28/08/09

El minirrelato y un triciclo

LA LITERATURA ES LA MÁS LIBRE DE LAS CREACIONES HUMANAS.

Rodolfo Arévalo

Hace pocos días, en julio de este año, salió de la editorial F&G un interesante libro de Ottmar Ette, Del macrocosmos al microrrelato, literatura y creación-nuevas perspectivas transreales. En este pequeño tratado del microrrelato nos devuelve el encanto de los grandes comentadores literarios, no críticos, sino esa otra especie menos abundante de estudiosos de la literatura que nos aclaran los límites y los esfuerzos de la creación para tratar de comprender este universo en expansión.

Ette parte de la antigua visión del macrocosmos y éste como la ambición final del creador: hacer o captar el macrocosmos, la que podríamos llamar la ambición borgiana. Luego demuestra que el microrrelato es el que más cerca está de lograrlo porque no se podría reducir tanto el mundo narrado sino se tuviera la garantía de la representación total en el sentido literal de la palabra, en manos del yo del escritor. En este punto podríamos tener una discusión sobre el yo del autor, o el nos del autor o la ausencia de identidad. Pero Ette parte de esa concepción para implicar muchas otras ideas que vienen aparejadas a la singularidad del macrocosmos. Dice: La escritura se convierte aquí en sello de la creación, en signo de ese pacto demiúrgico, que ha firmado la literatura con aquella conciencia universal que la distingue desde los primeros versos de la epopeya del Gilgamesh –mitología de los pueblos de la Mesopotamia–, de todas las demás formas de cognición. Y refuerza esto con densos estudios, en uno de sus párrafos dice también algo relacionado con el microrrelato, aquellos que no pasan de una página, y que demuestran la libertad de la literatura frente a otros logos, subrayando su arbitrariedad, que se ve en los relatos breves. Leamos: El destino único de la literatura radica en esta milenaria determinación de estar vinculada con todo desde el comienzo mismo y sin posibilidad de ser aprisionada en una disciplina; de ser una creación vivida y experimentada y asimismo experimentable, que se siente comprometida con y unida a la totalidad, a lo trascendental de la comedia de la vida humana.

Tres cuentos de cuentos de Juan Calles

Descripción de una fotografía que vi en la sala de la Ministra de Educación

Hay una escalera en medio de una playa de arena volcánica, el mar apenas susurra las olas, el viento desacomoda el pelo de quince niños que miran hacia el extremo superior de la escalera que parece flotar sobre arena volcánica.

Un relámpago corta el cielo en dos, la copia mimeografiada de un discurso político está tirada cerca de los pies descalzos de los niños. Casi fuera de cuadro, un tomo de la Reforma Educativa está por desaparecer enterrado en la arena gris, casi negra.

En el extremo superior de la escalera hay un cartelito que dice:  (–) futuro.

Epicurofobia

Muy seria y arrugando las cejas la psicóloga afirmó: “esta sociedad está enferma”, los alumnos, nada epicúreos ellos, corrieron a fotocopiar el recorte de periódico en donde publicaron las declaraciones de su docta maestra. Ninguna cartelera de la facultad quedó sin una copia.

Al siguiente día, asombrados descubrieron que al titular en donde se destacaban las brillantes palabras de la ilustre catedrática, alguien agregó con letras garrapateadas, “de epicurofobia”, furiosos y avergonzados los atentos alumnos corrieron a buscar un diccionario de psicología y uno de filosofía, como no hallaron explicación alguna, decidieron en consenso que no importaba lo que un ignorante pensara o escribiera o dijera.

Silvia

Caminaba hacía la iglesia, tenía esa medieval costumbre. Hacía dos días, en un arrebato idiota, le escribí un poema. Tenía que dárselo. Sólo así me quitaría el ardor de las manos, de los sentidos, sólo así ese ridículo pedazo de papel dejaría de pesarme tanto en la bolsa del pantalón.

Me paré frente a ella y le extendí el arrugado papel frente a la cara. Sin decir nada, lo tomó, lo leyó y levantó la vista directo a mis ojos; rió, esa sonrisa aún me pesa; apretó el papel en su mano derecha sudorosa. La tinta se desprendió del papel y se pegó a la piel de la palma de su mano; las letras, ya con vida propia, buscaron los poros de sus manos empapadas, se incrustaron en el torrente sanguíneo hasta llegar a su garganta, allí se amontonaron hasta impedir su respiración. Abrió la boca desmesuradamente, trataba de halar aire pero era imposible, mis letras se ensanchaban en su tráquea y ella empezaba a ponerse morada. La vi caer con los ojos muy abiertos, llenos de muerte.

Caminé de regreso a mi casa, con la certeza de haber encontrado mi vocación. Ahora escribiría un poema para mi madre.



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