Hay que decirlo claramente: en el transporte de personas y mercancías se requiere autoridad. Orden, reglas claras y funcionarios que hagan cumplir la ley. Si lo duda, basta una madrugada para dimensionar la asfixia callejera. Es suficiente escuchar los reportes de tránsito para conocer el caos que impera en municipios y departamentos.
Automovilistas que hablan por celular. Conductores de motocicletas sin cascos ni chalecos. Pilotos sin licencias. Transporte pesado a velocidades excesivas y, lo peor, agentes de tránsito incapaces de frenar tanta tropelía. Este es el pan de cada día en una ciudad que priorizó el comercio y descuidó el humanismo.
Lo cierto es que, mientras las regulaciones existentes se incumplan, irrespeten e ignoren, será difícil evitar los accidentes. Si no se hace nada, seguirá existiendo luto, orfandad y la pérdida injusta de vidas, de sueños e ilusiones.
La tragedia ocurrida el pasado lunes 9 de febrero, que dejó 54 fallecidos, debe poner un alto, un freno a tanta irresponsabilidad y dejadez. Está claro que se perdió el control del tránsito. Que los cepos y las multas son insuficientes
para arreglar un problema que no debiera ser. Que no tendría por qué existir si todos asumieran la responsabilidad que les corresponde.
En algunos días, el Gobierno tendrá mayor presencia en la administración del flujo y en el tráfico de personas y mercancías. Además, el Ejecutivo afina un nuevo reglamento en el que la vida humana será el centro y la razón de ser. Que impondrá disciplina y enfrentará, con valor y entereza, a quienes pretendan desobedecer las reglas. A los que pongan en riesgo a quienes utilizan los servicios para asuntos tan nobles como trabajar y producir.
Guatemala no puede seguir a expensas del desenfreno. La imprudencia y la insensatez. Se deben regir esos 5.7 millones de automotores que conforman el parque vehicular. Los municipios deben dejar de ser una jungla y convertirse en centros de desarrollo y prosperidad.
Es preciso evitar que siga este tipo de muertes. Que los niños pierdan a sus padres y los alumnos a sus maestros. El país no se merece otras madrugadas trágicas. Tampoco nuevas historias de luto y dolor. Es imperativo que el orden prevalezca y gane la cordura.











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