Sulhema Pacheco

Empezaba 2016 y recuerdo el entusiasmo que tenías por la creación de nuevos proyectos, en los cuales ambos estábamos involucrados. Mientras tomábamos una taza de café hablábamos del nombre que tendría un nuevo centro cultural que querías poner en tu casa, donde querías invitar artistas, músicos, presentar obras de teatro y abrir una galería de arte. ¿Y yo? Como siempre atenta a lo que decías, entusiasmada mientras hablabas.

Al recordarte solo puedo pensar en la maravillosa persona con la que me tocó crecer. Recuerdo las noches en las que tenía miedo y llegabas para tranquilizarme; éramos solo dos: tú mi Papá Juanito y yo tu Mamá Juanita, apodos que inventaste para ambos. A medida que crecía, también aumentaban las cosas que aprendía de ti, especialmente el amor por el arte y por los valores que me hicieron la persona que soy ahora.

Recuerdo la alegría con la que llegabas a casa, cómo bailábamos mientras cantabas una canción que decía “tu retratito lo guardo en mi cartera, para mirarlo a la hora que yo quiera”. Al final de la canción te reías a carcajadas, contagiándome inmediatamente.

Al pensarte es inevitable la melancolía. Le haces tanta falta a mis días, extraño verte cocinar, escuchar tu risa exagerada, ver pelis los fines de semana, escuchar el ruido de tus pasos al llegar a casa... Extraño, en fin, la manera en la que me hacías reír, la incondicionalidad con la que me amabas, y no encontrarte por alguna calle de la zona 1 junto a tu bicicleta.

Nunca mentí cuando te dije que eras mi héroe. Amé cada momento a tu lado, y cada una de tus enseñanzas, y hoy solo puedo decir gracias, hermano, por tanto.
Fuera de la faceta de artista, el ser humano en ti era único. Estuviste en cada uno de los momentos importantes para mí, como mi primera entrevista de trabajo. Recuerdo que llegabas a dejarme y a traerme al trabajo; sin importar el frío que hubiera, siempre estuviste para mí.

Algunas personas piensan que el amor de tu vida lo encontrás en una pareja sentimental, yo creo que el amor de mi vida lo encontré en vos.

Hasta siempre

La última vez que nos vimos, en enero o febrero de 2016, ya no logro recordar, estábamos en el mercado. Elegías fruta y quedamos de reunirnos a tomar chocolate caliente y pan que habías traído de Xela. Te hacía feliz compartir, y ¡cómo lo disfrutábamos cada vez que nos reuníamos! A veces eran ideas, a veces sabores. ¿Te acordás la última vez que cenamos en tu casa? Era jueves, había llovido mucho, pero cuando llegamos habías preparado una hermosa velada. Compartimos paches. Se nos quedó pendiente el chocolate, querido amigo.

¿Qué decir de ti? ¿Qué decir sin que me duela? Reconozco que en los últimos tiempos no nos veíamos con la frecuencia que me hubiera gustado. Cuando nos conocimos, en Casa Roja, venías a diario, y era tan lindo pasarnos la tarde hablando de arte, de la vida, de todo lo que tenías ganas de hacer. Porque eso eras vos, la posibilidad de hablar mirándote a los ojos.

Tenías esa sutil forma de recordarnos lo lindo que es el intercambio personal, la palabra entrelazada, los silencios compartidos. Le disputabas el espacio a estos soliloquios permanentes en los que nos ensimismamos y nos invitabas a dialogar. Por aquella época, vos estabas empezando a armar el proyecto cultural “espacio 556” con gente amiga. Te juntabas los viernes con otros artistas, hombres y mujeres, y tu casa se volvía escuela, galería, espacio de intercambio, diálogos y aprendizaje. Siempre nos sentíamos bienvenidos, era tu casa, pero nos la hacías sentir nuestra. Porque eso también eras: la experiencia compartida, el enriquecerse con otras personas, con sus ideas, con sus propuestas, con ese colectivo que se armaba a tu alrededor.

Y hoy que lo pienso, creo que el arte era una excusa. Creo que lo que más te gustaba era el vínculo, aquella comunidad que fuiste forjando, porque eras casa, eras escucha, eras silencio. Y nos quedamos más solos ahora que no estás. Como escribió un amigo por aquellos días fatídicos, “nos quedó vacía la tercera”, aludiendo a tu calle, a tu casa, a tu espacio.

Siempre estabas pensando en proyectos. Cada vez que te veía me contabas una idea nueva, un camino que querías empezar. Porque eso también eras vos. Un creador permanente. Pensarte es recordar tus planes, las mil y una obras que propusiste, los viajes que realizaste para crear puentes entre artistas. Y pensarte es, además, ligarte a la libertad. Eras sin duda un ser libre. Por eso te gustaba caminar y andar en bicicleta. De hecho, muchas veces cuando pedaleo y siento la brisa golpeando en mi cara, te pienso y por un minuto creo que esa brisa sos vos, bicicleteando al lado mío, ahora que sos luz, que sos viento, que sos en el universo.

