Marco Antonio Sagastume Gemmell
Presidente del Comité de Derechos Humanos de la Federación Interamericana de Abogados (FIA).
Cuando les pregunto a las nuevas generaciones sobre la Revolución del 20 de Octubre de 1944, por lo regular no la conocen, y para mi generación es la fecha más importante en la construcción de nuestra patria. ¿Cómo contarles a nuestra niñez y adolescencia sobre esta Revolución?
Hoy 20 de octubre impartí una plática en el Colectivo Pie de Lana de la Avenida de los Árboles, frente a la casa que habitaba el gran abogado Alfonso Bauer Paiz y mi espíritu se alimentó de amor, al recordar a mi maestro. Tal vez no recuerdo sus clases, pero sí recuerdo su ejemplo. Su inclaudicable ejemplo.
A vos, Maco, te queremos en el Congreso de la República y contesto; ¿Para qué! A Poncho Bauer Paiz no le dieron la palabra.
Poncho salía de su casa a las 5:00 a.m. y caminando llegaba a la piscina olímpica, nadaba y luego regresaba a desayunar a su casa, para después irse caminando al Congreso, donde no lo tomaban en cuenta.
Tuve oportunidad de conocer a los jóvenes estudiantes de la USAC que tomaron la Guardia de Honor, y mi maestro del arte de hablar en público fue otro abogado ejemplar: Manuel Galich. Cuando él venía de Cuba a México, se quedaba en mi apartamento y así conocí a tanta gente, como Pérez Prado. Otro gran abogado guatemalteco en México fue Ernesto Capuano; nos arregló nuestros papeles migratorios y nunca nos cobró ni un centavo.
Tuve la oportunidad de conocer a los jóvenes estudiantes de la USAC que tomaron la Guardia de Honor.
Visitaba a Tito Monterroso – Premio Príncipe de Asturias de las Letras- y me decía: Mariano Gálvez decía que Gua-
temala era una mala madre porque se devoraba a sus mejores hijos, y agregaba que tuvo que salir huyendo, porque lo difamaron que había envenenado las aguas de cólera morbus y era imposible, pero la gente lo creyó. Allá en México -me decía- hay una calle dedicada a él, acá creó la primera ley de bancos y de comercio; por eso, México lo reconoce, Guatemala no.
Ya le habían dado el gran premio a Tito Monterroso y había un almuerzo en Guatemala y llegué y con un fuerte abrazo, le dije: “Ahora si estás contento con tu Guatemala, te propusimos para ese gran premio” y mirándome con ternura, me dijo: “No, Maco, me propuso Honduras”. Ya no hay palabras.
¿Por qué se me aparecen los ojos de esas personas que lucharon por una Guatemala mejor y me dicen: se está olvidando este proceso revolucionario que logró, el primer Código de Trabajo, la Seguridad Social, la autonomía de la Universidad de San Carlos y tantas maravillas más?
Solo veamos el listado de diputados de 1945 y comparémoslos con los de ahora, y dan vergüenza. Los de 1945 llegaron a construir una Patria y los de ahora, al negocio. ¿Está de acuerdo?
Cuando estoy en el extranjero, preguntan sobre los países y los premios Nobel y Guatemala posee dos personas con ese galardón; la Dra. Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz, y el abogado Miguel Ángel Asturias, premio Nobel de Literatura. Platicando con un intelectual de acá, le decía que las mejores metáforas las he leído de nuestro Premio Nobel de Literatura, y me contestó: “Nunca leería a ese comunista”. ¿Cómo puede ser posible decir eso? No es política, es literatura, y de la Premio Nobel de la Paz, la que posee más doctorados Honoris causa en toda Guatemala y a quien admiro tanto.
Para recordar a estas personas y la historia, escribiré un libro de cuentos para la niñez y adolescencia, para no olvidar. Crezcamos como país, por favor.











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