Kaminaljuyú permanece como una ciudad enterrada bajo la capital. Mucho antes de la fundación de la capital, en 1776, este valle había sido ocupado por distintos asentamientos humanos, desde tiempos remotos hasta la llegada de los españoles, en 1524.
En ese largo proceso, Kaminaljuyú se consolidó como el núcleo urbano más importante del altiplano central, articulado por comercio, ritualidad y poder. Durante más de 2 mil años fue escenario de encuentros políticos y decisiones que influyeron en amplias regiones de Mesoamérica, desde la costa del Pacífico hasta territorios lejanos del norte y el sur.
Su ocupación se inició hacia el principio del primer milenio antes de nuestra era, cuando pequeñas comunidades agrícolas se asentaron en una planicie favorecida por el clima y la fertilidad del suelo.
Con el paso de los siglos, el sitio creció hasta extenderse por más de cinco kilómetros cuadrados y desarrolló una compleja arquitectura cívica y ceremonial, sistemas hidráulicos avanzados y una organización social estratificada.
En su momento de mayor auge, durante el período Clásico, pudo albergar miles de habitantes hasta consolidarse como la ciudad más extensa del altiplano maya.
El sitio fue conocido en el siglo XX como Cerro de los Muertos, nombre asignado tras el hallazgo de numerosos entierros en las primeras excavaciones. Sin embargo, investigaciones del antropólogo holandés Ruud van Akkeren, que cruzan arqueología, iconografía, etnohistoria y tradición oral, apuntan a que su nombre original fue Cerro de Maguey.
La planta tuvo un valor económico y simbólico, asociada a linajes y a una deidad ancestral vinculada al cerro y al territorio. La figura del Ajaw Foliado, identificada por su tocado y parecida a pencas de maguey, refuerza esta lectura desde la historia.
Construcción
Kaminaljuyú desarrolló una arquitectura singular en el mundo maya, marcada por el uso de materiales locales y soluciones adaptadas al entorno. La ciudad estuvo organizada alrededor de plazas, patios y plataformas, donde se hacían ceremonias públicas y concentraciones colectivas.
Sus edificios fueron levantados con barro, talpetate, adobe y piedra pómez, materiales que definieron una estética distinta a la de otros centros mayas. Como explicó Zulema Zambrano, administradora del parque arqueológico, “aquí no va a encontrar edificios monumentales como en otros sitios, porque el material que se utilizó fue barro con piedra pómez, que era lo que se tenía más a la mano”.
Pese a su aparente fragilidad, estas estructuras han demostrado una resistencia notable a lo largo de los siglos. Zambrano señaló que la ciudad no estuvo gobernada por reyes, sino por élites, cuya memoria era borrada de manera simbólica al finalizar su mandato.
Los edificios se cubrían para levantar construcciones encima, dando lugar a una ciudad edificada en capas sucesivas. Este patrón explica la superposición de siete etapas constructivas que pueden reconocerse en el parque.
Cubrieron montículos
Con la llegada de los españoles y, siglos después, con el traslado de la capital al Valle de la Ermita, comenzó un proceso acelerado de destrucción. Grandes obras urbanas, reutilización de materiales prehispánicos y crecimiento incontrolado de la ciudad cubrieron montículos, plazas y sistemas hidráulicos.
De los más de 200 edificios registrados en el siglo XX, sobreviven apenas algunos núcleos. “Kaminaljuyú está debajo de las zonas 7 y 11, todo quedó enterrado con el crecimiento urbano”, afirmó Zambrano.
Pulmón verde rodeado de concreto

Lo que hoy se conserva, funciona como un espacio arqueológico, natural y ceremonial.
Todos los días se practican ceremonias mayas en sus altares y el sitio recibe visitantes durante todo el año.
Desde el aire, el parque se percibe como un pulmón verde rodeado de concreto.
En medio del ruido de la ciudad, Kaminaljuyú, tiene su ingreso en la 11 calle 25-50, zona 7, colonia Kaminal Juyú I, capital, sigue recordando que la historia de Guatemala no comenzó con la Colonia, sino mucho antes, cuando este valle ya era ciudad, mercado y centro sagrado.











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