El pueblo alemán, a lo largo del siglo XX, fue partícipe de grandes acontecimientos mundiales. La reciente visita que realicé a su capital, me permitió constatar cómo preservan la memoria histórica, vista como ese esfuerzo colectivo para que las generaciones humanas, que siempre están en constante cambio, no olviden sus procesos sociales.

Bajo los tilos

Antes de llegar al aeropuerto de Tegel, dediqué algunas horas para ver películas. Destaco en esta primera entrega Der Untergang (2004) o El hundimiento, un filme narrado por Traudl Junge, la última secretaria de Adolfo Hitler, durante los días finales de la dictadura nazi. La película muestra a Hitler como un ser acorralado por sus decisiones, pero al mismo tiempo agotado, querido por sus cercanos y dispuesto a no rendirse. Inicié el recorrido por la calle Unter den Linden o Bajo los tilos, escenario de la presencia diplomática de los aliados –Unión Soviética,  Estados Unidos, e Inglaterra- que liberaron al mundo del nazismo, así como del famoso Hotel Adlon, el edificio de Aeroflot o la tienda de cosméticos Nivea.

Entre los cientos de personas que deambulan, la Plaza de París se impuso para mostrarme la Puerta de Brandeburgo donde el poeta guatemalteco Otto René Castillo posó para una fotografía en la década de los 60 del siglo pasado.

El parque de Berlín

Este monumento neoclásico, construido en 1791 por Federico Guillermo II de Prusia, en la actualidad es propicio para un paseo en carruaje jalado por caballos o la toma de selfis previo a ingresar al Tiergarten, conocido como el Parque de Berlín, pero en enero 1933, cuando Adolfo Hitler fue nombrado canciller, tanto Unter den Linden como este pasaje, fueron iluminados por miles de antorchas y banderas rojas con la esvástica negra enarboladas por los simpatizantes del nazismo.

Las intenciones de expansión mundial del nacional socialismo en oposición al capitalismo, así como el racismo y la negación de derechos a los judíos bastaron para que estadounidenses, ingleses, franceses y soviéticos se alzaran en la Segunda Guerra y la liberación del pueblo alemán. Para mayo de 1944, tras los bombardeos aéreos, la ciudad de Berlín fue devastada y la muerte alcanzaba a 30 mil personas. La iglesia evangélica luterana Kaiser-Wilhelm-Gedachtniskirche, edificada en memoria de su abuelo por el emperador Guillermo II a finales del Siglo XIX, y que contaba con cinco torres, la más grande con una altura de 113 metros, quedó en ruinas.

Aunque en la década de los cincuenta se pretendió derrumbarla por completo para construir una nueva iglesia, el pueblo se opuso y en su lugar las ruinas se conservan como parte de la memoria colectiva que recuerda las atrocidades que ocasionan las guerras.

Tras solo pasar la Puerta de Brandeburgo y caminando hacia la Columna de la Victoria, de manera silenciosa aparece el Monumento soviético de Tiergarten. El mismo, hace honor a los soldados rusos que dieron su vida por la liberación de Alemania. La estatua de un soldado de bronce de 8 metros de altura, quien porta una capa –que también tenía la función de ser una sábana para dormir- y un rifle, está rodeada por un pórtico curvo con siete escudos dorados y dos tanques.

El monumento fue erigido por soldados rusos durante el verano y otoño de 1945 y en la parte de atrás se encuentran alrededor de 2 mil tumbas de soldados que murieron en la Batalla de Berlín. Tras la Guerra Fría el monumento quedó del lado occidental pero fue resguardado, a lo largo de los años, por soldados soviéticos. Ahora el mismo es responsabilidad del Estado alemán y forma parte del patrimonio cultural.

El cuarto monumento que conocí fue el de Treptower Park. Para llegar fue necesario recorrer algunos kilómetros en bicicleta a lo largo de lo que fue la Alemania Oriental. Un arco, con la frase “Honra a los soldados que murieron por la libertad y la independencia de la patria socialista”, me llevó por un camino de árboles, los que tras provocar una sensación de paz, conduce a un majestuoso campo de diez hectáreas, donde se guardan 7 mil tumbas y rinde homenaje a los 22 mil soldados soviéticos caídos en Berlín.

