Puntadas, hilos, un color y luego otro, cambio de patrón y una historia que es tejida con cuidado. En sus textiles, las mujeres mayas llevan siglos plasmando diseños que cuentan sentimientos, desvelan secretos y palpitan vida. La tela bordada ha traspasado el umbral de la mera vestimenta para convertirse en un recaudo de verdades, un ancla de identidad y un contenedor de memorias.
Basta con acercarse un poco, seguir con la mirada el recorrido de cada dedo o detenerse en la repetición de sus figuras, para entender que ahí no hay únicamente diseño. En cada huipil, faja, servilleta o manta, las tejedoras resguardan cosas que no siempre se dicen en voz alta, pero que se transmiten de generación en generación a través del telar.
Según ellas, no es solo una práctica cotidiana, sino un acto profundamente íntimo en adelante convergen las emociones de quien sostiene el hilo. Hay textiles que nacen del duelo, otros del orgullo o de la celebración; todos, sin excepción, contienen una narrativa propia que se despliega en colores y símbolos dignos de ser estudiados y admirados.
En la longitud y movimiento de los hilos, las tejedoras aprenden a contemplar su vida. Hilda Iscajoc, tejedora de Santiago Sacatepéquez, refirió cómo les enseña a afrontar los obstáculos que se presentan y recordó un consejo de su maestra donde los asemejó a los nudos del telar: “Se requiere de mucha paciencia, porque en la vida vamos a encontrar problemas, nudos, y nos va corresponder desatarlos”.


Orígenes del tejido
Esta es una práctica milenaria que data mucho más atrás a la llegada de los españoles, según Milvian Aspuac, perteneciente al pueblo kaqchikel y coordinadora del Movimiento Nacional de Tejedoras Ru Chajixik ri Qanaojb’äl.
Erróneamente, se ha ligado su aparición con la Colonia; sin embargo, estos son bastante anteriores, explicó Aspuac. Por ello, “afirmamos que los tejidos son una creación propia de nuestros pueblos, con múltiples funciones”.
Lina Barrios, antropóloga con raíces mames y fundadora del Museo Ixkik’ del Traje Maya en Quetzaltenango, sostiene este argumento y explicó que la idea de que los pueblos originarios vivían desnudos surge a raíz de la llegada de Cristóbal Colón al Caribe, donde algunas mujeres iban con el torso descubierto. “Se generalizó que toda América vivía así, pero eso no es cierto”, afirmó.
Según Barrios, Miriam Nimatuj, Raquel García y Yamanik Pablo en su libro Indumentaria Maya Milenaria, existen evidencias arqueológicas del uso y fabricación de ropa por los mayas. Se sostiene por apariciones en antiquísimas pinturas, vasijas, murales, esculturas y estelas. Las autoras recogen dos ejemplos, el primero es en el Códice Maya en Madrid, donde la abuela Ix Chel, diosa de la fertilidad, del amor y de los textiles, aparece en el uso de un telar.
En el códice que está en Dresde, Alemania, se encuentran hombres y mujeres vestidos con diversos textiles. Por otro lado, están las figuras de mujeres mayas tejiendo en la ciudad maya de Jaina, en Campeche, México, que datan de entre 600 a 800 años después de Cristo. Muchas de las vestimentas ahí ilustradas aún existen en las comunidades indígenas actuales.


Herramientas y sus usos
Antiguamente los elementos utilizados para la fabricación de las fibras y los tintes se basaban en plantas, animales y minerales, en al actualidad aún se usan pero son menos comúnes. Debido al alto costo, sobre todo del teñido, se dificulta su adquisición.
Para las primeras, se tiene algodón, maguey, amate y cibaque. Para los segundos, se emplean palo de campeche, que da un color rojizo o morado; añil para el azul, gris, morado o rosado; barba de león para amarillo, flor de lantana para el verde, jacaranda produce lila, el musgo y aliso dan café y el ch’ate’ o hierba amarga el negro. Por otro lado, de origen animal está la cochinilla que da rojo y el caracol púrpura patula, el morado.
Según la misma investigación, entre los instrumentos que hacen parte del proceso en su elaboración, la mayoría de madera, están el huso, para hilar el algodón mientras gira rápidamente; el devanador, una armazón de madera que gira y que sirve para crear los ovillos de hilo; el urdidor, tablas verticales que ayudan a crear el urdimbre o colocar el tejido en una composición vertical que pasará al telar; telar maya, que recibe otros nombres como telar de cintura o de palitos. Formado de varias piezas que hacen un entramado mecanismo.
Entre los distintos diseños existen desde los más básicos hasta los más elaborados. Se conoce el liso, que no tiene diseños; le sigue el diseñado con listas en urdimbre o patrones verticales; aquel con figuras geométricas y luego, el completo que integra un alto grado de
complejidad.

