Frida decía haber nacido en 1910, para hacer coincidir el año con el inicio de la Revolución Mexicana.

//María Mercedes Arce

Vivió de la mano de la muerte, hizo del dolor una obra de arte, del amor un estilo de vida y de la debilidad su mayor fortaleza. Magdalena del Carmen Frida Kahlo Calderón conoció desde pequeña el infortunio y, también desde pequeña, supo hacer de este su arma más poderosa como artista y como mujer, convirtiéndose en la protagonista de una obra autobiográfica e íntima que, aunque a lo largo de 47 años estuvo de eclipsada por las monumentales creaciones de su esposo, le valió para llamar la atención de quienes fueron objeto de su afecto, y la convirtió en la primera artista mexicana (independientemente del género) de cuya obra el Museo de Louvre comprara una pieza. Raúl Calderón en su tesis doctoral apunta que Frida “pareció haber encarnado a la perfección el arquetipo de la víctima. El pavor del acto violento que crea a la víctima grita buscando algún significado en el dolor, algún tipo de propósito en el sufrimiento”.

 

La niña de papá

Nació en Coyoacán, México, el 6 de julio de 1907. Tenía 6 años cuando durante un paseo con su padre en el parque de Chapultepec sufrió una caída que dañó su pierna derecha. A raíz de este incidente, le diagnosticaron “un tumor blanco” y poliomielitis, enfermedad que la obligó a permanecer nueve meses en cama y que le dejó, como secuela permanente, la pierna mucho más delgada que la izquierda. A partir de entonces, la relación con su padre comenzó a estrecharse cada vez más, siendo él quien la acompañó en sus ejercicios. Animada precisamente por su padre y como parte de su rehabilitación Frida practicó deportes poco usuales en la sociedad mexicana de su época para una niña, como futbol o boxeo.

La pequeña, que vivía en una casa dominada por mujeres (su madre y sus hermanas Matilde, Adriana y Cristina), acaso descubrió que su estado era propicio para captar la atención del único hombre de la familia: su padre. Guillermo Kahlo tenía una personalidad fuerte, atribuida a su cultura teutónica. Sus otras hijas se mofaban de su temperamento iracundo, dándole el mote de “Herr Kahlo”. No obstante, la correspondencia que sostuvo con Frida años más adelante, presenta otra faceta de su carácter: la de un padre afectuoso y expresivo, que comenzaba sus misivas con frases como “Mi querida Frieda!”, “Querida Frieducha!”, “Queridísima Frieducha!”, “Frieduchita linda de mi corazón!” y “Frieducha adorada”.

El 17 de septiembre de 1925, Frida sufrió un accidente atroz cuando el bus en que viajaba fue arrollado por un tranvía. Su columna vertebral quedó fracturada en tres partes, tuvo fracturas en dos costillas, en la clavícula y tres en el hueso púbico. Su pierna derecha se quebró en 11 partes, su pie derecho se dislocó, su hombro izquierdo se descoyuntó y un pasamanos la atravesó desde la cadera izquierda hasta salir por la vagina. La medicina de su tiempo la atavió con corsés de yeso y mecanismos de “estiramiento”. Pese al cuadro clínico, “con determinación y perseverancia, Kahlo fue capaz de volver a andar”, apunta James Gamble en Frida Kahlo: her art and her orthopedics.

Durante su convalecencia comenzó a pintar. En septiembre de 1926 hizo su primer autorretrato con el que emprendió una dinámica que continuaría el resto de su existencia: reflejar en sus cuadros los sucesos de su vida y los sentimientos que le producían. “Mi padre tenía desde hacía muchos años una caja de colores al óleo, unos pinceles y una paleta en un rincón de su tallercito de fotografía... yo le tenía echado el ojo a la caja de colores. No sabría explicar el porqué. Al estar tanto tiempo en cama, enferma, aproveché la ocasión y se la pedí a mi padre... Mi mamá mandó hacer un caballete que podía acoplarse a la cama donde yo estaba, porque el corsé de yeso no me dejaba sentar”, recordaba años después. Junto a la cama había un espejo donde Frida se veía así misma, se descubría y experimentaba. Ese fue el inicio de sus por lo menos 200 autorretratos.

