13/07/09

BANRURAL, experiencias de un nuevo paradigma de banca para el
EL DESARROLLO

Es un caso particular entre las entidades financieras de desarrollo latinoamericanas. Se fundó sobre criterios modernos y sus resultados son la muestra de su éxito.

Agustín Ortiz

“Es un changarrito, pero me da de comer”, dice don Julio Coronado, al describir su negocio, que pudo iniciar hace once años con créditos de Banrural.

Casi no ha parado desde que abrió el local a las 7:00 horas. Camina entre estantes y una amalgama de olores a grasas y óxido, buscando algo, guiado por una lista que compara con frecuencia con unos pequeños rótulos en papel fluorescente. ¡Ring!, ¡ring!, ¡ring…! No espera que el teléfono suene una vez más: “¡Repuestos Don Julio, a la orden!”

De la gravedad de su voz emerge un tono de amabilidad para el que está al otro lado del auricular. “¡Sí, claro que lo tenemos! Con mucho gusto; yo se lo envío. ¿Le repito el número de cuenta?”. El diálogo no dura más de cinco minutos. La búsqueda continúa y la lista se acorta con cada tachón.

Julio Coronado tiene ese genio amigable desde que comienza a platicar. El local en que se mueve no es muy grande. “Es un changarrito, pero aquí está”, dice emocionado. Hace poco más de diez años que comenzó con su negocio de venta de repuestos para carros livianos, en su natal Huehuetenango, cabecera departamental.

Ixcán se ubica a 374 kilómetros de la capital, antes de 1998, ahí funcionaba una sucursal de Bandesa. En este remoto municipio hoy funcionan dos agencias de Banrural.

Durante 33 años, don Julio, como mejor lo conocen, trabajó en diferentes empresas. A los 48 años optó por retirarse; pensó en inver­-
tir lo que recibió por el tiempo laborado para iniciar su propia empresa, mas no era suficiente. Alguien le habló de un “nuevo banco”, y empeñado con la idea, no dudó en buscar asistencia crediticia.

“Fue la primera vez que pedí un préstamo”, recuerda, “y me abrieron las puertas”, agrega. Corría 1998 y hacía apenas unos meses que el Banco de Desarrollo Rural (Banrural) nació de la transformación del estatal Banco Nacional de Desarrollo Agrícola (Bandesa), que funcionaba desde 1970, y en sus últimos años estaba al borde de la quiebra.

En el otro extremo...

A 581 kilómetros de don Julio, en Playa Grande, cabecera municipal de Ixcán, Quiché, el sol ha despuntado las crestas somnolientas en la lejanía. El ruido de los motores y el chasquido de las piedras al chocar contra las llantas, vaticinan un buen día. El polvo de las calles balastradas viaja a todas direcciones.

“¡Cobán, Cobán, Salacuim!” “¡Cobán, Cobán, Chisec!”, una tempranera disputa de pasajes se oye en coro disparejo no muy lejos. Pablo Santay tira del portón enrollable, la fuerza de gravedad cede al son de un chirrido metálico… en la penumbra del cuarto, un pequeño escritorio, un teléfono y una pila de papeles completan la oficina.

Santay lleva más de once años en el negocio de operador de cable para televisión en la región. En los últimos cinco años, la zona urbana del municipio ha venido en crecimiento y con ello la electrificación de los hogares. Para mantenerse en el mercado, la empresa debía crecer al mismo ritmo.

Había iniciado la pequeña empresa asistido por los préstamos de Bandesa, que no obstante eran limitados. “Era el único banco que había aquí”, afirma. Y es que antes de 1998, llegar a Ixcán era una epopeya; se entraba en camiones o vehículos de doble transición, en un recorrido hasta de doce horas.

“¿Quién no le debe a Banrural?”

Bandesa se creó de la fusión del Instituto para el Fomento de la Producción (Infop), instituido durante el gobierno de la Revolución, y el estatal Banco Nacional Agrario, y durante casi tres décadas fue la entidad financiera más importante para el pequeño productor rural, que la banca tradicional no calificaba como sujeto de crédito.

El documento de trabajo El papel de los bancos de desarrollo agrícola en el acceso al crédito rural, presentado en la Asamblea Anual de Gobernadores del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 2002, describe que en Guatemala, hasta 1996, la asistencia financiera del Estado al sector agropecuario recaía en Bandesa.

Este banco contaba con unas 70 sucursales en todo el país, pero uno de los mayores problemas que enfrentaba era su limitada base tecnológica. “Para cobrar un cheque tenían que confirmar por radio si tenía fondo; por un préstamo, a veces había que viajar hasta Fray (Bartolomé de las Casas, Alta Verapaz)”, rememora Santay.

El mismo informe señala que ese año Bandesa “operaba más que como un banco, como una institución que otorgaba crédito subsidiado”. Sus activos totales ascendían a unos US$90 millones; su cartera crediticia se estimaba en US$38.5 millones, con el 76% de ella vencida (en mora), y sus depósitos llegaban a US$64 millones.

Afloró la necesidad del rediseño de Bandesa. Diversos sectores de la sociedad fueron convocados a participar en proceso de transformación, que hacía cinco años se discutía; surgieron varias propuestas, entre éstas, la más fuerte y mayor respaldada por los organismos multilaterales, era la de su privatización, o en su defecto, su liquidación.

... y nació banrural

En 1997, el Congreso aprueba el decreto 57-97, Ley de Transformación del Banco Nacional de Desarrollo Agrícola, la que estableció que, conservando su personalidad jurídica, se convierte en un banco de capital mixto, organizado como sociedad anónima con el nombre comercial de Banco de Desarrollo Rural.

