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Delicadez en cada movimiento

Kate Hernández es una de las jóvenes que se preparan en el sexto nivel de la Escuela Nacional de Danza

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Con apenas 14 años, Kate Hernández comienza a trazar con disciplina y sensibilidad el camino de una artista que encontró en la danza no solo un pasatiempo, sino una forma de vida. Su historia, marcada por la curiosidad inicial y el esfuerzo constante, revela la transformación de una adolescente que, sin mayores expectativas, descubrió en el ballet clásico un reto capaz de apasionarla profundamente.

Hernández se inició en la danza entre  7 y 8 años. “Realmente, lo hice porque no tenía nada que hacer en mi casa, entonces lo tomé casi como pasatiempo”, recordó. Sin embargo, lo que empezó como una actividad ocasional pronto se convirtió en una vocación. La complejidad técnica del ballet y la admiración por bailarinas profesionales que observaba en videos despertaron en ella un deseo distinto, el de superarse. “Lo he visto como un reto”, afirmó, al explicar el momento en que decidió proyectar la danza como su futuro profesional.

Los primeros pasos

Su acercamiento al ballet clásico fue, en un inicio, circunstancial. Era el único estilo que conocía, pero con el tiempo encontró razones suficientes para permanecer. La elegancia que tiene el baile y lo difícil que es son los elementos que más le atraen. Esa exigencia técnica, lejos de intimidarla, se ha convertido en el motor que impulsa su crecimiento artístico.

Desde 2020 forma parte de la Escuela Nacional de Danza Marcelle Bonge de Devaux, donde actualmente cursa el sexto nivel de una formación que puede extenderse hasta ocho o nueve años. Paralelamente, combina sus estudios formales, se encuentra en segundo básico, con largas jornadas de ensayo. La organización de su tiempo ha sido clave para sostener este ritmo. Aunque al inicio no representó una dificultad, reconoce que con el avance en sus estudios escolares el desafío ha sido mayor.

Aspiraciones

A pesar de su corta trayectoria escénica, limitada por ahora a presentaciones de fin de curso, Hernández tiene claras sus aspiraciones. Sueña con interpretar a la Reina Cisne de El lago de los cisnes, uno de los roles más emblemáticos del repertorio. “Es un papel bastante importante”, explicó, consciente del simbolismo y la exigencia que conllevan.

Entre sus referentes se encuentran figuras de la danza internacional como Marianela Núñez y Natalia Osipova, cuyas trayectorias han influido en su visión artística. Inspirada por ellas, proyecta un futuro ambicioso, espera convertirse en primera bailarina en Guatemala o continuar su formación en México o Estados Unidos.

El sentir

Más allá de los escenarios, su vínculo con la danza es profundamente emocional. “Es algo muy especial para los humanos porque siempre ha existido y es bello”, reflexionó. En el movimiento encuentra un lenguaje propio, que le ayuda a “expresar cómo me siento o liberarme”, dijo, al describir lo que experimenta al bailar.

Respaldada por su familia, que reconoce su esfuerzo y dedicación, Kate Hernández representa una nueva generación de bailarinas que construyen su camino desde la constancia. Su historia apenas comienza, pero ya deja entrever la determinación de quien ha entendido que el arte, más que una elección, puede convertirse en destino.

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