El elefante y la paloma

En 1922 Frida había tenido ocasión de observar a Diego Rivera, cuando él realizaba un mural en el Anfiteatro Simón Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria. En 1928 lo había encontrado nuevamente a en veladas y reuniones a las que asistía con Tina Modotti, pero nunca le había hablado. Un día se animó a visitarlo para mostrarle sus propios trabajos, mientras pintaba los murales para el edificio de la Secretaría de Educación Pública. Diego quedó impresionado y la animó a seguir pintando. Desde entonces fue constante invitado a la casa de los Kahlo.

Pronto comenzaron una relación amorosa que los llevó al matrimonio en agosto de 1929, a pesar del rechazo de la madre de Frida. Doña Matilde Calderón estaba espantada por la diferencia de edad, el hecho de que Rivera fuera ateo y comunista y por su fama de mujeriego. Calderón no se equivocaba. Esta pareja nunca fue común. Su amor y convivencia era una tormenta desatada.

Al matrimonio lo llegaron a llamar “la unión entre un elefante y una paloma”, pues Diego era enorme y obeso mientras que ella era pequeña y delgada. A causa de sus lesiones, Frida nunca llegó a tener hijos, lo que tardó años en aceptar.

En 1930, estuvo embarazada por primera vez. Sin embargo, a causa de la “desfavorable presentación de la extremidad pélvica”, el embarazo de tres meses debió ser interrumpido. Este fue el primero de tres abortos.

Carlos Monsiváis en Las etapas del reconocimiento a Frida Kahlo, dice que Diego y Frida surtían “de anécdotas a un sector amplio, son la pareja que sale del Partido Comunista de México y a él vuelven, los seres verbalmente monógamos y sexualmente polígamos, las celebridades que atraen a otras celebridades; son en suma, el eje de la vida artística en la ciudad que en lo tocante a nuevas creencias y avances es el país entero”.

Dolores del cuerpo y del corazón

Un año después de casarse, el matrimonio se fue a San Francisco, Estados Unidos. Allí Frida conoció al doctor Leo Eloesser, jefe de servicio en el Hospital General de San Francisco, que se convertiría en su amigo y asesor médico. Eloesser le diagnosticó escoliosis congénita y fusión de la tercera y cuarta vértebras lumbares, con desaparición del disco intervertebral. Le recomendó descanso, una dieta más nutritiva y nada de alcohol. Aunque el tratamiento consiguió alivio temporal, las molestias volvieron.
Como dijo uno de sus amigos, “vivió muriendo”. Desde el accidente, sufriría dolores generalizados y debió pasar largos periodos con corsés de metal, yeso o plástico. Se sometió sin éxito a 32 operaciones, sobre todo de columna y del pie derecho.
Algunos investigadores, sin embargo, han atribuido las dolencias de la pintora a otras enfermedades, como el síndrome postpolio, espina bífida o una fibromialgia postraumática. Incluso ha habido especialistas que han puesto en duda la intensidad de sus molestias o le han atribuido el síndrome de Münchausen, un trastorno psicológico caracterizado por la búsqueda de atención médica innecesaria, pero emocionalmente efectiva.

Los quereres de Frida

Las continuas infidelidades de Diego la hicieron sufrir a Frida, a pesar de que ella presumía de una gran libertad de pensamiento y desprejuicio. Al tiempo, ella comenzó devolverle el favor con la misma moneda, pero dobló la apuesta: Ella le era infiel con hombres y con mujeres. Ambos sabían de estas historias extraconyugales y las aceptaban, a pesar de las descomunales peleas entre los dos. Diego llegó a tener una relación con Cristina, la hermana de Frieda, lo que parece haber desatado la sed de venganza en ella. “Yo sufrí dos accidentes graves en mi vida, uno en el que un autobús me tumbó al suelo. El otro, es Diego”, escribió Frida.