Métodos de expresión
Aparte de su tecnicismo y detalle, el arte textil maya cuenta con otra carga de belleza que es impresa, no física, pero emocional. Se trata de una tradición que es compartida por las mujeres de un mismo núcleo familiar, una ceremonia que traspasa sabiduría y sentido de pertenencia que convierten al telar y los hilos en instrumentos de expresión de la propia visión del mundo.
Angélica Serech, tejedora y artista kaqchikel de San Juan Comalapa, Chimaltenango, explicó que fue su tía Alma Gómez quien le enseñó. Comentó que aprendió junto a su hermana menor, cuya habilidad era más precisa y reconocida, la suya era más rebelde, “mis tejidos se desviaban, se salía de la norma. De mí no se esperaba mucho en ese entonces”, recordó. Su hermana siguió el camino de la medicina como cirujana, y ella permaneció como artista textil, ahora sus creaciones son apreciadas internacionalmente.
Sus piezas “son registros sensibles de estados, duelos, preguntas, entre otras”, comentó. También describió que los colores y formas que escoge no son al azar, son necesidad y lenguaje porque cada obra responde a una urgencia interna, de decir, de sostener o transformar lo vivido.
“Ver cómo los hilos se transforman en una pieza genera un impacto profundo”, reflexionó Aspuac. Además que tejer fortalece la autoestima, pues implica desarrollar una nueva habilidad y reconocer la propia capacidad creativa, abre la imaginación, estimula el pensamiento y permite visualizar nuevas posibilidades. Describió que las propias emociones de la tejedora se reflejan en el resultado, ya que su estado de ánimo influye en la textura, los colores elegidos, la tensión del hilo y el tamaño de las piezas.
Según Iscajoc, dedicarse a esto es terapéutico, le permite controlar la ansiedad y refirió que “hay tejedoras que aparte de ver esto como un ingreso económico, también ponen su vida, ponen sus sentimientos”.


Conexión natural
La naturaleza tiene un lugar central y de honor en la cosmovisión maya, y sería lógico que fuera representada en todo medio de expresión. Según Barrios, los símbolos tejidos no son simples adornos, pero representaciones profundas del entorno.
Destacó que los huipiles de San Lucas Tolimán, Sololá, presentan aves, plantas, peces y patos que viven alrededor del lago Atitlán. Por lo que cada pueblo plasma lo propio de sus paisajes y vida cotidiana.
En criterio de Aspuac, las mujeres que tejen mantienen una profunda conexión con la naturaleza. “Todo tiene energía y espíritu, y esa relación también se traslada al tejido. Incluso antes de comenzar, se realizan prácticas para armonizar con los materiales”, explicó.
Por ello, encierran en sí mismos la idiosincrasia y maneras de ver el mundo de los pueblos originarios. Señaló que los huipiles les recuerdan que el ser humano “no es el elemento más importante, solo uno más de la red”.
Aspuac explicó que las tejedoras son fundamentales en la sociedad maya, pues sus creaciones son “portadoras de conocimientos como el calendario maya conceptos matemáticos y visiones del mundo” y al mismo tiempo son un símbolo de resistencia.
Resistieron al racismo
Durante procesos racistas de homogenización cultural, que buscaron eliminar la identidad indígena, muchos hombres dejaron de usar las vestimentas mayas, pero las mujeres no, e idearon maneras de usarlas sin consecuencias. Puso como ejemplo lo ocurrido en el municipio de San Pedro Sacatepéquez, San Marcos, luego de las acciones del presidente Justo Rufino Barrios. Las mujeres idearon un estilo de delantal que usaban encima de su ropa, ocultándola, pero permitiéndoles usarla.
Lina Barrios explicó que las tejedoras son las verdaderas guardianas del patrimonio del pueblo maya. Su trabajo es un proceso complicado y laborioso que implica matemática, diseño y dominio técnico, pues “debe calcular pasadas, contar hilos, equilibrar colores y, cuando llega a la mitad del huipil, invertir los diseños para que al usarlo queden correctamente orientados”, refirió.
Con la constante innovación en métodos de producción, en algunos lugares o personas, generalmente no indígenas, han introducido procesos que despojan a los tejidos mayas de su alma, alimentados por el deseo del beneficio económico.