Banrural había nacido, y apenas un tiempo después, personas como don Julio o Pablo Santay, emprenduristas; micro y medianos empresarios, pequeños artesanos, campesinos; mujeres organizadas, indígenas, cooperativistas, trabajadores, hasta entonces al margen del crédito bancario, se habrían campo en ese mercado.

Y no sólo como usuarios del crédito, sino también para participar como inversionistas de la nueva institución financiera, mediante la compra de acciones. “Platicábamos y me daban ideas sobre el negocio, pero hace ocho años me hablaron de cómo podía ser accionista, algo que no había pasado por mi mente”, atestigua don Julio.

Diez años más tarde, en el libro Banca de desarrollo para el agro: experiencias en curso en América Latina, editado en 2007 por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP), se dice “Banrural es un caso particular entre las entidades financieras rurales –su creación se basó en criterios muy modernos, y hoy es el banco más rentable–, pero sobre todo porque es un ejemplo de un nuevo concepto de banca de desarrollo”.

El superintendente de Bancos Edgar Barquín, lo define como “el más democrático, mejor capitalizado y más rentable”, al referirse a sus más de 9 millones de accionistas; los Q24.7 millones en activos, los Q8.1 millones en inversiones y disponibilidades; una cartera crediticia de Q15.3 millones, captaciones del público por Q20.3 millones, y utilidades por Q249 millones.

Buenos Amigos

“¡Gracias por su compra!”. Don Julio se apresura a acompañar al cliente hasta la puerta. El teléfono suena de nuevo. De Jacaltenango, piden que se les envíe en el bus que viaja al lugar, un par de pastillas de freno. A media cuadra está Banrural, en menos de cinco minutos el cajero automático confirma un depósito; el encargo se despacha.

Don Julio ha hecho dos viajes a la terminal de buses de Huehuetenango, que le queda a pocas cuadras. En su motocicleta carga con los paquetes, los sube en el bus que lo llevará a su destino. “Nos hemos hecho un nombre”, refiere en alusión al crecimiento del negocio, que asocia con el acceso al refinanciamiento de Banrural.

El día se ha ido; Santay termina de cuadrar las cifras. Sus empleados concluyen una jornada de cobros. Una de las dos sucursales de Banrural en ese municipio está a pocas cuadras, el dinero de hoy se acredita a una cuenta. “Yo no manejo efectivo, ni para pagarle a mis trabajadores, todo se hace por medio del banco”, revela.

En Ixcán, la industria del cable es aún incipiente; de una década para acá poco ha avanzado la urbanización. Pero a ese ritmo “hoy fue un buen día”. El movimiento comercial aminora. Santay sale a la calle con las manos entre los bolsillos; suspira… “Mañana será un nuevo día”.

Lo que hace la diferencia

Banrural revolucionó la banca de desarrollo. Es una entidad privada, de capital mixto, con limitada participación del Estado.

En Banrural, el Estado puede participar de hasta un 30 por ciento de las acciones, el resto se divide en conjunto de actores privados. Este modelo permite que cada tipo de accionista elija a sus directores y que el directorio mantenga una composición representativa, propiciando a una negociación permanente.

La prioridad de Banrural es el apoyo a la microempresa, mediante el estímulo y la facilitación crediticia y del ahorro agrícola, industrial, comercial y de servicios, complementada con servicios de asistencia técnica y capacitación gerencial, lo que para Carlos González, analista de la Asociación de Investigación y Estudios Sociales (Asies), hace diferente al resto de bancos del país.

De acuerdo al estudio del IEP, el diseño de Banrural tiene como peculiaridad el concepto “extremadamente moderno” de lo que es un banco de desarrollo, si se toma en cuenta la época en que se creó. “Recogió muy tempranamente varios de los consensos que hoy vemos sobre las finanzas rurales; asimismo, asumió importantes lecciones de la revolución microfinanciera”, describe.

Se menciona que tomó la idea de los cajeros con identificación biométrica e indicaciones en distintos idiomas mayas de la experiencia boliviana; apostó por una mayor cobertura nacional a partir de práctica colombiana; y de la banca panameña recogió la noción del conjunto accionario segmentado y dividido en grupos.

Un amplio portafolio

Según la Ley de Transformación del Banco Nacional de Desarrollo Agrícola, Banrural tiene como objeto principal “promover el desarrollo económico y social del área rural del país, mediante el estímulo y facilitación del ahorro, la asistencia crediticia, la prestación de otros servicios financieros y auxiliares de crédito a las cooperativas, organizaciones no gubernamentales, asociaciones campesinas, micro, pequeños y medianos empresarios”.

Además de las operaciones bancarias, financieras y de confianza, que incluyen las referidas a banca comercial, hipotecaria y de inversión, también realiza transferencias de fondos, cobranza de servicios, pago de planillas del gobierno, recibe pago de impuestos y maneja fideicomisos.

Democratizando la banca

Banrural es pionero en la instalación de cajeros multilingües con identificación biométrica (a través de la huella digital), que dan instrucciones orales a los clientes en el idioma registrado para cada uno. Durante cualquier transacción, el individuo coloca su dedo en el hardware para verificar su identidad, lo que también impide, que otras personas hagan retiros.

Más allá de usar las huellas digitales como mecanismos de seguridad, este tipo de cajeros automáticos permite el acceso a personas analfabetas y maya hablantes a los servicios bancarios formales, entre éstos, el flujo de las remesas familiares. En un país donde el 50 por ciento de la población es indígena y el analfabetismo alcanza un 47% entre ésta, el cometido de Banrural es coherente con la realidad.

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