Entre el naufragio cotidiano del scroll y la inteligencia artificial que reclama cada rincón del pensamiento, un hombre se detiene a contrapelo de la historia. Con apenas un cordel y un trozo de madera, Luis Ortiz ha logrado amarrar el tiempo. Luego de 40 años de habitar escenarios, su figura no es solo la de un actor, es hilandero de una herencia que se niega a deshilacharse ante lo instantáneo.
Conversar con él es abrir un baúl donde los recuerdos no tienen polvo, sino el brillo de un centavo bien ganado. Con la misma destreza con la que dominó un libreto en la Universidad Popular (UP) bajo la dirección de Rubén Morales Monroy, el artista maneja hoy un capirucho de cono de hilo, para recordar que la felicidad de un niño guatemalteco solía caber en el bolsillo de un pantalón remendado.
De las tablas a la radio
Desde sus inicios accidentados en 1976, en la Escuela Normal Central para Varones, donde buscaba ser programador de radio y terminó por descubrir el teatro, hasta su consolidación en la franja cómica de Canal 3 junto al recordado Chalo Hernández, el artista ha entendido que la comunicación es, ante todo, un acto de empatía.
Fue en los pasillos de la televisión donde nació su proyecto de vida: Los patojos de ayer. De la fascinación personal por las monedas de plata surgió un museo itinerante sobre ruedas que ahora recorre distancias para evitar que la historia quede guardada bajo llave. En estos años ha coleccionado desde bacinicas de peltre, planchas de carbón, cincos, ronrones hasta los chajaleles fabricados con tapitas de botellas.

Para Ortiz, los objetos tienen alma. Muestra con orgullo un proyector de juguete conseguido en El Trébol por apenas Q3.00, o esa “botita” plástica donde miles bebieron la polenta o la Incaparina en escuelas públicas.
En su programa Los patojos de ayer, transmitido por radio TGW, martes y jueves, de 11:00 a 12:00 horas, combina música compuesta para el espacio. En cada emisión entrevista a profesionales que, por un momento, dejan de lado títulos para volver a ser los muchachos que barranqueaban o hacían barquitos de papel cuando la lluvia inundaba las calles sin asfalto.
Vaso comunicante
El impacto de su labor trasciende la nostalgia. El locutor relató conmovido cómo en una exhibición en Xela, una persona usuaria de sillas de ruedas lloró al sentir las “cosquillitas” de un trompo que bailó en su mano. Es esa conexión sensorial la que intenta heredar a las nuevas generaciones.
“La culpa no es de los patojos, es de nosotros que les damos un teléfono para que se queden quietos”, sentenció. Su misión es invitar a los padres a comprar un yoyo, a enseñar trucos y a recuperar el uso de la palabra del juguete como identidad.
Su mensaje ha encontrado eco masivo en TikTok y Facebook, donde sus videos sobre una gallina asada con tortillas tostadas alcanzan miles de vistas, que ha conectado con los guatemaltecos en el extranjero que suspiran por los sabores y juegos de su tierra.
Décadas de entrega
Con la medalla Alicia Azurdia, reconocimiento otorgado para honrar la trayectoria de artistas, el entrevistado sigue siendo el mismo que un día se atrevió a pedir una oportunidad en TGW sin más credencial que su amor por el país. Hoy, demuestra que, aunque mucho sea inteligencia artificial, no hay algoritmo que pueda replicar el sonido de un trompo al herir el suelo o el sabor de un pan con frijol entero, compartido en el recreo.











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