Peligros actuales
Aspuac señaló que la industrialización trae consigo diversos peligros, como el plagio de diseños que se reproducen en telas sintéticas, se comercializan masivamente y se conoce como sublinado.
“Esto genera una competencia desleal, pues competimos contra máquinas. Estas telas son más baratas y se presentan como una alternativa accesible, el problema es que si se deja de tejer, el conocimiento desaparece”, indicó. Agregó que estas prácticas también tienen un impacto ambiental negativo, pues las telas industriales se desechan más rápido en comparación con un huipil de verdad que puede durar décadas.
Barrios precisó que no se puede hablar de patrimonio de la nación, si no de patrimonio de los pueblos mayas, porque “si se dice solo patrimonio nacional, cualquiera cree que puede tomar un diseño, modificarlo y usarlo”. Puntualizó en que, si una empresa quiere utilizar uno de los patrones, debe pedir autorización a las tejedoras correspondientes y pagar por ese derecho, igual que sucede con marcas registrada.
En relación con los sublimados, comentó que es una situación que desmotiva a quienes se dedican al textil y colocó de ejemplo los huipiles de San Antonio Aguscalientes, Sacatepéquez, donde algunos pueden llegar a costar entre los Q5 mil y Q8 mil, según su complejidad, pero hay personas que les toman una foto, los imprimen y los venden a Q100.
Identidad y origen
Cada producto resultado del telar de cintura o del bastidor para bordar encierra en sus fibras un pedazo del corazón de quien lo fabricó, un resplandor de la mano creadora del Ajaw, a quien muchas tejedoras se dirigen antes de iniciar. Son piezas artísticas con la historia y sentir de todo un pueblo.
Serech añadió que los colores del huipil están cargados de historia y pertenencia, así como la práctica del telar de cintura que es la raíz y cuerpo de su actuar. “Mis tejidos no solo representan de dónde vengo, sino también cómo continúo existiendo desde ese origen”, contempló.
Por su lado, Iscajoc afirmó que tejer le permite reforzar su identidad maya, en especial al enfrentarse a espacios donde no es aceptada por ser indígena. “Para mí, es un espacio de tranquilidad, de serenidad; un espacio solamente para mí. Me desconecto de todo, está mi cuerpo, mis manos, mi mente y mi visión puestas en el telar”, aseguró.
Valor ancestral
Barrios considera que la apreciación general a estos textiles debe mejorar, y su valor, ser respetado, sin regatear su precio, pues no se “dimensionan el tiempo y el esfuerzo que implica. Una tejedora puede pasar hasta seis meses elaborando una sola pieza, trabajando lienzo por lienzo”, y que solo es necesario sentarse junto a una de estas mujeres y observar el proceso para saber su incalculable valor.
Uno de los puntos donde radica la importancia y sacralidad de los textiles mayas está en el resguardo de información tan detallada y amplia que tienen, que los convierte en equiparables a los códices antiguos. Por ello, Aspuac comentó que dentro del Movimiento Nacional de Tejedoras se refieren a ellos como “los libros que la Colonia no pudo quemar”.
En su conjunto, cada huipil, perraje, faja, servilleta, manta u otro tejido maya es un compendio introspectivo de emociones y resistencia, no solo de una persona individual, sino de todo un pueblo que ve en ellos brotes de esperanza y transmisión de vida para su perduración en los siglos.











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