaje e, incluso, más grave aún, en el útil instrumento de fines que no busca,

La plaza, como juguete sabatino, puede quedarse en eso, en un juguete si no se propone claro y contundente lo que busca y es firme su decisión por alcanzarlo.

¿Que renuncie el Presidente? ¿Para qué? ¿Para que tome su lugar el Vice Presidente y que, a propuesta suya, elija el Congreso a otro Vice Presidente?

Así, ya ¿solucionado todo? ¿Para que renuncien ambos y el Congreso elija no sólo Vicepresidente, sino Presidente y Vicepresidente?

¿Para que, siguiendo como íbamos, más despacio, el Vicepresidente que se habría convertido en Presidente también renuncie y suba el Vice Presidente electo por el Congreso quien, a su vez propondría una terna para el Congreso elija otro Vice?

¿Para que, en vez de renunciar, se les procese, previo antejuicio declarado con lugar por el Congreso y se les suspenda de sus cargos hasta llegar a removerlos?

¿Para que renuncien todos los diputados y les sustituyan los suplentes? ¿Para que no renuncien todos sino tan solo la inmensa mayoría? ¿Para que se procese a todos –o a casi todos– y se les remueva y suban los suplentes y reemplacen a los removidos? ¿Quiénes, los suplentes?

Si el elector no sabe ni siquiera quién es SU diputado, menos sabrá quiénes los suplentes?

¿La plaza, para que tampoco estos asuman? ¿Para que haga la Plaza las veces de Congreso y de Gobierno? ¿Por qué no, también de tribunal?

¿La plaza para que un vivo o varios vivos se aprovechen y se hagan del poder?

¿Para que algún militar –militar de nuevo cuño– se erija en el mesías de la plaza?

En la República del Ecuador, en un momento importante de su historia, no se trató solo de la plaza –la plaza ladina– sino de una avanzada popular indígena pero que-llegada al clímax no supo qué hacer con el poder.

¿Por qué no, mejor, una plaza clara y contundente unida en un consenso que es posible –aquello en lo que todos pueden coincidir o, al menos, convivir con ello– la reforma del artículo 157 de la Constitución, reforma que, como se propone no solo permite el acceso de la plaza o de las plazas sino de todos –absolutamente todos– al Congreso de la República y, en consecuencia, a decidir sobre el presupuesto y las leyes; reforma que elimina el listado nacional de diputados y todo listado, establece el sistema electoral de los distritos pequeños, sistema en el que cada distrito elige un solo diputado y es electo como tal, sin fórmulas raras, el candidato que obtiene el mayor número de votos –158 los distritos– que deba definir el Tribunal Supremo Electoral (de más o menos sesenta mil votantes cada uno) incluidos, dentro de los 158, los que se establezcan en el extranjero para la votación de los migrantes; campañas electorales cortas y baratas, lo que se logra por ser pequeños los distritos y mandato de sólo dos años del electo, omnipresente, en manos de los electores, el posible premio o castigo, según su desempeño, el premio la reelección y la no reelección el castigo. Candidato a diputado todo aquel que quiera serlo, sin necesidad de que le postule un partido.

Reforma de un solo artículo, el 157, y elecciones, sí, cuando ya reformado: Cualquier otra reforma que la haga el Congreso cuando se encuentre ya integrado por diputados que se perciban representativos de sus electores y que, en efecto, lo sean: El propio sistema de los distritos pequeños les obliga a serlo.

La plaza, por sí sola, no es suficiente: Necesita de un propósito claro y contundente, la reforma del 157 y de su firme decisión de lograrlo.

Acisclo Valladares Molina