La Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC) conmemora 350 años de historia que sigue en constante construcción. Más allá de cualquier debate, resulta innegable que se trata de una de las instituciones más relevantes del país y cuyo papel en distintos momentos históricos ha sido determinante.
Sin embargo, al retroceder aún más en el tiempo, emerge un proceso previo de al menos 120 años de lucha por el acceso a la educación superior en la provincia, un recorrido que terminó por consolidar a la USAC como una de las universidades más antiguas del continente.

Hoy, al abordar un proceso histórico de aproximadamente 470 años, asociado a la Universidad de San Carlos de Guatemala, presentamos un repaso por su trayectoria e incidencia.
Cuando la Universidad de San Carlos de Borromeo fue fundada en 1676, la educación superior en América ya tenía una larga trayectoria. Desde Santo Domingo, Lima y México, el modelo universitario europeo se había instalado en los principales centros coloniales como parte de un mismo proyecto de organización del territorio y del poder.
En ese contexto, la creación de la Usac no fue un hecho aislado. Según el historiador Óscar Peláez Almengor, del Centro de Estudios Urbanos y Regionales (CEUR) de la USAC, tras la conquista militar se abrió una etapa que algunos especialistas llaman la “reconquista de Indias”.
Reproducía el modelo
Frente a los abusos y desorden inicial, la Corona entendió que el control no podía sostenerse solo por la fuerza y optó por una conquista administrativa y legal.
Esa estrategia se apoyó en la formación de letrados capaces de aplicar las leyes, un saber excepcional en la época. Como señala Peláez Almengor, “era más fácil formar aquí a personas que supieran leer, escribir y manejar las leyes”. Así, las universidades surgieron como espacios clave para reproducir, a escala local, el modelo político, jurídico y cultural de la metrópoli.
Esta idea dialoga con lo planteado por el historiador Leslie Bethell, quien sostiene que las ciudades americanas no fueron simples extensiones subordinadas, sino lugares donde se “interiorizó” el proyecto metropolitano español.

En ellas se concentraron la burocracia, los tribunales, la Iglesia y la universidad, concebidas para organizar y legitimar el orden colonial.
En el Reino de Guatemala ese proceso se materializó con la fundación de la Universidad de San Carlos, el 31 de enero de 1676 por cédula real del rey Carlos II e inspirada en el modelo de Universidad de Salamanca, pensada para formar clero y burócratas, con el Derecho como eje central.
En ese contexto, la institución se consolidó como la primera universidad de Centroamérica y como parte de una red continental de saber y poder.
Con el paso del tiempo, especialmente a partir del siglo XX, la Universidad trascendería su origen colonial para convertirse en un espacio de disputa, pensamiento crítico y resistencia, una de las pocas instituciones
nacidas en la época colonial que logró reinventarse y mantenerse vigente.
Toma forma
Comprendido el contexto de su gestación, la consolidación formal de la universidad se dio con la Real Cédula de 1676. Según el historiador Augusto Cazali Águila, exdirector de la Escuela de Historia, este documento no solo autorizó la fundación de la Universidad de San Carlos de Guatemala, sino que reconoció un proceso colectivo sostenido por más de un siglo de gestiones.
La Real Cédula constituyó su base jurídica y ordenó su establecimiento inmediato en el Colegio de Santo Tomás de Aquino, en 1a. avenida Norte, La Antigua Guatemala, con siete cátedras iniciales: teología escolástica, teología moral, cánones, leyes, medicina y dos de lenguas.

Pero el proyecto había comenzado mucho antes. El 1 de agosto de 1548, Francisco Marroquín solicitó al rey de España la creación de una institución de educación superior en Guatemala. Entre 1554 y 1671, como documenta José Mata Gavidia en el texto Fundación de la Universidad de San Carlos de Guatemala, esta petición se reiteró al menos 21 veces, con el respaldo de la Real Audiencia, el episcopado, los cabildos y los procuradores de la ciudad ante el Consejo de Indias.
En 1563, Marroquín envió su última solicitud a la Corona y dejó previsto en su testamento el establecimiento del Colegio de Santo Tomás de Aquino, al que destinó recursos y tierras en el valle de Jocotenango.
A mediados del siglo XVII, las donaciones de Pedro Crespo Suárez y de Sancho de Barahona con su esposa permitieron financiar las primeras cátedras, mientras que en 1659 el obispo Payo Enríquez de Rivera insistió ante el rey Carlos II en la necesidad de fundar una universidad en el Reino de Guatemala.

