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Doctora naturaleza

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Ana Villarroya

Revista Nuestro Tiempo

En 1845, el escritor y filósofo estadounidense Henry David Thoreau decidió dejar Concord, la ciudad en la que residía, para vivir durante dos años en una cabaña que él mismo construyó, en el bosque junto al lago Walden. “Quería vivir deliberadamente,enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar y no descubrir, a la hora de la muerte, que no había vivido”, dijo argumentando su decisión. Su libro Walden o la Vida en los Bosques relata que, más allá de los recursos materiales, la naturaleza tiene dimensiones que conectan con el alma humana.

¿Quién no se ha sentido bien, en paz, dando un paseo por el monte o pasando una tarde en la playa? Podemos decir que, aunque de distintas maneras, alguna vez todos hemos experimentado bienestar al entrar en contacto con el entorno. No es extraño si repasamos la historia de nuestra especie. Evolucionamos en hábitats naturales, y hemos estado en estrecha relación con ellos la mayor parte de nuestra existencia. Pero la actual forma de vida urbana se está expandiendo rápidamente: la Organización de las Naciones Unidas estima que, en la actualidad, el 55 por ciento de la población mundial reside en ciudades, y se prevé que pueda llegar al 68 por ciento en 2050.

Todos hemos experimentado bienestar, al entrar en contacto con el entorno.

El confinamiento ha mostrado que se hace difícil soportar la falta de conexión con el medio que nos rodea. En dicho contexto, la oferta de experiencias en entornos naturales está en auge. Un número creciente de estudios revela que, independientemente de que alguien sea más o menos aficionado a salir al monte o a practicar deporte al aire libre, la naturaleza tiene efectos beneficiosos para nuestra salud física y mental. Los datos indican que este tipo de paseos reducen los niveles de estrés, moderan la tensión y refuerzan el sistema inmunitario. Países como Japón ya han incorporado esta receta a su sistema sanitario. Allí, los médicos prescriben sesiones de shinrin-yoku (“baños de bosque”), para prevenir ciertas afecciones o reforzar tratamientos.

En un plano menos físico, fortalecer nuestra conexión con lo natural restaura nuestro sentido de la belleza, el asombro y la curiosidad, capacidades profundamente humanas que a menudo han quedado relegadas a un segundo plano en un contexto cultural regido por criterios de eficiencia y productividad. Pocas terapias son tan asequibles. No se necesita viajar a lugares exóticos, nuestra propia ciudad nos brinda rincones naturales donde encontrar cura. Vamos a regalarnos ese tiempo.

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