Con la excepción de los años 1998 y 1999, la violencia desde la firma de los Acuerdos de Paz ha aumentado de manera constante. El nivel de alarma social se ha incrementado también, más aún si se toma en consideración la influencia del contexto regional sobre la percepción social del problema, debido al incremento del número de homicidios en tres de las cuatro fronteras del país: México, a partir de 2008, en El
Salvador y Honduras.
La violencia se ha convertido en algo cotidiano en la existencia de guatemaltecos y guatemaltecas. Una serie de hechos, procesos, imágenes y discursos se reproducen en distintos espacios como los medios de comunicación. La propia historia de Guatemala está marcada por una diversidad de expresiones de violencia, que le han dado una fisonomía particular al país.
En Guatemala, durante el primer semestre de 2017 se registraron 2 mil 236 homicidios. Este número, comparado con 2016, significa una reducción de 63 muertes. A nivel nacional, la tasa de homicidios fue de 26 durante el primer semestre de 2017. En 2016 la tasa era de 28, es decir, hubo un descenso de dos puntos porcentuales.
Los homicidios se han perpetrado de varias formas en nuestro país. Los registros comprenden seis categorías: arma de fuego, arma blanca, arma contundente, estrangulamiento y linchamiento.
Al igual que en el resto del mundo, en Guatemala las armas de fuego son utilizadas con mayor frecuencia para cometer homicidios. A inicios de 2017, la Dirección General de Armas y Municiones (Digecam) reportó la existencia de 537 mil 747 armas de fuego, de las cuales el 58 por ciento se localizaba en el departamento de
Guatemala.
Briceño-León sostiene que la violencia es propia de los hombres. Su afirmación se basa en «muchas estadísticas», las cuales revelan que los hombres ejercitan la violencia y son quienes la sufren; en proporción, son más los hombres quienes se ven afectados por la violencia que las mujeres, excepto en la violencia de género, que la sufren las mujeres, y que es ejercida por los hombres.
Esa diferencia tan acentuada puede atribuirse a una cultura de la masculinidad que favorece las actuaciones violentas y la exposición al riesgo de la violencia…
Los hombres actúan de una manera tal que se los diferencie de las mujeres y por eso son víctimas de la violencia.