Perseguido por el régimen de Joseph Stalin, León Trotsky se asiló en México y terminó como huésped en la casa de Frida y Diego. Trotsky tenía debilidad por las mujeres y ella fue atraída por su importancia y talento. Tanto Frida como Trotsky documentaron su aventura en cartas y diarios. De acuerdo con la escritora Meaghan Delahunt, la “Casa Azul” se convirtió en un lugar de arte y política, seducción, militancia y, sobre todo, se volvió en testigo no solo del romance, sino de la vida y muerte de ambos. Después del asesinato de Trotsky a manos de Raúl Mercader, miembro del estalinista Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (la NKVD, por su acrónimo en ruso), Frida fue acusada y arrestada pero finalmente fue puesta en libertad.

En 1939, Heinz Berggruen fue asignado para cuidar a Diego. Este le presentó a su Frida y ambos rápidamente se hicieron amantes. Tres años después, el matrimonio de pintores se alojó en casa de André Breton en París. Jacqueline Lamba, esposa del líder del movimiento surrealista, y Frida comenzaron por hacerse muy amigas y posteriormente fueron amantes.

En 1938 Frida, comenzó a coquetear con sus admiradores, lo que la llevó a conocer al fotógrafo Nickolas Muray, con quien tuvo una apasionada relación amorosa. En tanto que conoció a Isamu Noguchi en la escena artística mexicana y tuvieron un apasionado pero breve romance que concluyó cuando, a punto de comprar un apartamento juntos, Diego, arma en mano, exigió poner fin al romance.

Chavela Vargas vivió junto a Frida Kahlo y Diego Rivera en su casa de Coyoacán antes de la muerte de Frida en el 54, y aunque el romance entre ellas dos nunca fue totalmente público, existen cartas que muestran la devoción que sentían la una por la otra.

Para la década de 1940, la pareja decide volver a casarse. El nuevo acuerdo consistía en vivir juntos, compartir gastos, continuar la colaboración artística y excluir de su relación la vida sexual. Durante estos años, el reconocimiento artístico a su obra se fue incrementando, especialmente en Estados Unidos. Intervino en exposiciones colectivas en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en el Instituto de Arte Contemporáneo de Boston y en el Museo de Arte de Filadelfia.

De esta época, Monisiváis dice que es cuando “germinan los elementos de la explosión mitológica, que ocurrirá al conjugarse diversos elementos: la condición de mujer excepcional a disposición de las generaciones por venir, las impresiones de militancia radical, la originalidad de su pintura, la facilidad que muestra para enredarse en símbolos que a fin de cuentas no la atrapan, el sufrimiento que le da el doble carácter de mártir y heroína. En todas las combinaciones, Frida permanece. Es la tragedia que de tanto sobrevivirse a sí misma se torna en lo opuesto: el ánimo de la continuidad del arte y de la vida, el personaje único que contiene una multitud. (Se memoriza a Frida y esto no neutraliza su don para sorprendernos interminablemente)”.

Aprendió a pintar desde niña mientras convalecía. Y una buena parte de su obra debió ser hecha desde la cama, a causa de las 32 operaciones y 3 abortos por los que pasó.

La columna rota, pintada en 1944, cuando empezó a escribir el diario que mantendría hasta su muerte.

La muerte de la paloma

En 1950 debió ser hospitalizada en Ciudad de México permaneciendo en el hospital un año. En 1953 se organizó la única exposición individual en su país durante la vida de la artista. Pero la salud de Frida estaba muy deteriorada y fue trasladada en una ambulancia, asistiendo a su exposición en una cama de hospital. Los fotógrafos y periodistas se quedaron impresionados. La cama fue colocada en el centro de la galería y Frida contó chistes, cantó y bebió la tarde entera. La exhibición había sido un rotundo éxito.

