Luis Guerra*

Los cambios en las tecnologías de la información y la comunicación están propiciando a su vez cambios profundos en el mercado laboral. Si muchas profesiones parecen ahora innecesarias, otras deben redefinirse para adaptarse a los nuevos tiempos. Algunas profesiones del ámbito de las ciencias sociales, en concreto las de la mediación intelectual, son un buen ejemplo de esto último.

La confusión generalizada y la falta de discriminación entre lo que solo es el acceso a los datos y el conocimiento como tal, ha llevado a muchos a pensar, erróneamente, a mi juicio, que actividades como la docencia, el periodismo o la edición ya no son necesarias: ¿qué sentido tiene la labor del docente cuando los discentes tienen acceso directo a los datos?, ¿y cómo justificar la labor del periodista cuando el ciudadano puede “conocer” directamente los hechos?, ¿son, en fin, necesarios los editores cuando cada uno puede publicar sus textos y difundirlos en la web?

En un contexto en el que las tecnologías de la comunicación propician la relación directa entre la fuente (de conocimiento, de información, de creación) y los individuos de la sociedad (en calidad de estudiantes, ciudadanos o lectores)…, ¿qué sentido tiene la mediación?

Si puedo escuchar directamente a Chomsky, argumentan mis alumnos de Lingüística, ¿para qué necesito que el profesor de Lengua me explique la gramática generativa? Si el usuario de una red social es capaz de generar y difundir una noticia, ¿para qué tengo que informarme a través de determinado medio? ¿Para qué, en fin, es necesario un sello editorial si cualquiera puede autoeditar y publicar sus textos?

 

Datos, información y conocimiento

Estos razonamientos, a mi entender, pasan por alto la diferencia existente entre datos, información y conocimiento. Si bien las tecnologías de la información y la comunicación hacen posible el acceso a los datos (la conferencia de Chomsky, los cables de Wikileaks, el poemario o la novela autoeditados), para transformarlos en información hace falta dotarlos de contexto; igual que para llegar al conocimiento hace falta interpretar la información. Son precisamente la contextualización y la interpretación las tareas de la mediación intelectual, las actividades que redefinen las profesiones a las que aludíamos arriba y las que las hacen hoy más necesarias que nunca (o tan necesarias como siempre lo han sido), en un contexto tecnológico que facilita extraordinariamente el acceso a los datos.

Contextualizar implica situar los datos en el “paisaje” en el que van a ser recibidos, darles el peso y la dimensión apropiados en relación con otros. El dato contextualizado es ya información; es decir, se convierte en un hecho “encajado” en las circunstancias y el entorno en el que se difunde. En este sentido, cuando un editor literario incluye una obra en una colección de un catálogo determinado, está dando a esa obra de creación un contexto, la está insertando en un paisaje en el que podrá leerse junto a otras que la enriquezcan y a las que a su vez pueda enriquecer. Otro ejemplo de la importancia que puede tener la contextualización (o su ausencia) nos lo ofrecía Terry Eagleton en una entrevista que recientemente publicaba el semanario español Babelia. Señalaba en ella el pensador y ensayista británico que el fundamentalismo, cualquier fundamentalismo, es sobre todo un error de lectura, pues trata de leer los textos como si su significado fuera inmutable, ajeno al entorno que los recibe, cuando precisamente es propio de los signos su adaptabilidad al contexto, su posibilidad de integrarse en situaciones nuevas.

La información interpretada se convierte en conocimiento. Interpretar es, pues, dar sentido a las informaciones, formarse un juicio razonado sobre unos hechos determinados. Lo propio de una ciudadanía formada es esta capacidad de interpretar razonadamente la realidad. El docente (como el periodista) tiene que proporcionar el contexto de los datos y ofrecer los medios para que los estudiantes (como los receptores de los medios de comunicación) se formen su propia interpretación de ellos, con independencia de que les brinde, además, la suya propia.

Daniel Innerarity escribía hace unos años acerca de una “sociedad de intérpretes”, aludiendo a que el desafío de nuestro tiempo es “interpretar para obtener experiencias a partir de los datos”. Las ciencias humanas y sociales, para muchos prescindibles en estos tiempos, son precisamente las que se especializan en la interpretación y en la generación de sentido. Así concebidas, las profesiones de la mediación intelectual encuentran su sitio en nuestra sociedad y adquieren en ella la importancia que merecen.

*Universidad Europea de Madrid

Editorial

Mientras el físico Albert Einstein imaginaba el mundo a bordo de una escoba voladora, su esposa, Mileva Maric, calculaba. Y fue así como Mileva descubrió diamantes en el corazón de la nada. Fue así como sus datos duros dieron base matemática a lo teorizado por Einstein.

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Reseña

Carlos de Urrutia y Montoya

DCA, 11 de septiembre de 1933.- El 28 de marzo de 1818, José de Bustamante hizo entrega del cargo de presidente, gobernador y capitán general del Reino de Guatemala, a don Carlos de Urrutia Montoya y Hernández Matos James, Caballero Gran Cruz de la Orden de San Hermenegildo con grado de teniente en el ejército español. El nuevo funcionario Veló por la seguridad del vecindario, creando rondas de policía a los que la ironía de los guatemaltecos llamó “enchamarrados” y emitió bandos como el  siguiente:

“Que nadie profiera, diga o cante de noche ni de día, en las calles, plazas y lugares públicos, palabras sucias, deshonestas y maldicientes; los Alcaldes de barrio quedan obligados a presentar listas secretas de personas que en el suyo respectivo vivan amancebadas; se prohíben ensayos de bailes de noche y a puerta cerrada, entre las personas de ambos sexos;  ninguna persona andará por las calles después de las diez de la noche a no ser de urgente necesidad; después de las oraciones, nadie podrá pararse embozado en las esquinas, plazas o contornos de ella...”

Al aparecer en 1820 El Editor Constitucional, Urrutia manifestó al licenciado José Cecilio del Valle que tal impreso era para él de novedad por su atrevimiento y le encomendó publicar otro periódico a efecto de combatir ciertas ideas externadas en El Editor. Fue entonces cuando apareció El Amigo de la Patria.