Frank Gálvez
Locutor y Escritor
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La palabra más valiosa de cualquier idioma no es honor, ni gloria, ni siquiera libertad. Es una palabra más sencilla: amigo. Muchos la pronuncian con facilidad, pero pocos merecen llevarla. Un amigo real es una persona excepcional: alguien que te dice la verdad a la cara, incluso cuando duele; alguien que te acompaña no solo en la fiesta, sino también en la sala del hospital o en la cárcel. Como escribió C. S. Lewis en Los Cuatro Amores: “La amistad nace en ese momento en que una persona le dice a otra: ¡¿Qué?! ¿Tú también?”
Un auténtico amigo celebra tus triunfos sin envidia y te acompaña en tus derrotas sin juzgarte. Guarda tus secretos como si fueran sagrados, sin intercambiarlos jamás por chismes. Cuando el ruido y la negatividad nos rodean, un amigo es quien nos habla con honestidad a la cara. La amistad verdadera exige lealtad, humildad y el valor de empatizar.
“La mayoría de gente escoge ser desconocida, pero yo escogí ser amigo”. (Michael Landon)
Sin embargo, la cruel realidad de la vida es que ni siquiera el amigo más verdadero puede permanecer para siempre. Cuando la muerte se lleva a alguien, el silencio que deja es inmenso. La silla queda vacía, la risa ausente y las historias, de repente, inconclusas. Pero el dolor mismo se convierte en prueba de que nadie es amigo en vano. Como escribió A. A. Milne en Winnie-the-Pooh: “Qué afortunado soy de tener algo que hace que decir adiós sea tan difícil”.
Durante la Cuaresma, los cristianos recuerdan que el primero y más fiel amigo es Jesucristo mismo. Aquel que no nos abandona en el sufrimiento, nos dice la verdad y camina a nuestro lado incluso en los momentos más oscuros. Juan 15:13: “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos”. Y esa es la máxima expresión de la amistad. Así que sí, la palabra amigo es difícil de usar, y pocos la merecen. Pero si has tenido, aunque sea un solo amigo así —en la tierra o en el cielo— has presenciado un milagro. Porque el mayor logro es que aunque un verdadero amigo fallezca, el amor que sembró en nosotros, como la promesa de Cristo, jamás morirá.











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