Ese mismo año le amputaron la pierna por debajo de la rodilla debido a una infección de gangrena. Esto la sumió en una depresión que la llevó a intentar el suicidio en un par de ocasiones. Durante ese tiempo, escribía poemas en sus diarios, la mayoría relacionados con el dolor y el sufrimiento.

En febrero de 1954 Frida escribió explícitamente en su diario acerca de sus ideas suicidas. Describiendo como una gran tortura los dolores físicos y psíquicos de los últimos seis meses (tras la amputación), señaló que aunque continúa pensando en quitarse la vida, lo único que la retiene es Diego, a quien no desea abandonar porque tiene “la vanidad” de creer que ella le hará falta. El 19 de abril de 1954 ingresó al hospital tras un intento de suicidio y aunque escribió en su diario que ha prometido no recaer, el 6 de mayo lo intenta de nuevo. Sin embargo, el ánimo y la valentía la acompañarán hasta el final: Movilizándose en silla de ruedas, el 2 de julio participó, junto a Diego y Juan O'Gorman en una manifestación de protesta contra la intervención estadounidense en Guatemala. Las últimas palabras de su diario dicen: “Espero alegre la salida, y espero no volver jamás. Frida”. Murió el 13 de julio de 1954.

Monsiváis describe su funeral así: “El velorio es un acontecimiento. Allí están los nacionalistas revolucionarios, los funcionarios progresistas, los artistas, los comunistas, el pueblo. El escándalo (el rumor de alarma y emoción) brota en el instante en que cubre el féretro la bandera comunista.

Se entonan canciones mexicanas, se llora y se aplaude en un acto compulsivo de la Mexicanidad, a la vez imposición escénica y verdad infalsificable de los allí presentes. 

Evoco vívidamente imágenes (o, más bien, recuerdo lo que a lo largo de los años he ido recordando de aquella velada): las compañeras entonan corridos, los periodistas acosan a Diego, le cantan “Por una mujer ladina”, “Por un amor”, "El Abandonado" y "El Corrido de Cananea", que tanto le gustaba a Frida”.

Editorial

A propósito del recuento de hallazgos científicos del 2016 que consignamos aquí, cabe la reflexión de que la ciencia resulta ser una fuente de enigmas e incertidumbre por aquello de que, a fuerza de evidencias, nos lleva al umbral de lo que ignoramos.

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Reseña

Carlos de Urrutia y Montoya

DCA, 11 de septiembre de 1933.- El 28 de marzo de 1818, José de Bustamante hizo entrega del cargo de presidente, gobernador y capitán general del Reino de Guatemala, a don Carlos de Urrutia Montoya y Hernández Matos James, Caballero Gran Cruz de la Orden de San Hermenegildo con grado de teniente en el ejército español. El nuevo funcionario Veló por la seguridad del vecindario, creando rondas de policía a los que la ironía de los guatemaltecos llamó “enchamarrados” y emitió bandos como el  siguiente:

“Que nadie profiera, diga o cante de noche ni de día, en las calles, plazas y lugares públicos, palabras sucias, deshonestas y maldicientes; los Alcaldes de barrio quedan obligados a presentar listas secretas de personas que en el suyo respectivo vivan amancebadas; se prohíben ensayos de bailes de noche y a puerta cerrada, entre las personas de ambos sexos;  ninguna persona andará por las calles después de las diez de la noche a no ser de urgente necesidad; después de las oraciones, nadie podrá pararse embozado en las esquinas, plazas o contornos de ella...”

Al aparecer en 1820 El Editor Constitucional, Urrutia manifestó al licenciado José Cecilio del Valle que tal impreso era para él de novedad por su atrevimiento y le encomendó publicar otro periódico a efecto de combatir ciertas ideas externadas en El Editor. Fue entonces cuando apareció El Amigo de la Patria.