Olor que invade, eleva y altera los sentidos. Se puede percibir el incienso, la mirra y el copal en una mezcla de estoraque, resinas y pom. Ya es Semana Santa.
Ejércitos de incensarios de metal que suben y bajan retando a la gravedad.

Brasas que salpican de chispas los guantes blancos de los naveteros, que se tornan grises y luego intensamente negros.
Cajitas de madera como joyeros que portan el carbón, el elemento crucial para convertir los granos de incienso en efímera y espiritual ofrenda.
Filas de hombres y mujeres vestidas de luto, morado o blanco. Túnicas que muestran el paso de los años y la edad…
Mantillas que se deslizan sobre los hombros… niños que duermen placenteros en los brazos de sus padres.
Cruz alta y ciriales decorados que anticipan el paso de nazarenos, dolorosas y sepultados. Emblemas de oro, plata y bronce para el rey de reyes.
Estaciones de viacrucis portados por romanos, penitentes, cucuruchos o palestinos como antesala del Nazareno.
Miles de ojos que se posan sobre el cuerpo ensangrentado del Redentor. Coronas de espinas con joyas engarzadas y resplandores barrocos.
Sonido triunfal de trompetas, romanos del Santuario de San José y penitentes del Calvario son parte de la Semana Santa.
Es la Cuaresma y Semana Santa única en el mundo, amada por generaciones de artistas, cargadores, vecinos, extranjeros y locales.
Asimismo, es el regalo de Guatemala para el mundo. Es el Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad que acá se vive con los cinco sentidos.











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