El impulso decisivo llegó en la década de 1670. En 1673 se organizó una junta para planificar la fundación y el 31 de enero de 1676, Carlos II promulgó la Real Cédula que dio origen a la Universidad de San Carlos, inspirada en modelos de la casa superior de Salamanca, Alcalá y Valladolid.
Ante la insuficiencia de los aportes privados, la Corona completó el presupuesto mediante una pensión real.
Tras diversas dificultades administrativas, las clases iniciaron oficialmente el 7 de enero de 1681, con alrededor de 60 estudiantes.
Sin embargo, el acceso respondió a las limitaciones del orden colonial. Almengor señala que la universidad estuvo reservada principalmente a criollos y religiosos y que, aunque hubo algunas excepciones, “en general, no entraban indígenas; hubo algunos nativos que se colaron, pero no era la regla”. Entre esas excepciones destaca Tomás Pech, que llegó a ser doctor en leyes y catedrático.
Del convento al campus
La universidad ocupó, desde sus inicios, espacios que no habían sido pensados para la educación superior, pues su origen respondió a un proyecto colonial de organización del poder.
En Santiago de Guatemala, hoy La Antigua Guatemala, funcionó en conventos y casas adaptadas, como el de Santo Domingo y la Casa de Alcántara, donde se impartían cátedras de teología, derecho y medicina, integradas al orden religioso y administrativo, sin contar aún con una arquitectura universitaria propia.
No, yo no voy a dejar a mis compañeros, pase lo que pase yo sigo adelante, me tienen que matar para callarme”
Oliverio Castañeda de León
Tras los terremotos de 1773 y el traslado de la capital, la universidad se estableció en la Nueva Guatemala de la Asunción y, desde 1779, tuvo su sede principal en el edificio de la 9a. avenida Sur y 10a. calle del Centro Histórico, hoy Museo de la Universidad de San Carlos, frente al Congreso.
Aunque este inmueble se convirtió en su principal referencia institucional durante casi dos siglos, la vida académica continuó dispersa. A lo largo del siglo XIX y buena parte del XX, las facultades funcionaron en distintos puntos de la ciudad, con Derecho en la sede central, Medicina en el Paraninfo Universitario y otras carreras en espacios compartidos, alquilados o adaptados, reflejando una universidad fragmentada tanto en lo físico como en lo conceptual.
Esa dispersión se acentuó con el modelo universitario heredado de la Reforma Liberal de 1871, que volvió a las facultades casi autónomas y debilitó la noción de comunidad universitaria.

Frente a ese panorama, el primer rector Carlos Martínez Durán (1945-1950) impulsó la construcción de la Ciudad Universitaria como un proyecto de sentido humanista.
Como explica Almengor, la unificación de las escuelas no fue solo una decisión arquitectónica, sino una apuesta ética e intelectual por reconstruir el tejido universitario, promover el diálogo entre disciplinas y formar profesionales con una base humanista común, en un contexto marcado por la posguerra mundial y la creciente deshumanización de la técnica.
La inauguración de la Ciudad Universitaria en 1961 dio inicio a un proceso gradual de concentración de las facultades en la zona 12 de la capital. Durante las décadas siguientes, diversas carreras se trasladaron al campus central, en una obra concebida bajo los principios del modernismo arquitectónico y posible gracias a la autonomía universitaria.
Más que un conjunto de edificios, la Ciudad Universitaria terminó por consolidarse como la expresión de un quiebre histórico que permitió a la Universidad de San Carlos repensarse más allá de su origen colonial y fragmentación liberal.

Revolución del 1944
Durante más de un siglo la Universidad de San Carlos mantuvo una relación conflictiva con el poder político, su vida institucional marcada por cierres, reformas impuestas y constantes intervenciones del Estado, que la suprimieron, fragmentaron o reorganizaron según las coyunturas de turno.
Las reformas liberales debilitaron la noción de comunidad universitaria al separar sus facultades, y las dictaduras de Manuel Estrada Cabrera y Jorge Ubico profundizaron ese control al permitir la designación presidencial de autoridades y la militarización del sistema educativo.
En ese contexto, estudiantes y docentes sostuvieron a la universidad como un espacio de pensamiento crítico y resistencia intelectual. Ese proceso encontró un punto de quiebre en 1943, con la reorganización de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU), cuyo activismo cultural y político devolvió al debate público una demanda largamente postergada: la autonomía universitaria.
Tras la Revolución de Octubre de 1944, ese reclamo se concretó rápidamente. Semanas después del derrocamiento de Federico Ponce Vaides, el Decreto Número 12 reconoció a la Universidad de San Carlos como una institución autónoma, con personalidad jurídica y libertad para cumplir su misión académica y cultural.

