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DCA: Un legado histórico sembrado en tinta y papel

Al conmemorar la fundación del Diario de Centro América, hace 145 años, se repasan las raíces de su historia

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Un espacio de 145 años es el tiempo suficiente para que una semilla se convierta en bosque, una historia de barrio en tradición oral y, sin duda, para que un periódico se transforme en legado. Este 2 de agosto, el decano de la prensa del Istmo está de manteles largos para celebrar casi un siglo y medio de narrar la historia de Guatemala y del mundo. Ha sido casa y escuela de escritores reconocidos en la región, y en su desarrollo se reflejan también los grandes cambios de este país que nació a la vida republicana luego de la Revolución Liberal en 1871.

Recorrer su trayectoria es abrir un archivo vivo, uno que no solo documenta el devenir de una institución centenaria, sino que también habla de nosotros mismos: de lo que hemos sido, de lo que nos marcó y de lo que nos trajo hasta aquí.

Hablemos del terreno

Para comprender bien una historia, hay que ubicarla en su contexto. Al fin y al cabo, el maíz no da fruto en suelos arenosos, y El señor presidente perdería todo sentido si estuviera ambientada en la Dinamarca del 2025. Por eso, si queremos entender la historia del Diario de Centro América (DCA), se debe preguntar: ¿Qué estaba pasando en Guatemala en 1880?

Para empezar, Justo Rufino Barrios, uno de los mayores impulsores de la Reforma Liberal, llevaba ya siete años al mando. Su gobierno buscaba la modernización a través de una educación laica y gratuita, la separación Iglesia-Estado y reformas económicas que consolidaran al café como principal producto de exportación. Al mismo tiempo, tomó medidas profundamente cuestionadas, como el despojo de tierras comunales indígenas.

En ese mismo periodo, la Revolución Industrial trajo consigo símbolos de progreso: el Ferrocarril del Sur, la expansión del telégrafo y el crecimiento de la prensa. Como lo señalaba la primera edición de este diario: “Número creciente de periódicos que ahora circula en Guatemala, cuando antes apenas uno que otro se veía en la capital y casi nunca uno fuera de ella”.

Para entonces, se publicaban alrededor de seis impresos en los departamentos y nueve en la capital, reflejo del auge del periodismo en papel como parte del proyecto de modernización nacional.

Además de sus reformas internas, Barrios impulsaba un ambicioso proyecto unionista: la reunificación de los países centroamericanos bajo un solo gobierno liderado por Guatemala. Aunque en 1880 esa propuesta aún era una aspiración, cinco años más tarde se intentó concretar por la vía militar.

En ese contexto, el nombre del recién fundado Diario de Centro América adquiere un significado más profundo. Como explica la historiadora por la Universidad de San Carlos, Thelma Mayén. “El nombre no proviene del hecho de que se publicaran noticias de toda la región, sino que refleja el espíritu unionista que se vivía en ese momento: la intención de volver a unir a los países del istmo bajo un solo proyecto político”.

Más que un medio moderno, el DCA encarnaba una visión regional, liberal y expansiva que reflejaba los ideales de su época.

La semilla que empezó todo

Ahora es momento de presentar las manos que sembraron esta historia. La primera fue la de Marco J. Kelly, ciudadano inglés, funcionario de una empresa ferroviaria y con amplia experiencia periodística en Europa, Norteamérica y Sudamérica. Encontró en Guatemala tierra fértil para impulsar no solo vías con rieles, sino también de ideas.

Lo hizo junto a nueve socios: el escritor José Milla y Vidaurre, Eugenio Dubassassay, Francisco E. Galindo, Ignacio Solís, el poeta Domingo Estrada, Alberto Beteta, Justo Milla, el naturalista Julio Rossignon y José Esteban Sánchez. El medio independiente se constituyó como una sociedad anónima, con un capital inicial de aproximadamente 25 mil pesos.

En sus primeros veinte años, la semilla comenzó a germinar y el diario se consolidó como un referente cultural del país. Se autodefinía como un “periódico mercantil, agrícola, literario y noticioso”, descripción que reflejaba fielmente su contenido diverso. Abordaba temas que iban desde la arqueología hasta la salud pública, pasando por el urbanismo y los problemas sociales, haciendo siempre honor a su nombre.

A lo largo de su historia, este impreso ha contado con la pluma de grandes figuras intelectuales y literarias que dejaron una huella profunda en la cultura regional.

Entre ellas destacan el Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias; el escritor y diplomático Enrique Gómez Carrillo, conocido por su aguda crónica social, y el mismo José Milla y Vidaurre, uno de los fundadores y grandes narradores del siglo XIX.
También colaboraron importantes poetas y pensadores latinoamericanos como José Martí, de Cuba, y Rubén Darío, originario de Nicaragua; ambos, pilares del modernismo. En el ámbito nacional, nombres como Lorenzo Montúfar, historiador y político influyente, y Adrián Recinos, diplomático y estudioso de la cultura maya, enriquecieron sus páginas. También figuran los escritores Máximo Soto Hall, Antonio Batres Jáuregui y Manuel Galich, cuyas obras reflejan la historia y sociedad guatemalteca.