El mismo, también construido por soldados soviéticos, fue inaugurado en mayo de 1949. Posee 16 sarcófagos de mármol que narran la Gran Guerra Patria, es decir el nombre que recibió la liberación de Berlín por parte de los soviéticos. Los sarcófagos, con frases de Iósif Stalin –hacia el norte en ruso y hacia el sur traducidas al alemán– narran las hazañas del Ejército soviético.

Este regio campo es resguardado por una escultura de 12 metros llamada el soldado libertador soviético. Llevando a una niña en sus brazos, como símbolo de rescate, la espada y el pie izquierdo del soldado destruyen una esvástica nazi.

El holocausto

Durante el régimen nazi alrededor de 6 millones de judíos fueron asesinados pero si se incluye a los prisioneros de guerra, los homosexuales, las personas con capacidades diferentes y los gitanos, la cifra puede alcanzar 11 millones de personas. El genocidio, definido por Naciones Unidas como la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso es considerado una atrocidad en contra de la humanidad. De esa cuenta, el Parlamento alemán, tras la iniciativa de la periodista Lea Rosh construyó el monumento a los judíos de Europa asesinados.

Con una extensión de 19 mil metros cuadrados e inaugurado en 2005, un conjunto de estelas grises de diversa altura simbolizan que las diferencias físicas del ser humano no son razón para su exterminio. Al caminar dentro de este, se percibe que no es un espacio de tranquilidad. El caos y la confusión –al estilo laberinto– se manifiestan.

Para finalizar este recorrido por Berlín central, en el Tiergarten y muy cerca de la escultura de Goethe está el Monumento en memoria a los homosexuales perseguidos por el nazismo. Dentro del mismo una pequeña pantalla proyecta imágenes de parejas del mismo sexo besándose.

Friedrichstadt

Durante la posguerra, la persecución contra los homosexuales continuó tras la vigencia del artículo 175 del Código Penal y no fue hasta 1973 que se derogó y en la segunda mitad de la década de los 80 se reconoció a los homosexuales como víctimas de la guerra y en el 2008 se inauguró este monumento.

Estas expresiones artísticas –dignas representantes de la memoria colectiva– permitieron comprender que un pueblo capaz de ejercer sus derechos ciudadanos, al no ocultar sus procesos políticos, económicos y culturales alcanza una plena conciencia sobre su pasado para transformarse en espejo mundial y así trasladar las experiencias propias para evitar mayores atrocidades contra la humanidad.

                         * Patricia Lepe/Historiadora y comunicadora

Editorial

Paradójicamente, libros como El Capital de Carlos Marx, suelen ser debatidos intensamente, sobre todo, entre aquellos que no lo han leído. Dicen quienes lo adversan que esa obra se propone enderezar el mundo poniéndolo patas arriba, según la lógica de que hay que hacer las cosas al revés para que salgan al derecho.

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Reseña

Carlos de Urrutia y Montoya

DCA, 11 de septiembre de 1933.- El 28 de marzo de 1818, José de Bustamante hizo entrega del cargo de presidente, gobernador y capitán general del Reino de Guatemala, a don Carlos de Urrutia Montoya y Hernández Matos James, Caballero Gran Cruz de la Orden de San Hermenegildo con grado de teniente en el ejército español. El nuevo funcionario Veló por la seguridad del vecindario, creando rondas de policía a los que la ironía de los guatemaltecos llamó “enchamarrados” y emitió bandos como el  siguiente:

“Que nadie profiera, diga o cante de noche ni de día, en las calles, plazas y lugares públicos, palabras sucias, deshonestas y maldicientes; los Alcaldes de barrio quedan obligados a presentar listas secretas de personas que en el suyo respectivo vivan amancebadas; se prohíben ensayos de bailes de noche y a puerta cerrada, entre las personas de ambos sexos;  ninguna persona andará por las calles después de las diez de la noche a no ser de urgente necesidad; después de las oraciones, nadie podrá pararse embozado en las esquinas, plazas o contornos de ella...”

Al aparecer en 1820 El Editor Constitucional, Urrutia manifestó al licenciado José Cecilio del Valle que tal impreso era para él de novedad por su atrevimiento y le encomendó publicar otro periódico a efecto de combatir ciertas ideas externadas en El Editor. Fue entonces cuando apareció El Amigo de la Patria.