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Lucha contra la desnutrición ya ofrece resultados

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Desde hace décadas, Guatemala registra una de las tasas más altas de desnutrición crónica infantil en América Latina. El problema, aunque sanitario, también implica pobreza, falta de agua segura, desigualdad y abandono histórico. Por eso, cualquier avance serio merece atención y continuidad.

Las declaraciones de la secretaria de Seguridad Alimentaria y Nutricional (Sesán), Mireya Palmieri, muestran un cambio importante en la forma de enfrentar el flagelo. Como expone, la labor ya no descansa en respuestas dispersas, sino en una estrategia territorial (término que acuña) y basada en datos.

“El plan contra la desnutrición aguda está más focalizado”, sostiene Palmieri. La afirmación resume la concentración de recursos y personal en comunidades vulnerables. Según la entrevistada, los análisis semanales permiten identificar espacios prioritarios y responder con más rapidez.

Adicionalmente, los resultados preliminares de la Encuesta Nacional de Desarrollo en Salud 2025 (Endesa) ofrecen señales alentadoras. “La reducción de la desnutrición crónica en la mayoría de departamentos” representa un dato esperanzador. Sobresale también el aumento de la lactancia materna exclusiva, práctica reconocida por la Organización Mundial de la Salud como una de las medidas más eficaces para fortalecer la nutrición infantil en los primeros seis meses de vida.

Sin embargo, aún se reporta 42.1 % de desnutrición crónica en menores de 5 años y el incremento del sobrepeso y la obesidad, en especial entre mujeres en edad fértil.

En ese contexto, la estrategia Mano a Mano adquiere especial relevancia. Su principal fortaleza radica en integrar salud, nutrición, agua, saneamiento y acompañamiento comunitario bajo lo que Palmieri llama lógica territorial.

De igual manera, resulta alentador el fortalecimiento de mecanismos preventivos frente a riesgos climáticos. Sequías, pérdidas agrícolas y canículas prolongadas golpean directamente la seguridad alimentaria de miles de hogares rurales. Anticiparse mediante alertas tempranas y coordinación local constituye un avance frente a modelos reactivos.

Finalmente, conviene citar la claridad del Gobierno frente al problema: la desnutrición no desaparece con discursos ni programas temporales. Requiere continuidad institucional, inversión sostenida y, principalmente, voluntad política que fortalezca la promoción de la lactancia materna y mantenga a la baja los penosos índices de déficit nutricional heredados por administraciones corruptas.

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