*Vania Vargas// Han pasado ya algunos años de la generación del Cable, la música en video, las luchas por reclamar espacios públicos, las bandas de rock. Nacieron, se multiplicaron y con la misma rapidez pasaron a engrosar la pasividad de las nostalgias frente a la ubicuidad de Internet, la información inmediata, el aislamiento en el que se desarrolla la nueva interacción social, la música comprimida, los celulares inteligentes, la cada vez más vívida narración de los videojuegos. ¿Cuánto se ha alcanzado en tan poco tiempo? nos preguntamos, y las respuestas caminan con la rapidez de un segundero.

 


¿Cuánto está en riesgo?...
Cuando el escritor Mario Roberto Morales ingresó a la Academia de la Lengua, en su exposición partió del panorama de ese momento, que era el desarrollo de lo que somos hoy, y delineó a esa generación a la que la velocidad de la tecnología le estaba marcando el paso: y cito “se trata de una cultura audiovisual de entretenimiento hedonista que ha provocado que las juventudes padezcan una incapacidad para leer y manejar el código letrado”, “jóvenes adictos a los videojuegos y las formas virtuales de entretenimiento”. “Jóvenes incapaces de enfocar y mantener la atención por un tiempo prolongado”, “…porque la sucesión de significados, por medio de la palabra escrita, es demasiado lenta comparada con la sucesión de imágenes en un texto audiovisual que es más fácil de procesar cerebralmente porque los hace sentir primero y pensar después, en cambio el texto escrito hay que pensarlo y decodificarlo antes”. Eso aunado a “la contaminación, desarticulación y desintegración del lenguaje” resultantes.


En este panorama apocalíptico es en el que crece y se desenvuelve Martín Díaz Valdés, un escritor quetzalteco, artista visual y titiritero que, desde 1992, cuando le obsequiaron su primer Nintendo, cada vez que puede se receta jornadas de encierro individual o colectivo, viajes virtuales que pueden durar de dos a ocho horas por diversas rutas que han variado con los años y van desde los Super Mario, las Tortugas Ninja para Nintendo, Gears of war; The Legend of Zelda, la Ocarina of Time y Red dead redemption. Rutas que le han permitido, como los libros y las películas, vivir otras vidas, pero no por medio de la empatía, sino desde el vértigo de la interacción de la primera persona, dentro de una narrativa que multiplica también la velocidad, el sonido, las sensaciones y la adrenalina desde la pasividad.


La importancia de este contexto eminentemente audiovisual radica en que es a partir de él, de su velocidad, su intensidad, su hedonismo, que Martín Díaz Valdés emprende un camino de vuelta hacia el código letrado para matizarlo y enriquecerlo con la fluidez, el bombardeo de imágenes, la flexibilidad, el idioma y las estructuras de lo visual. El resultado es este primer libro de cuentos publicado por Editorial Cultura: “Escolopendra”. He aquí su primera transmutación.


A mediados de la década de los 90, cuando los jóvenes que habían vivido los últimos años de la guerra y la transición hacia la paz tomaron el espacio público y editorial en Guatemala, empezaron a echar mano de las herramientas de lo visual. Lecturas de poesía en las que se incluía música e imágenes cinematográficas, libros que partían de la brevedad y el ingenio del lenguaje de la publicidad, de lo bizarro del cine Pulp, de los cómics. En 1998, el escritor Julio Calvo Drago ganó el premio único de narrativa breve de elPeriódico y Bancafé con una historia que sacudió los estándares del relato en Guatemala, el “Megadroide Morfo contra el Samurai maldito”, en la que echa mano del Manga, su acción y los códigos cibernéticos para entrelazar historias violentas que suceden en paralelo en la realidad virtual y la cotidianidad guatemalteca.