El diario acogió además voces de otros países como José Santos Chocano, de Perú, y, Alberto Masferrer, un filósofo salvadoreño, sumando diversidad intelectual.

Esta lista es, por supuesto, solo una muestra del gran número de escritores, académicos, líderes de opinión y centenares de impresores, como diseñadores que nutrieron la publicación con ideas, análisis y el trabajo técnico.

1900: el inicio de una nueva fase

A inicios del siglo XX, las dificultades económicas complicaron la permanencia del matutino como medio independiente. Finalmente, fue adquirido por el gobierno de Manuel Estrada Cabrera, que lo convirtió en un instrumento estatal junto a El Guatemalteco, entonces encargado de publicar leyes. Así se estableció la división entre contenido informativo y legal, dentro del medio de comunicación oficial.

Durante décadas, ambos periódicos circularon en paralelo, alternando funciones según decisiones políticas. En el gobierno de Jorge Ubico se restableció el orden original: el DCA asumió la parte noticiosa, y El Guatemalteco, la legal.
En 1950, esta separación se formalizó; ambos quedaron bajo tutela del Ministerio de Gobernación y se trasladaron a la imprenta estatal. En esa ocasión se indemnizó a 145 trabajadores.

En 1972, un acuerdo suspendió el funcionamiento de El Guatemalteco, que oficialmente se fusionó al Diario de Centro América. Desde entonces, bajo este nombre se publican tanto las leyes y disposiciones legales como la parte informativa y editorial. Además, el periódico comenzó a editarse e imprimirse en los talleres de la Tipografía Nacional, bajo la dirección de la cartera de Gobernación.

Para ese mismo año, el DCA dependía administrativa y presupuestariamente del Ministerio de Gobernación; sin embargo, al ser el órgano oficial de divulgación gubernamental, permaneció bajo las instrucciones directas del Presidente de la República y la Secretaría de Relaciones Públicas.

En 1974, un consejo editorial impulsó una nueva etapa y creó el Premio Centroamericano de la Paz, reflejo del deseo de promover la integración regional desde el periodismo.

A lo largo del siglo XX, el DCA echó raíces profundas. Creció entre tiempos convulsos y estaciones inciertas, pero nunca dejó de brotar.

Durante los terremotos de 1917 y 1918 —cuando todo parecía derrumbarse— el matutino floreció con más fuerza: no interrumpió su circulación y distribuyó sus ediciones de forma gratuita, como si supiera que la información es también una forma de abrigo.

En su tronco se injertaron avances tecnológicos: linotipos, prensas de cilindro, maquinaria moderna que alimentaba su savia editorial. En 1980, cuando cumplió 100 años, fue reconocido con la Orden del Quetzal en grado de Gran Cruz, símbolo de un árbol ya centenario que había dado sombra a generaciones.

Primer quiebre

En 1882 falleció José Milla y Vidaurre, uno de sus fundadores. Poco después, Francisco E. Galindo pronunció un discurso con fuerte carga política que incomodó a sectores influyentes. Esto causó que el rotativo fuera vendido al español Gregorio Carrión Martínez, lo que provocó un temprano declive.

El diario logró salvarse del cierre gracias a Francisco Lainfiesta, quien asumió su dirección. Sin embargo, las tensiones continuaron. Algunas publicaciones elogiaban las reformas liberales, pero criticaban con dureza la situación nacional. Ante estas opiniones, el Gobierno suspendió su circulación por orden ministerial. Lainfiesta y Lorenzo Montúfar se exiliaron, y sus páginas dejaron de imprimirse durante varios meses.

Reapareció luego con una presentación renovada, gracias a la unión de dos imprentas: El Modelo, de Lainfiesta, y otra propiedad de Pedro Arenales. Esta alianza marcó una nueva etapa.

Un legado que no deja de crecer

Con la llegada del siglo XXI, el DCA no solo se mantuvo vigente, también se transformó. En 2002, recibió una rotativa moderna proveniente de Taiwán que permitió mejorar su impresión. Bajo la dirección de Carlos Rafael Soto se introdujeron cambios importantes en el diseño editorial. Más adelante, José Alejandro Pérez continuó ese proceso, fortaleció los contenidos y profesionalizó la redacción.

Entre 2008 y 2012, la escritora Ana María Rodas lideró una etapa de renovación editorial: se eliminaron los suplementos Turístico y Cultural, se lanzó el nuevo formato La América, además de implementar un manual de estilo elaborado por el periodista Arturo Monterroso. Con estos cambios, el diario dejó de ser solo un canal de divulgación oficial y comenzó a consolidarse como un medio con mayor profundidad y rigor periodístico.

El sol de la renovación

Hoy, con 145 años de vigencia, el DCA es un árbol con raíces firmes en la historia y ramas que aún se extienden hacia el presente. Ha sido testigo de los ciclos de la nación: las lluvias de la transformación, las sequías del silencio, los vientos de la crítica y los soles de la renovación.
En su corteza están inscritas las voces de generaciones de lectores, escritores, periodistas, editores y correctores que han hecho de este no solo un medio, sino una memoria viva. Y como todo árbol que ha resistido el tiempo, su existencia no solo habla de lo que ha sido, sino también de lo que ha sembrado.

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