A lo largo del siglo XIX también fue frecuente aquella suerte de los toros con los perros y así lo atestiguan los numerosos datos publicados en la monografía de Koldo Larrea.
En 1826 uno de los perros de Leopoldo Francés perdió los dientes en su lucha con los astados, por lo que el dueño fue recompensado con algo más de 42 reales de vellón.
En 1831 se emplearon los perros del matadero, protegidos con unos collares y también otros perros dogos traídos desde Bilbao.
En 1845, se echaron seis perros al sexto toro, en una corrida a la que asistieron los duques de Nemours. En abril de 1870 todavía hubo un festejo con la lucha de un toro con perros.
El dibujo del manuscrito con este tema del toro y los perros sería, por tanto, una representación excepcional navarra en el siglo XVIII.
Al respecto, hay que recordar que en la catedral de Pamplona encontramos ménsulas con el mismo tema, en un contexto en que era costumbre echar perros para que sujetaran al toro, mordiéndole la oreja, escena que siglos más tarde recreó el mismísimo Francisco de Goya en uno de los grabados de su Tauromaquia.
Otro ejemplo de dibujos ornamentales lo constituye un libro de gestión y cuentas de las Benedictinas de Estella, realizado por uno de sus administradores, a partir de 1754.
A lo largo de algunas de sus páginas, encontramos distintos diseños elaborados con tinta marrón, a mano alzada, con la ayuda del compás y la regla.
Algunos son motivos decorativos sin más pretensiones, mientras que otros, con una simbología evidente, se deben situar en el contexto de devociones en alza en aquellos momentos.
Flores, capullos y pájaros son los principales motivos de los folios en donde quedan espacios libres para el dibujo, bien por ser un resumen de cuentas o por dar importancia al contenido contable resultante de un ejercicio.
Por lo general, se esbozan margaritas, tulipanes y girasoles.
En varias ocasiones se utiliza el punteado en el interior de tallos y hojas de las flores y del plumaje de curiosas y fantasiosas aves.
Continuará…