Por esos años aparecerá también el cuento titulado “Combate virtual” de Francisco Alejandro Méndez, un relato de acción cuya estructura y características quedan justificadas desde el título hasta el final como eso: ficción virtual. El caso de la narrativa de Martín Díaz Valdés es diferente porque en ella no existe la línea divisoria. No se trata de una separación de realidades, más bien, la velocidad, la acción, la violencia, la confusión, la flexibilidad del videojuego son las que estructuran las historias en pleno y dan como resultado realidades extraordinarias sin justificación, porque nadie está al mando de los controles de una consola; dimensiones oníricas lúcidas autónomas, porque nadie está soñando ni ha necesitado del efecto psicotrópico para justificar la alteración de la realidad. Sus historias empiezan desde la más burda cotidianidad hasta el momento imperceptible en que un dedo invisible parece dar play. Así da paso a su segunda transmutación.


“Escolopendra” cambia la influencia del cine, la televisión y la publicidad de la generación que le antecede por  Internet, los documentales de YouTube y los videojuegos; cambia las drogas y el hartazgo y se queda con lo lúdico; no se esfuerza por retratar la violencia urbana, sino más bien, sus protagonistas forman parte de esa violencia, y de ella surgen, a la vez, momentos graciosos o aparece, solapado, el placer; “Escolopendra” cambia, finalmente, la brevedad que caracterizó a sus publicaciones y la transforma en un conjunto masivo (casi 200 páginas) de brevedades. Su estética es la estética del juego, de la imaginación, como en el cuento “La fila de la universidad” y en “Aprenda a leer el pensamiento de dios y utilícelo en su beneficio”. Así crea historias redondas, contundentes, que no divagan, en las que todo es acción. Textos que aluden a la verosimilitud que solo es posible en la ficción, y ahí está el juego y ahí su fuerza. Sus transmutaciones van de lo descomunal a la normalidad y viceversa. De la humanidad a la animalidad, del surgimiento sigiloso de la bestia que emerge con los celos, el miedo, el deseo, el amor o el poder, como en “Carta para sanar”, “Mambo”, “La licenciada”, “Lluvia de las nueve de la noche”, “Play” o “La muerte de Shakira”, entre otros.


Martín Díaz Valdés sabe de contar historias. La sorpresa en sus textos no golpea. Más bien va enredando al lector, lo va inmovilizando, hasta que se le saltan los ojos por el asombro. “Escolopendra” es un libro largo, como el animal al que alude, que se vale de patas breves y que puede paralizar, causar asco, miedo, extrañeza, pero ante todo, fascinación.
*Escritora

Editorial

Esta ciudad respira gracias a aquello que permanece oculto. Sus barrancos, sus siguanes, constituyen
unos pulmones formidables que dan vida y esperanza a un ambiente que por momentos pareciera devorado por el humo, el ruido, el cemento y la prisa, siempre la prisa.

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Carlos de Urrutia y Montoya

DCA, 11 de septiembre de 1933.- El 28 de marzo de 1818, José de Bustamante hizo entrega del cargo de presidente, gobernador y capitán general del Reino de Guatemala, a don Carlos de Urrutia Montoya y Hernández Matos James, Caballero Gran Cruz de la Orden de San Hermenegildo con grado de teniente en el ejército español. El nuevo funcionario Veló por la seguridad del vecindario, creando rondas de policía a los que la ironía de los guatemaltecos llamó “enchamarrados” y emitió bandos como el  siguiente:

“Que nadie profiera, diga o cante de noche ni de día, en las calles, plazas y lugares públicos, palabras sucias, deshonestas y maldicientes; los Alcaldes de barrio quedan obligados a presentar listas secretas de personas que en el suyo respectivo vivan amancebadas; se prohíben ensayos de bailes de noche y a puerta cerrada, entre las personas de ambos sexos;  ninguna persona andará por las calles después de las diez de la noche a no ser de urgente necesidad; después de las oraciones, nadie podrá pararse embozado en las esquinas, plazas o contornos de ella...”

Al aparecer en 1820 El Editor Constitucional, Urrutia manifestó al licenciado José Cecilio del Valle que tal impreso era para él de novedad por su atrevimiento y le encomendó publicar otro periódico a efecto de combatir ciertas ideas externadas en El Editor. Fue entonces cuando apareció El Amigo de la Patria.