Karin Elmore Ramírez es coreógrafa, artista investigadora y gestora cultural peruana. Su trabajo ha transitado entre América y Europa, las disciplinas de danza contemporánea y gestión cultural, con búsqueda constante por entender el cuerpo como un espacio de memoria, exploración y pregunta. Está en Guatemala, invitada por la Embajada de Perú para impartir talleres en el Centro de Arte de la Universidad Rafael Landívar.
Elmore repasa su camino artístico, su formación en Nueva York y Europa, su trabajo con comunidades de mujeres migrantes y una vida dedicada a crear desde la curiosidad y el cruce entre arte y sociedad.
¿Cuándo empezó su viaje por el baile?
Lo descubrí cuando tenía como 2 años. Después, mi madre me puso en clases de ballet, pero me aburrían mucho. Entonces me fui al básquet, porque me gustaba el movimiento, la libertad y reaccionar rápido en el espacio. A los 14 años descubrí la danza moderna, como se le llamaba entonces, y me enamoré. Todos los días, después del colegio, entrenaba dos o tres horas. Era como un deporte de alto rendimiento. Así empecé hasta que a los 19 decidí intentar hacerlo profesionalmente.
¿Y su salto a la profesionalización?
Me fui de Perú para buscar y explorar otras técnicas y horizontes. En Nueva York estudié mientras trabajaba como camarera y modelo para escuelas de arte, me apoyé también en becas para continuar mi formación.
¿Qué experiencias le han enseñado más?
A los 23 años me fui a Italia con una beca para investigar teatro experimental y ahí comenzó mi carrera profesional al integrarme a una compañía de danza contemporánea con la que giré por Europa y Estados Unidos. Viví 12 años en Roma, Italia, y después trabajé entre Perú, México y Francia como bailarina, coreógrafa y gestora.
¿Cómo influye el continente en la danza?
Hay países en donde se impulsa mucho el arte contemporáneo y eso permite estudiar y vivir de la danza; en otros no existen esos estímulos, pero aun así alcanzan niveles altos gracias al trabajo técnico. Todo depende de las condiciones de cada país.


¿En Latinoamérica, qué une esta disciplina?
Ayer hicimos una improvisación con jóvenes de teatro, circo y danza, todos se conectaron de una forma especial. Les dije: “Lo maya les sale por los poros”. Es inevitable. Tu entorno e infancia, lo que viste en tu comunidad, todo eso forma parte del ADN
artístico.
¿Cómo influye su arte en la gestión cultural?
Cuando empiezas como coreógrafa tienes que hacerlo todo: buscar espacios, gestionar y montar. Yo misma he cargado y organizado todo. Eso te forma.
¿Cuál es su obra más importante?
Más que una obra, es un dispositivo escénico llamado Tu cuerpo/el mío, en el que he trabajado por 15 años y que se centra en mujeres migrantes que construyen dispositivos escénicos, que se ha trabajado en España y Francia. En cada ciudad el proyecto se desarrolla junto a una coreógrafa local y con distintos grupos de mujeres, que ha recibiódo reconocimientos.











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