Y tus silencios, ¿qué decir de tus silencios? Eras un tipo de escuchar más que de hablar y de hacer más que de hablar. Pero lo curioso es que tus silencios siempre, siempre, fueron una invitación a dialogar.

Y no, Raúl. Pensándolo bien, me niego a pensarte en pasado. Porque estás en lo que dejaste, en quienes nos reunimos cada tanto en “tu” parque, en esa esquina que algunos decidimos restaurar en tu memoria (y nos gana la rutina y se nos van pasando los meses), estás en la defensa del uso de la bici, en las ideas locas que se nos ocurren a veces desde el arte y para la gente, como vos querías... hasta en los paches de los jueves, seguís estando, Raúl. Y nos toca tomar la posta y hacerte honor, recordarte, seguir tus luchas, pequeñas y enormes a la vez.

No quiero que me debás la tristeza; quiero recordarte con alegría, aunque ahora sea difícil, aunque me siga doliendo tu partida. Hasta donde estés, amigo, hermano, gracias por la vida que nos regalaste, por los silencios compartidos, por ser la persona que fuiste, por estas memorias a partir de las cuales nos reunimos. Hasta siempre Raúl.

Cubo blanco *

Recuerdo cuando conocí a Raúl, junto a Rolando Madrid y otros. Allí supe que era un chinche… Fue en el penúltimo Festival Manifestarte cuando montaron sin previo aviso una obra de Madrid, por encima del Escenario de Literatura, en el jardín cercano al ingreso de la 12 avenida del Cerrito del Carmen. 

Al hallarlos y encararlos, me dijeron literalmente que “habían hablado” con el otro encargado del mismo escenario, Maco Luna. No mintieron, hablaron con Luna, a quien tenía esperando por el celular y que me dijo, riendo, que sí, le habían hablado, pero de otras cosas.

La obra consistía en una tela roja de unos 60 metros de largo, amarrada, en un extremo, a la copa de una araucaria de casi 10 metros de alto, y por el otro, en la base de otro árbol cercano con un remate de una pieza de metal, similar a una navaja desechable (tipo Gillette), en la que sustituyeron el centro por una representación oscilográfica con la palabra “muerte”. A mí me fascinó por el puente que esta representación lograba entre lo visual y lo literario ,y claro, la obra se quedó.

Con Raúl compartí varias cosas, como encontrar a alguien muy temprano en la mañana para desayunar juntos (parece que nadie de mis amistades está despierto a las 6:00 a. m.), andar en bici por la ciudad y levantar mapas de ideas sobre lugares a donde llevaríamos gente por manadas.

Hablamos del cuerpo en el arte y me propuso un proyecto como aporte a mis exploraciones y estudios del cuerpo masculino a través de la fotografía. Lo seguí atento, mientras danzó un Butoh envuelto en una nueva tela roja. Recuerdo su ingreso lento en la luz, primero sus manos, luego su rostro, después el torso y por último sus piernas. También, su exploración hecha a la tusa, su delicado manejo para envolverse el sexo con ella y jugar con el agua, el sonido y la luz. Y luego el silencio final, la oscuridad.

Ahora, cuando pienso en vos, en nuestro paso lento por esta vida, rojo y tenso como la carne, imagino tu ascenso sobre un ave blanca, luminosa, que entra y te saca con ternura del sopor de ese cubo blanco. Y siento paz.

* Otro hermano

Editorial

Corazón de madera se suele decir de aquellas almas a las que no parece calarles clavo alguno. Pero como lo sugiere aquí un neurobiólogo especializado en plantas, esos seres aparentemente inmóviles aferrados al suelo perciben el entorno mejor que muchos animales, gracias a un complejo sistema sensorial.

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Reseña

Carlos de Urrutia y Montoya

DCA, 11 de septiembre de 1933.- El 28 de marzo de 1818, José de Bustamante hizo entrega del cargo de presidente, gobernador y capitán general del Reino de Guatemala, a don Carlos de Urrutia Montoya y Hernández Matos James, Caballero Gran Cruz de la Orden de San Hermenegildo con grado de teniente en el ejército español. El nuevo funcionario Veló por la seguridad del vecindario, creando rondas de policía a los que la ironía de los guatemaltecos llamó “enchamarrados” y emitió bandos como el  siguiente:

“Que nadie profiera, diga o cante de noche ni de día, en las calles, plazas y lugares públicos, palabras sucias, deshonestas y maldicientes; los Alcaldes de barrio quedan obligados a presentar listas secretas de personas que en el suyo respectivo vivan amancebadas; se prohíben ensayos de bailes de noche y a puerta cerrada, entre las personas de ambos sexos;  ninguna persona andará por las calles después de las diez de la noche a no ser de urgente necesidad; después de las oraciones, nadie podrá pararse embozado en las esquinas, plazas o contornos de ella...”

Al aparecer en 1820 El Editor Constitucional, Urrutia manifestó al licenciado José Cecilio del Valle que tal impreso era para él de novedad por su atrevimiento y le encomendó publicar otro periódico a efecto de combatir ciertas ideas externadas en El Editor. Fue entonces cuando apareció El Amigo de la Patria.