Movimiento estudiantil
La autonomía abrió una etapa de profundas transformaciones, marcada por la expansión académica, incorporación de nuevos sectores sociales y creación de nuevas facultades, como la de Humanidades en 1945.
Al mismo tiempo, la experiencia de 1944 dejó instalada una forma de acción colectiva que trascendió ese momento histórico. Como apunta Ricardo Sáenz en Oliverio, —una biografía del secretario general de la AEU, 1978-1979—“aún después de la caída de Árbenz y bajo la prohibición de la organización social, los estudiantes y trabajadores continuaron manifestando su descontento”.
No fue un camino exento de violencia, persecuciones y ataques, pero la universidad logró mantenerse como un espacio crítico y plural, desde el cual el movimiento estudiantil asumiría, en los años siguientes, un papel central como una de las voces del pueblo en la vida pública del país.
Desde sus orígenes, el movimiento estudiantil universitario estuvo estrechamente vinculado a los momentos de crisis política nacional. A lo largo del siglo XX, y particularmente a través de la AEU, la USAC se convirtió en un espacio donde confluyeron demandas sociales más amplias, visibles en episodios como la lucha contra la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, la caída de Jorge Ubico y Ponce Vaides en 1944, las Jornadas de marzo y abril de 1962 (definidas como el “renacimiento de la rebeldía popular”) y las movilizaciones contra la corrupción, el fraude electoral y alza al pasaje urbano.
En esos momentos, la universidad no habló solo por sí misma, sino que amplificó reclamos compartidos por diversos sectores sociales. Esa visibilidad tuvo un alto costo. De acuerdo con el investigador Paul Kobrak, entre 1954 y 1996, la Universidad de San Carlos fue golpeada de manera sistemática por los aparatos represivos del Estado, con cientos de estudiantes asesinados o desaparecidos.
El asesinato de Oliverio Castañeda de León en 1978 marcó uno de los episodios más duros, seguido por secuestros y ejecuciones de dirigentes estudiantiles. Aun así, el movimiento logró recomponerse tras cada embate, se adaptó incluso a formas semiclandestinas de organización para sostener su presencia pública.
El secuestro y asesinato de los llamados mártires estudiantiles en 1989 volvió a evidenciar el intento de silenciar a una universidad que había asumido un papel incómodo.
Según la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, la represión buscaba “desarticular el movimiento que impulsaba la reforma universitaria promovida por estudiantes, trabajadores y docentes”.
Lejos de anularla, estos golpes reforzaron la idea de la USAC como un espacio de representación social, sostenido por generaciones de jóvenes que encontraron en el movimiento estudiantil no solo una forma de organización, sino una manera de darle voz a un descontento que desbordaba los muros universitarios.
El presente
La Universidad de San Carlos de Guatemala atraviesa una de las crisis más complejas de su historia reciente, en un contexto donde su peso institucional trasciende el ámbito académico.
Desde la Constitución de 1985, la USAC adquirió una influencia poco común en la región al participar en más de 40 instancias clave del Estado, entre ellas las comisiones de postulación del sistema de justicia, el Tribunal Supremo Electoral, el Ministerio Público y la Contraloría General de Cuentas.
Esa presencia la convirtió en un espacio altamente disputado por intereses políticos y económicos que, con el tiempo, han desdibujado su función educativa y abierto la puerta a prácticas de cooptación y corrupción.
El punto de mayor tensión se produjo con la elección del rector para el período 2022-2026, marcada por la anulación de cuerpos electorales, resoluciones judiciales que vulneraron la autonomía universitaria y una toma de posesión fuera del recinto sancarlista.
Frente a ello, sectores estudiantiles respondieron con acciones de resistencia, como la ocupación del Museo de la Universidad de San Carlos, en un intento por frenar lo que consideraron un fraude.
El clima se agravó con hechos de violencia y persecución contra opositores. El asesinato del universitario Edy Josué Romero elevó las alarmas, en un contexto en el que, como advirtió Osmín Pineda, representante ante el Consejo Superior Universitario, “la oposición que uno ejerce tiene consecuencias”.
Pese a esta crisis, la Universidad mantiene una dimensión social difícil de ignorar. Es la única pública del país, con más de 200 mil estudiantes activos, 41 unidades académicas y una oferta que supera las 400 carreras de pregrado, grado y posgrado.
Su presencia se extiende a todo el territorio nacional a través de cinco Centros Universitarios Regionales y uno Metropolitano, creados en buena medida tras el terremoto de 1976 y que según explica Peláez, tienen como base una lógica de desarrollo técnico y productivo adaptada a cada región.
Desde Occidente y el Norte hasta el Sur y el Oriente del país, estos centros siguen siendo una vía fundamental de acceso a la educación superior para jóvenes que, de otro modo, quedarían excluidos.
Esa amplitud explica por qué, incluso en medio del desgaste institucional, la universidad conserva un fuerte valor simbólico. Para Camila Cano, estudiante de Comunicación, la USAC sigue siendo “una universidad con memoria histórica”, mientras otros alumnos la describen como una institución en decadencia, atravesada por intereses políticos, pero aún indispensable.
Entre tensiones, desencanto y resistencia, la Universidad de San Carlos continúa siendo un reflejo de las disputas en el país y, para muchos, una voz que sigue intentando representar a quienes históricamente han tenido menos espacios para ser escuchados.
Hoy, con 350 años de su fundación formal, la USAC vuelve a mostrar que su vigencia no depende solo de su antigüedad, sino de la capacidad de su comunidad para defenderla, cuestionarla y resignificarla frente a cada crisis.
Más que un legado cerrado, la universidad es un espacio en disputa, donde el pasado pesa, pero no determina, y donde el futuro continúa escribiéndose desde las aulas, las calles y la resistencia cotidiana.











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